Dios salve al peso argentino
Por Julián Guarino
El Cronista Comercial
Ni confianza ni desconfianza; Martín Redrado, el titular del Banco Central, no tiene nada que ver con el valor que los argentinos le asignan a su moneda. Invento genuino del mercado y no del gobierno, la moneda –permitámonos la gracia de hablar en genéricos– ha recorrido un largo camino hasta nuestros días.
Aquello que comenzó sencillamente como un trueque y que luego evolucionó resumiéndose en una sola clase de mercancía a las que todos le asignaban valor (la sal era el “salario” para los chinos) con el tiempo derivó en el más brillante y encantador de los medios de intercambio: el oro. Fue, durante muchísimos años, el producto más aceptado como instrumento para la compraventa.
Sin embargo, lo que en algún momento fue oro en la mano, monedas de oro portables, después se transformó en oro dado en depósito en el tesoro de algún banco de confianza. Esto muy pronto dio lugar a transacciones que evitaban el uso del “oro físico”, y que en cambio utilizaban un recibo “de papel” que el banquero custodio del oro le daba a la persona que hacía el depósito. De ahí al papel moneda hubo nada más que un paso.
Fue algún tiempo antes que las monarquías tomaron el control del sistema monetario. Y bastante después, que los gobiernos, a través de los bancos centrales, tuvieron el monopolio sobre este sistema.
Sin embargo, a través de los siglos, la moneda fue siempre una mercadería que estuvo en función de las necesidades y certidumbres de la gente, el mercado. Este pragmático uso de la moneda tenía como contrapartida la asignación de un valor colectivo. Poco importaba quién se atribuyera el control del sistema en su conjunto. La moneda, el corazón de ese sistema, permanecía siempre ligado a la gente que la utilizaba para comerciar.
¿Importa hoy la cantidad de reservas que tiene un banco central como variable vital a la hora de asignarle un valor a la moneda? Si hay confianza, de poco sirve tener más o menos reservas. Porque, a ver: si la cantidad de reservas fuera relevante, hoy el Peso Argentino y la Libra Esterlina deberían valer lo mismo. Es que ambas monedas están “respaldadas” por unos u$s 50.000 millones en sus respectivos bancos centrales.
Sin embargo, ayer, en cualquier casa de cambio, usted sólo podía comprar 1 Libra Esterlina si tenía encima 6 Pesos Argentinos (con 28 centavos).
Hoy el valor de la moneda ya no depende del oro guardado en las cajas. Ni siquiera del monto total que tengan acumulados en billetes, bonos, acciones, y otras inversiones, las entidades rectoras de cada país. Hoy, la gente le asigna un valor a la moneda de acuerdo a la confianza en el emisor y, sobre todo, de otros aspectos tan o más importantes que el oro: calidad institucional, confianza en las instituciones políticas, transparencia, confianza en el sistema jurídico y en la fortaleza económica.
Por eso, si yo hoy le preguntara a usted ¿prefiere los Pesos Argentinos o las Libras Esterlinas? Usted, sin siquiera saber qué cantidad de dinero tiene guardada en sus arcas “la vieja dama” (como se le dice al Banco Central del Reino Unido), optaría por la segunda opción sin dudarlo. Dios salve a la Reina, entonces, y de paso, nos dé una mano a nosotros, al final de cuentas ni más ni menos que esto: argentinos desconfiados de nuestra propia moneda.
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