Republiqueta “K”: Dónde está el poder
Por Sergio Crivelli
La Prensa, Buenos Aires
Desde la crisis de 2001 el poder fue cambiando de lugar. En los violentos días de la caída de Fernando de la Rúa estaba en la calle. Fue la rebelión y el enojo de la clase media urbana la que expulsó a cacerolazos a un presidente que había fracasado en su intento de evitar el crack económico.
Después de una semana caótica el poder pasó de la calle al interior del Congreso, aunque en los alrededores continuaban los disturbios. Los legisladores se pusieron de acuerdo en nombrar presidente a Eduardo Duhalde y, de a poco, el poder retornó a la Casa Rosada, de donde había salido en helicóptero. Durante algunos meses, sin embargo, la voz del Congreso no se apagó, porque siguió cogobernando.
Duhalde no pudo mantenerse mucho tiempo en la presidencia por culpa de la calle. El asesinato de dos piqueteros le recordó que buena parte de lo que necesitaba para tener un mando efectivo seguía allí. Seguía allí por lo menos la capacidad de reabrir las puertas a la anarquía. Pese a lo delicado del trance pudo de todas maneras transferir la presidencia a Néstor Kirchner que se puso de inmediato a la tarea de vaciar de poder a la calle y al Congreso.
Para hacer lo primero usó la billetera fiscal, que había engordado por el no pago de la deuda y la licuación de salarios públicos y jubilaciones (además, claro está, del cobro de fabulosas retenciones). A fuerza de “subsidios” mandó a sus casas Ño a dependencias oficialesÑ a la mayoría de los piqueteros, alegres de abandonar la revolución e incorporarse al “establishment” kirchnerista.
En el caso del Congreso, hizo que diputados y senadores peronistas le transfiriesen todo el poder disponible. Decretos de necesidad y urgencia, delegaciones legislativas, superpoderes permanentes, la declaración también permanente de la emergencia pública, etcétera, quitaron peso institucional al Parlamento hasta convertirlo en una “escribanía”.
En resumen, un presidencialismo extremo unido a un personalismo exacerbado dieron lugar a un unicato que sólo puede ser comparado con el de Juan Perón durante su breve gobierno a mediados de los 70. No hay antecedentes más cercanos. Hasta en lo que hoy se llama “dictadura militar” (y antes, “Proceso”) el poder estaba más repartido. Allí las decisiones las tomaban por lo menos entre tres; hoy lo hace una sola persona.
Esa concentración del poder y el anonadamiento de las instituciones funcionó durante cinco años, pero las cosas están comenzando a cambiar o al menos eso parece. La decisión de Cristina Fernández de transferir el problema de las retenciones al Congreso para que fuera resuelto allí, demostró que ya no alcanza con la sola voluntad del príncipe.
Pero lo más significativo de los Kirchner no fue abrirle juego al Congreso, sino la decisión de hacer un acto de militantes oficialistas para contraponer a la marcha del campo. No hay señal más elocuente de la magnitud de la crisis que esa vuelta a la calle del poder durante un gobierno que se creía completamente consolidado, con fuertes mayorías parlamentarias y un control institucional casi absoluto. En ese sentido los discursos presidenciales son superfluos y las críticas opositoras, también.
Si para conseguir legitimidad, un gobierno que asumió hace siete meses, necesita mostrar los “músculos” en la calle, su debilidad es un hecho y la catastrófica experiencia de 2001 está mucho más cerca de lo conveniente.
- 28 de septiembre, 2026
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