El desperdicio de los talentos ajenos
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
El nepotismo tan generalizado a lo largo de la historia y tan extendido por el entero paisaje humano que eufemísticamente llamamos “subdesarrollado” —por no usar del vocablo más certero pero políticamente incorrecto de “atrasado”—, ha entrañado un colosal despilfarro de talentos.
¡Esa es y ha sido una tragedia de proporciones cósmicas! Tanta ignorancia, tantas pandemias, tantas vidas prematuramente truncadas, tantas pasiones inútiles, en fin, que le reclamamos a Dios si en Él creemos, y que no son más que desgracias de nuestra propia hechura. Incluso cuando los sociólogos hablan de “males” sociales sobrentienden que aluden a fenómenos de malestar masivo para los cuales existen remedios que, sin embargo, no son aplicados.
El analfabetismo, por ejemplo, ¿por qué todavía persiste en tantos rincones del planeta? Las enfermedades contagiosas como las venéreas, la lepra, la tuberculosis, la viruela, ahora el sida, ¿por qué subsisten cuando de tiempo atrás ya se les han encontrado prevenciones o curas eficaces?
Y las guerras, ¿por qué recurren si deberíamos saber de sobra todos que son peores sus consecuencias que los daños que se pretenden remediar con ella? ¿O por qué tanta imprevisión para la vejez, o para los accidentes viales, peor aún, para los ensayos alocados de la juventud que se droga y de los adultos que se alcoholizan, o inclusive la vigencia de esos sistemas electoreros que terminan por desalentar a los honestos y estimular a los ineptos y a los inescrupulosos…?
A mi juicio, todo ello se debe a que hacemos caso omiso de los talentosos que tienen en sus manos las soluciones, empeñados nosotros con ligereza inexcusable en favorecer en su lugar a nuestros parientes, amigos, clientes, o compañeros ideológicos de ruta.
Es decir, que de siempre nos ha resultado demasiada avasalladora la tendencia a seguir nuestras predilecciones muy subjetivas y arbitrarias hacia personas al corto plazo, con desmedro de lo que se ha constatado en la fría realidad como más conducente a la solución racional y objetiva de nuestros problemas al largo plazo.
El nepotismo entraña, por lo tanto, el menosprecio del talento disperso entre aquellos que nos son indiferentes y hasta antipáticos aunque tengan la razón.
¡Cuánta riqueza desperdiciada!
Nosotros, los de alma latina, a veces nos vanagloriamos de lo afectuosos y sensibles que somos cuando nos comparamos con el supuesto despego emocional de los anglosajones. Alrededor de tal mito se ha construido mucho del antiyanquismo de ciertos iberoamericanos desde los años de la política imperial de la zanahoria y el garrote de Teodoro Roosevelt. Entonces, ¿Por qué los latinos nos empeñamos en emigrar hacia los Estados Unidos y no viceversa…?
Esa cerrazón a no reconocer los errores propios, a cultivar sin pausa el resentimiento envidioso hacia los más exitosos, esa propensión a clavar la vista en el pasado y no en el futuro, o para valerme de la sapientísima metáfora en el Evangelio, “a ver la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio”, las creo también componentes esenciales de nuestro absurdo nepotismo.
Que se traduce al lenguaje popular como el afán de “salir de pobres” junto a nuestros allegados sentimentales, aunque la sociedad resulte perjudicada al largo plazo. Algunos economistas se refieren a lo mismo de otra manera —muy aplicable, por cierto, a los sindicalistas— la feroz determinación por asegurarse “una mayor tajada aunque de un pastel más pequeño”.
De nuevo vuelvo a lo dicho: aquí juega decisivamente el miedo a competir bajo normas iguales para todos, esto último lo que sería la superación definitiva del nepotismo. Lo que también se presume que debería lograr una buena ley del servicio civil, o cualquier otro sistema de concursos y oposiciones.
Pero, por eso mismo, los gobernantes, dejados a sus instintos parentales y clientelistas, los ignoran.
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