Con dos llaves y un candado
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. El argumento que utilizan los regímenes dictatoriales de que mantienen al país aislado del resto del mundo para defender la independencia, la soberanía, la unidad nacional y sus habitantes de peligros que nunca están muy claros debe ser una de las mentiras más perversas que se hayan inventado jamás. Y, sin embargo, fue utilizada y sigue siendo utilizada a lo largo del tiempo y a lo ancho del mundo.
La tragedia que está viviendo la población de la antigua Birmania, conocida hoy como Myanmar –la que ha logrado sobrevivir, claro está– nos enfrenta con esa falsedad.
Hace poco más de una semana, el ciclón Nargis con vientos entre 190 y 240 kilómetros por hora, tomó al país desprevenido, destruyó todo lo que encontraba a su paso y produjo enormes inundaciones. ¿Será que Myanmar no cuenta con un sistema de prevención de ciclones?
Cuando el tsunami que en diciembre de 2004 sembró la muerte en el sureste asiático, Naciones Unidas recomendó la instalación de sistemas de prevención de estos fenómenos de la naturaleza. Pero la Junta Militar que gobierna Myanmar no hizo caso a tales recomendaciones.
Un huracán puede ser detectado con cuarenta y ocho horas de antelación, y ello puede evitar que se convierta en una auténtica catástrofe.
Oficialmente, los muertos son unos 22.000 y hay más de cuarenta mil desaparecidos. Pero oficiales de Naciones Unidas piensan que muy bien los muertos podrían ascender a cien mil. Al conocerse el tamaño de la catástrofe, el número de muertos y la destrucción de más de veinte mil viviendas, la comunidad internacional ofreció su ayuda.
Toneladas de alimentos, carpas, medicinas, pastillas purificadoras de agua y todo lo necesario para estos casos llenaron aviones que partieron de numerosos países y se estacionaron en Tailandia.
El problema es que la Junta Militar que tiraniza al país desde hace más de cuarenta años no permite la entrada de extranjeros y los interesados deben gestionar una visa para llegar a Rangún, antigua capital hasta que el hombre fuerte actual, Than Shwe, de 76 años de edad, resolvió cambiar la capital a una ciudad que está siendo construida de la nada: Naypyidaw, y que traduce todo el delirio y la egolatría que acompañan a los dictadores.
Ante la magnitud del desastre, el gobierno de los generales decidió por fin autorizar la entrada de los aviones con la ayuda internacional, no así a las personas encargadas de administrar esa ayuda.
El temor era que la misma no fuera utilizada correctamente o que no llegara a destino por falta de helicópteros ya que existen enormes extensiones que se encuentran bajo el agua, donde flotan todavía los cadáveres sin enterrar.
Hace un par de días, los temores se confirmaron, cuando se comprobó que la ayuda estaba siendo desviada hacia los cuarteles.
Como si todo esto fuera poco, el régimen militar que tiraniza Myanmar desde hace más de cuarenta años y que se hace llamar Consejo Estatal para la Paz y el Desarrollo convocó un referéndum para el pasado día 10 en el que se iba a votar por el sí o el no a la nueva Constitución que tardó más de seis años en ser redactada por mil convencionales. De más está decir que el sí triunfó con casi el 90 por ciento de los votos.
La nueva Carta Magna excluye a los partidos de la oposición, reserva un escaño de cada cuatro para los militares y estos tienen el poder de nombrar y destituir ministros y declarar el estado de excepción.
En este país de casi 48 millones de habitantes hay solo dos estaciones de radio AM y tres de FM. Existe un solo canal de televisión, que es del gobierno, y existen nada más que diez mil usuarios de internet, al que tienen acceso solo los funcionarios del gobierno, las oficinas de turismo y alguna que otra empresa comercial muy grande.
En un reciente discurso pronunciado por Than Shwe con motivo de un aniversario más de la independencia de la nación, dijo que “la construcción de una nación pacífica, moderna y desarrollada es el principal objetivo del Estado…
En este proceso, la paz y la estabilidad, la unidad, el rigor de la ley y una economía nacional fuerte son vitales para perpetuar la nueva nación”. Mientras tanto, el pueblo, sumido en la más indescriptible miseria, contempla cómo los generales utilizan como propios los bienes del Estado.
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