Colombia vs. China y Argentina
Por Juan Carlos Echeverry
El Tiempo, Bogotá
No hay una regla inmutable para escoger regímenes cambiarios.
En Argentina se ha optado por mantener la tasa de cambio alta frente al dólar, con lo cual se incentivan las exportaciones y la sustitución de importaciones por producción nacional. Ahora bien, es inescapable que estos ingentes ingresos de divisas, traducidos a moneda local a la tasa de cambio alta, creen presiones inflacionarias. Ese gobierno ha decidido combatir la inflación de origen cambiario y monetario con medidas administrativas, como los controles de precios y la prohibición de algunas exportaciones de alimentos.
Según explica el analista austral Joaquín Cottani, este ha sido también el modelo chino durante las últimas dos décadas. ¿Qué consecuencias de largo plazo tiene esta estrategia? De un lado, un boom exportador, que, en el caso de Argentina, es mayormente un boom rural (en China es urbano, en empresas de alta tecnificación y productividad). El crecimiento de esos sectores de la economía atrae hacia ellos los recursos productivos, el capital y el trabajo. Hasta ahí la cosa parece atractiva.
¿Cuál es el problema? Que en ambos países, las políticas de control de precios, diseñadas para combatir la inflación, deben ser pagadas por alguien y requieren un sistema político y de control social más o menos sólido. En China, los controles de precios son solventados por el enorme aparato estatal, que entrega subsidios a granel para actividades con precios fijados artificialmente bajos.
Siendo un país políticamente comunista, mantiene un sistema de control social y económico que impone disciplina aquí y allá.
En Argentina, la cosa es a otro precio. El sistema de control de precios debe ser pagado con recursos públicos, que se extraen de los sectores en auge: curiosamente, los exportadores, a través de las “contribuciones”. Mientras más se acentúa el modelo del dólar alto, más marcados son los efectos inflacionarios, más severos los controles, más caros los subsidios y mayores los requerimientos fiscales. La consecuencia final en un país no comunista y no centralmente controlado es la emergencia de protestas sociales, tanto de los sectores cuyos precios han sido controlados, como de aquellos que deben pagar ingentes tributos para mantener el sistema de subsidios estatales.
Es decir, lo que ha sido políticamente viable en China puede no serlo en Argentina. Los beneficiados pueden, en un momento dado, no ser lo suficientemente numerosos o políticamente poderosos para contrarrestar la ira de los perjudicados. Cuando este encontronazo se manifiesta en las calles y carreteras, se llega a la actual situación argentina. Nada similar se ha apreciado en las calles o carreteras chinas.
Con el régimen cambiario colombiano los perjudicados son los exportadores, que no han salido aún a bloquear las carreteras, pero que han hecho audibles sus protestas en el Palacio de Nariño.
Aquí ha sido favorecido el ciudadano de a pie, que gana en pesos, y quienes le venden tanto importaciones de prendas, motos y computadores, como vivienda o víveres. Los negocios prosperan, también hay crecimiento, tal vez menos espectacular que el de China o Argentina, pero políticamente más viable. El riesgo es que el trabajo y el capital pueden hallar rentable alejarse de los sectores exportadores. Aunque, a juzgar por los aumentos en volúmenes, aún no lo han hecho, tal vez a raíz de la demanda venezolana. Así mismo, alejarse de actividades que compiten con importaciones. Esto no es necesariamente bueno a largo plazo. La única forma de mantener una estrategia exportadora en estas circunstancias es con continuas e incesantes ganancias en productividad.
¿Puede o debe Colombia adoptar el modelo chino o argentino? Mi respuesta es no. Pero eso implica otro tipo de disciplina, orientada a la flexibilidad económica y a una rabiosa competitividad y tecnificación.
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