Las aulas silenciosas
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. Acabo de ver una fotografía tomada en Sichuan. No es necesario que nos la expliquen ni que vaya acompañada por ningún texto. Se trata del aula de una escuela de un colegio que, al igual que todos los de la región, se desplomaron cuando se registró el terremoto el 12 de mayo pasado. El temblor fue no solamente de mucha intensidad (7.9 de la escala Richter) sino que además se produjeron centenares de réplicas que tiraron al suelo lo poco que había quedado en pie.
¿Qué de llamativo tenía la fotografía que acabo de mencionar? Entre las ruinas del edificio del colegio se había recreado el aula con los restos que habían quedado; es decir, casi nada. Nada de techo, apenas sí unos centímetros de paredes y en el centro de la sala, las mesas que utilizaban los niños. Sobre cada una de ellas, habían puesto el retrato del niño que la ocupaba. Una fotografía impersonal, sin expresión, de esas que se hacen para algún documento o para ponerlas luego en el cuadro de honor, o de los alumnos sobresalientes de la semana.
Precisamente por esa impersonalidad en la mirada y el gesto relajado, adquiría cada una de esas fotos un significado especial, mucho más dramático del que se pudiera pensar, ya que cada uno de esos rostros estaba dando testimonio que la magnitud de un desastre natural al que no debe buscársele razones ni mucho menos justificaciones. Pero también están dando testimonio de lo que los funcionarios corruptos del gobierno quizá de Sichuan (suroeste del país), o de Pekín, debido a su peculiar manera de concebir el mundo y cómo sacar provecho de él, en lugar de construir edificios preparados para resistir estos remezones que de tanto en tanto da la tierra, en una zona que además son frecuentes, pues hicieron edificios baratos, de mala calidad, sin ningún tipo de seguridad antisísmica. Un experto afirma que la diferencia entre un edificio normal y otro preparado para resistir terremotos, hay sólo una diferencia del 4% en el costo total de su construcción.
Miles de niños encontraron la muerte mientras daban clase aquel 12 de mayo, ya que fue a primeras horas de la tarde, por lo tanto todos estaban dando clases. Es difícil calcular los niños y jóvenes que deben haber muerto ya que hasta el momento no se ha podido dar una cifra oficial. Lo que al comienzo fue dos mil o tres mil víctimas, han llegado ya a unas 74.000. A la indescriptible desgracia de perder a un hijo, en China significa el doble debido a las políticas de control de la natalidad que aplica el gobierno con toda rigurosidad. Este país, que según el censo de 2004 poseía 1.294.629.555 habitantes (casi mil trescientos millones), decidió disminuir tal cifra autorizando que cada matrimonio tenga un solo hijo. De este modo están produciendo un crecimiento negativo de la población.
Si puede servir de consuelo, no es el único hecho registrado en la historia, ya que en el terremoto que azotó Pakistán el 8 de octubre de 2005 en una región próxima a la frontera con India, es decir, no hace todavía tres años, murieron 17.000 niños atrapados por el derrumbe de 7.000 escuelas. ¿Será que las personas o las empresas que deciden abaratar al máximo el costo de las construcciones tendrán presente cuáles pueden llegar a ser las apocalípticas consecuencias de su inmoralidad?
La fotografía publicada por el New York Times es el testimonio más elocuente de lo que podemos llegar a hacer simplemente por el gusto de ver cómo crece nuestra cuenta bancaria, en la que ya hay dinero para gastar hasta la tercera generación, por decir una cifra conservadora. ¿Se habrá pensado en consecuencias más o menos similares cuando se construyeron las “viviendas de interés social” para los pobladores de la Chacarita, donde los ladrillos se están deshaciendo como si fueran de sal, debido nada más que a la humedad, las lluvias y la proximidad del río? Pero por suerte, vistas por atrás y desde una distancia prudencial, lucen como si fuera un trozo de Miami Beach transportado a un sitio también con playa y agua en las proximidades. Cada vez que las veamos, pensemos en esos miles de niños chinos y los miles de niños pakistaníes que han muerto exactamente por el mismo motivo: la corrupción.
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