Raíces ocultas del nepotismo
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Las causas inmediatas del nepotismo son obvias: la comunidad de la sangre, el compadrazgo localista, la afinidad étnica, los intereses gremiales, el partidismo confesional religioso o político…
Pero más a lo hondo se esconden motivaciones invisibles a ojos de quienes tratan de este asunto a la ligera: la más común, el temor a competir bajo reglas iguales para todos.
Lo que politólogos y juristas disfrazan como la tutela de un bien jurídico, individual o colectivo.
Erick Fromm lo reconoció como el “miedo a la libertad” entre quienes rehúsan asumir la responsabilidad total de sus vidas y prefieren delegarla en algún otro dispuesto a asumir los riesgos de preservárselas en este mundo de universal competencia.
Hayek, desde sus premisas, explica que el hombre “tropezó” con el mercado competitivo y a la mayoría no le agradó. De ahí tantos intentos por abortar las sociedades abiertas posteriores a ese descubrimiento inesperado de intercambios pacíficos a través del dinero y sustituirlas por “cerradas” (como las llamara Popper), siempre bajo el supuesto de un caudillo despótico o de una élite.
A los eternos hambreadores de ayudas que obliguen a otros, no a sí mismos, se les identifica bajo denominaciones varias: “buscadores de rentas” (por la vía del proceso político), empresarios “mercantilistas”, asalariados “sindicalistas”, “cabilderos”, “traficantes de influencias”, en una palabra, la clientela constituida por quienes se creen incapaces –o simplemente no les da la gana– de competir.
Por eso abundan, entre los favorecidos por el nepotismo, los mal preparados, los indolentes, los imprevisores y los inexpertos.
Quienes abogan por la protección de esos menores de edad perpetuos se cuentan entre los adversarios más enconados del libre mercado. De esa manera, ¡oh paradoja!, privatizan de hecho lo que se nos dice que es de derecho de todos: las funciones del Estado.
¿No es eso, acaso, lo que las leyes “positivas” suelen lograr para políticos y burócratas: el poder privatizar de esa manera anómala lo público? Federico Bastiat ya las describió en cuanto dispensadoras a unos pocos de la capacidad “legal” para expoliar a los demás.
Esos nepotistas, sin embargo, ponen el grito en el cielo cada vez que siquiera se menciona la posibilidad de privatizar formalmente un ente público por ineficiente y corrupto –es decir, del que sabemos incapaz de producir, al igual que los privados, tales el IGSS, la Usac, las escuelas primarias, o las secundarias del Estado.
Malabaristas hábiles, pues ya lo privatizan desde el momento en que un grupo de privilegiados se reserva el monopolio de su control de hecho, aunque no de derecho.
Cada vez, por ejemplo, que agitadores de cualquier índole impiden a los demás hacer uso de una carretera, de una institución de enseñanza, de un hospital, o vedan el acceso a la información, o pintarrajean paredes que no son de su propiedad particular, o desvían fondos públicos, o invaden tierras del Estado, privatizan por la fuerza de los hechos el recurso público de que se trate.
Y así los Ramazzinis, los Jovieles Acevedo, los Rubenes Daríos Morales, los Eduardos Meyer, o los “muchachos” de la AEU, y hasta sin proponérselo las Helens Macks de ONG con indebido influjo sobre las políticas públicas o las decisiones de los tribunales, se constituyen en los grandes “privatizadores” informales de Guatemala.
¿Y con base en qué? De nuevo, a su cercanía a los nepotistas poderosos.
Lo que comprueba que nos sobran los listos y nos escasean los creadores efectivos de riqueza y justicia.
Dicho de otra manera, los recursos de los contribuyentes, por definición siempre escasos, acaban por ser asignados en contra de los intereses de quienes los generaron.
Gustavo Porras y congéneres se lamentan de lo pequeño del Estado. Quienes, en cambio, lo cargamos sobre nuestros hombros con su inmenso peso de nepotismo, lo sentimos un gigante deforme.
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