Elegir con Síndrome de Estocolmo
Por Marisol García Delgado
El Universal
La sociedad venezolana, ahora nuevamente y decenas de procesos electorales después de instaurada la democracia el 23 de noviembre, realizará su enésimo acto de rendición: votará por el político menos malo. Como parte del jolgorio electoral, partidos y candidatos en lugar de difundir abierta y ampliamente las ofertas de gobierno, recorren sus localidades anunciando que “por ahí viene el lobo”. Bajo esa amenaza, terrorífica en todo tiempo y edad, millones de ciudadanos acudirán a las urnas, movilizados por la angustia de hacer el último esfuerzo para salvar el pellejo que les queda, más que por la racional y serena disposición de escoger entre una u otra vía de desarrollo y de progreso social y personal.
Con el respeto que merecen las teorías construidas por la Criminología, una de sus formulaciones, concretamente la que trata el síndrome de Estocolmo, es quizás trasladable al hecho sociopolítico venezolano, cuyas fatuas diferencias entre la cuarta y la quinta República demuestran que en los últimos decenios sólo ha marchado hacia la glorificación de sus defectos.
Pérdida total
El venezolano no es actor, ni partícipe ni dueño de nada, y de persistir en esta vía, tiene segura la pérdida total de su condición de sujeto de derechos, como ya se advierte en la franca disminución de su derecho a elegir, a propósito de las inhabilitaciones; de su derecho a profesar una ideología política distinta al socialismo, so pena de perder el empleo; de su derecho al libre comercio, con la creciente nacionalización de industrias y empresas, dizque de valor estratégico; de su derecho a expresarse libremente, restringido por el cierre de medios de comunicación y la imposición de sanciones personales a militantes partidistas o empleados públicos contraventores del silencio impuesto o de la protesta permitida; de su derecho a la libertad de tránsito y a la vida, totalmente confinadas por una delincuencia adueñada del patio gracias a la inepta dirección policial y a la impunidad que tímidamente muestran los dos millones de casos no resueltos a nivel judicial; de su derecho a la salud y a la alimentación racionada por el desabastecimiento, la inflación y la escasez.
El venezolano en realidad es una víctima, un rehén, un secuestrado de todos los gobiernos. Un ser sometido a la voluntad omnímoda del grupo o de la persona que se hace con el botín presupuestario. En el colmo de la aberración política, el liderazgo en Venezuela, desde aquella primera explosión de los precios del petróleo en 1973, no se mide por el número de seguidores sino por la cantidad de dinero que puede repartir, lo que, a su vez, depende de la mayor o menor conexión, directa o indirecta, con las arcas municipales, estatales y nacionales, verdadera justificación del nepotismo y de la reelección. Al igual que ocurre con el síndrome de Estocolmo, las reales opciones de supervivencia del individuo dependen de la sumisión y cooperación con el victimario, siendo que éste es el líder de la situación y se presenta como un benefactor -en el sentido de que no le inflige el daño que verdaderamente puede causarle- potencialidad de bien y de mal, o, mejor dicho, de estar momentáneamente a salvo de una peor situación, que hace surgir en la víctima un nexo emocional de agradecimiento hacia el líder-victimario.
Acción u omisión de auxilio
Sí, como se entiende, el síndrome de Estocolmo tiene su causa y origen en la pérdida total del control que sufre la víctima respecto de su situación presente e inmediato futuro; de la certeza de que la supervivencia depende totalmente de la acción, u omisión de auxilio, del líder-victimario, la manifestación del síndrome de Estocolmo en el escenario político nacional se hace evidente, pues el venezolano progresivamente ha perdido total y absolutamente el control sobre las acciones y actividades gubernamentales, ha disminuido sensiblemente el ejercicio de sus derechos frente al poder, está desprovisto de instrumentos para la preservación de su seguridad personal, económica y jurídica, ha sido lanzado a la intemperie sanitaria y asistencial; subsiste, apenas, encadenado al frondoso árbol de la burocracia gubernamental y teme en idéntica medida a la violencia anárquica y a la selectiva, consentida o administrada desde el poder.
Liberar a la sociedad de ese estado psicológico que cercena sus libertades y opciones políticas exige construir y fortalecer los instrumentos de control ciudadano sobre el poder político. Esa no es tarea del Gobierno, sino de la oposición.
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