Argentina, un país movilizado
Por José Antonio Fontana
Diario de América
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece haber llegado a una encrucijada. El desgaste político derivado de su polémica con el sector agropecuario en particular y, con la oposición en general, ha quedando en evidencia. La última manifestación convocada en la capital el martes 15 de julio, así lo demostró. La derrota oficialista en el senado terminó de confirmarlo. El voto del propio vicepresidente, Julio Cobos, inclinó la balanza evitando convertir en ley un decreto presidencial a contra pelo del sentido común. Con su actitud, el representante revalorizó el concepto de lealtad, marcando un hito en la historia.
Luego de una seguidilla de convocatorias que movilizaron a decenas de miles de simpatizantes por varias zonas del país, la confrontación final en Buenos Aires, un día antes de la votación, sirvió para resaltar las debilidades del aparato dirigido por Néstor Kirchner. Unas cien mil personas asistieron al acto que organizó frente al Congreso. El ex presidente, se dedicó a reiterar una vez más las demagógicas acusaciones de su discurso.
Simultáneamente, a seis kilómetros de allí, en Palermo, se reunió una multitud de más de doscientas treinta mil personas. Clamaban por la derogación de las detracciones aplicadas a la producción agropecuaria y al mismo tiempo, por un cambio de criterios en la conducción de la nación. Es la primera vez en la historia que el campo “invade” la capital. Y es la primera vez que la ciudadanía le brinda su respaldo de manera espontánea y fraternal.
No hubo enfrentamientos y ambas manifestaciones se desarrollaron con total normalidad. Argentina parece haber comenzado a reconocerse.
Es interesante observar la evolución de la organización ruralista, que en apenas cuatro meses logró un poder de convocatoria pocas veces visto. La existencia de un ideal común y el poder de las nuevas tecnologías, han contribuido a acortar las distancias y los tiempos. Internet y la telefonía celular, sumadas a las ganas de mucha gente, parecen haber sorprendido a los estrategas peronistas. Es que llevaban muchas décadas aplicando las mismas tácticas de bombo, prepotencia y hostigamiento que hoy, han quedado obsoletas y en evidencia.
Movilizadas por el kirchnerismo, unas cincuenta mil personas se habían congregado el 18 de junio, en Plaza de Mayo, para respaldar al gobierno. Un ejercicio de rutina para sus organizadores y hasta ese momento, un capítulo más en el largo enfrentamiento con el campo.
En esa ocasión, la presidenta habló unos veinte minutos. Lo más destacado de su discurso quedó plasmado en la frase: “En nombre de la Constitución y de las leyes, liberen las rutas y dejen que los argentinos volvamos a producir y trabajar”. Hacía referencia a los cortes que los productores de todo el país sostuvieron durante algún tiempo, como medida de protesta contra los impuestos confiscatorios decretados por el gobierno.
Curiosamente, hace alrededor de dos años que piqueteros argentinos impiden el paso vehicular por los puentes internacionales que unen a ese país con Uruguay. La excusa alegada para mantener el bloqueo, en algún caso permanente, es la instalación de una planta de celulosa en territorio uruguayo. Así protestan por el supuesto efecto contaminante que esa industria podría llegar a tener. Bajo la misma Constitución y las mismas leyes aludidas en su discurso, el gobierno de Cristina Fernández, al igual que el de su antecesor, su marido, Néstor Kirchner, tolera y de hecho respalda, la insólita medida. Es difícil encontrar un ejemplo más cínico de “doble discurso”.
El venezolano Carlos Rangel, en su libro “Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario”, comenta en referencia al peronismo desarrollado en los años cincuenta, lo siguiente: “Juan Domingo Perón asumió el control de la Argentina en un momento cuando ese país había acumulado un excedente de recursos y de reservas monetarias, por exportaciones en brusco ascenso (…) En lo esencial, Perón se dedicó a liquidar ese excedente, y además creó en un tiempo asombrosamente corto un déficit (…) Los sectores recreadores de riqueza de esa economía, que seguían (y siguen) siendo básicamente las actividades agropecuarias, fueron castigados con severos gravámenes (en la peor tradición mercantilista hispánica) para financiar el aumento en los salarios reales de los trabajadores industriales y a la vez un descabellado proyecto de autarquía industrial. En general toda la estructura costos-precios de la economía fue trastornada artificialmente para dar satisfacciones inmediatas, psicológicas y materiales, a los ‘descamisados’…”
Como si el tiempo no hubiera transcurrido, el análisis anterior podría aplicarse para definir, a grandes rasgos, la idea política que orienta en la actualidad al matrimonio Kirchner- Fernández, más de medio siglo después.
Latinoamérica, en plena era democrática, avanza inexorablemente hacia la realidad. Formada desde un principio en las prácticas mercantilistas coloniales, dos siglos de independencia no alcanzaron para cambiar la forma de razonar de muchos representantes y representados. La mentira está instalada y la promesa fácil, alimentada por una ambición de poder sin límites, ha degradado la región hasta niveles de asombro. Una maraña legal de molde positivista y ambigua interpretación, hace imprescindible el visto bueno estatal para el desarrollo de cualquier actividad privada. En general, la libertad económica brilla por su ausencia. Con mayorías obtenidas a fuerza de populismo, se hace muy difícil cumplir con los ofrecimientos. En la práctica, los objetivos se vuelven confusos y las expectativas populares irracionales.
Basta con recordar que en setiembre de 1955, un golpe de estado terminó con el gobierno peronista de la época. Las movilizaciones, que habían sido habituales, continuaron a su manera. Comenta Rangel que “…los ‘descamisados’ hicieron algunas débiles manifestaciones a favor del dictador derrocado. Su consigna era lamentable: ‘Ladrón o no ladrón, queremos a Perón’ ”.
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