El eje xenófobo ítalo-galo
Editorial –
El Tiempo, Bogotá
Un ocasional espectáculo de algunas playas europeas en esta época de vacaciones es el del cadáver de un africano indocumentado que flota hasta encallarse en la arena. El lunes murieron al volcarse una chalupa cerca de Andalucía nueve hombres, cuatro mujeres y un bebé. En 2007 perecieron casi mil.
A los sobrevivientes los cura la Cruz Roja y enseguida los devuelven a su país. Desde 2010 tendrán otra “esperanza”: que los internen en una cárcel sin fórmula judicial durante un año y medio, y luego los echen.
Hace pocos días un borrador de directiva contra indocumentados acordada por la Unión Europea suscitó protestas en el Tercer Mundo e indignación entre millones de europeos. Propuesta por el eje xenófobo del primer ministro italiano Silvio Berlusconi y el presidente francés Nicolás Sarkozy -generoso al extender alfombra roja a ilustres binacionales como Íngrid Betancourt, pero patrocinador de centros de reclusión para extranjeros menos ilustres-, la directiva planteaba un contrato que deberán firmar todos los trabajadores extracomunitarios. En él se obligan a acatar la ley (deber que siempre existió) y a respetar la cultura del país de acogida (vaga obligación que incluye desde hablar la lengua hasta limitar sus manifestaciones religiosas). Semejante contrato, que intoxica un acuerdo laboral con la imposición de valores nacionalistas, recibió acerbas críticas.
Hace dos días se suavizó el proyecto. Pero solo en el lenguaje. Desaparece la palabra “contrato”, pero permanece la obligación de respetar “la identidad de los Estados miembros” (¿?) y sus “valores fundamentales”. En un esfuerzo de eufemismos, el drenaje de cerebros especializados se llama ahora “inmigración escogida”. Digámoslo claramente: es bochornosa la política xenófoba de la UE.
Gracias a la inmigración, Europa ha revertido la decadencia demográfica, inyectado recursos a la seguridad social, pagado mano de obra barata. Ahora, a la primera alarma económica, convierte a los indocumentados en criminales y los recluye en centros de detención. Lo más insólito es que los países ricos saben que el único freno serio a la inmigración sin papeles consiste en ayudar a los países que poco pueden ofrecer a sus habitantes. Así las cosas, será difícil impedir la macabra aparición de cadáveres en las playas veraniegas de Europa.
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