Ante un punto de inflexión
Por Vicente Massot
La Nación
Sostener que anteayer, en consonancia con la sustanciación del referéndum en Santa Cruz, se produjo un punto de inflexión en la historia boliviana significa básicamente tres cosas. Por lo pronto, que nada será igual a partir de ahora: no sin alguna violencia -que puede escalar hasta rozar extremos impredecibles- asistimos a un cambio en la organización política de ese Estado-nación.
En segunda instancia es conveniente entender que el cierre de una larga hegemonía unitaria -tanto como la historia del país- no se desenvolverá de un día para otro, pero no por eso dejará de suceder. Finalmente, si bien este punto de inflexión es también de no retorno, nada hay prefijado ni escrito en el futuro.
Una cosa es que el plebiscito de anteayer -seguramente prolongado en Beni, Pando y Tarija en los próximas días- sea existencialmente inapelable y otra, muy distinta, es que puede especularse hoy con alguna seriedad respecto de aquello que, tarde o temprano, vaya a reemplazar al centralismo de La Paz.
Evo Morales cosechó una derrota estrepitosa desde el momento en que no pudo impedir el primero de una serie de cuatro referéndums que insiste en considerar no sólo ilegales sino también anticonstitucionales. Pero aun cuando fuese ello cierto, en términos políticos la legalidad no agota el problema.
Sobre todo en atención a que si los guarismos cruceños se repiten en el resto de los departamentos de la Media Luna y, como todo lo hace prever, se extienden, al menos, a Chuquisaca y Cochabamba, el gobierno, quiera que no, se hallaría frente a una reacción ciudadana de más de la mitad del país.
Así como el indigenismo -soterrado durante décadas por la fuerza nacionalista que lo acogió en 1952, atemperando sus reivindicaciones más osadas- ha asumido su mayoría de edad política y pretende remontar a su favor una postergación de siglos, también la pulsión federalista, cobijada tras la demandas autonómicas, llegó para quedarse.
No entenderlo y cifrar esperanzas de que el movimiento de la Media Luna sea pasajero o acosarlo en función de creer que es el resultado de un complot de la derecha reaccionaria sería equivocar el análisis de medio a medio.
Claro está que en Bolivia se dirimen supremacías en las cuales las corrientes ideológicas más diversas tienen arte y parte en la disputa. Nada hay de sorprendente en el fenómeno. En todo caso, lo ilógico sería que, en una pulseada de tamaña dimensión, las fuerzas en pugna no enarbolasen argumentos doctrinarios. Pero el fondo de la cuestión no se reduce ni se resume en lo ideológico.
El dato crucial radica en el hecho de que la matriz institucional vigente es recusada por una de las dos Bolivias que existen.
El desafío, pues, que ha quedado planteado en toda su dimensión, es si las partes serán capaces de salvar sus diferencias -no precisamente menores- y actuar como partes iguales de un todo o, por el contrario, decidirán funcionar como todos aparte.
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