Auschwitz, una fábrica para la muerte
Por Jeff Jacoby
Periodista Digital
Para cuando el ejército soviético llegaba a Auschwitz el 27 de enero de 1945 – se cumplen 60 años esta semana — mi padre no estaban allí. 10 días antes, los Nazis habían evacuado a alrededor de 67.000 internos del campo de la muerte, despachándolos en brutales marchas obligatorias hacia el oeste. Mi padre, con 19 años entonces, estaba en un grupo enviado a Austria. Acabó en el campo de concentración de Ebensee, cerca de Mauthausen. La liberación allí no llegó hasta el 9 de mayo, con la llegada de los soldados americanos de la 80 División de Infantería.
Mi padre había llegado a Auschwitz la primavera anterior, junto con sus padres, sus dos hermanos y dos de sus tres hermanas. También ellos habían desaparecido para cuando el campo fue liberado. Al contrario que mi padre, ellos no se fueron a pie. “Se fueron” a través de la chimenea. Para la aplastante mayoría de los más de 1,1 millones de judíos enviados a Auschwitz, no había otra salida.
Los judíos no fueron las únicas víctimas. Cerca de 75.000 polacos, más de 20.000 judíos, 15.000 soviéticos y 10.000 integrantes de otras nacionalidades fueron asesinados también en Auschwitz. Los Nazis utilizaron primero el campo, en la práctica, como cárcel para disidentes polacos, y Birkenau, la gigantesca ampliación de 1941 que se convertiría en el principal centro de muerte de Auschwitz, fue diseñado para albergar a los prisioneros de guerra soviéticos.
Pero desde la primavera de 1942, Auschwitz se convertía sobre todo en un matadero para judíos. Desde cada rincón de Europa, los judíos enviados allí — desde Francia al oeste hasta Ucrania en el este, desde tan al norte como Noruega y tan al sur como Grecia. Muchos, como mi padre y dos de sus hermanos, fueron condenados a trabajos forzados, ante la esperanza de que las horrorosas condiciones y las raciones paupérrimas de comida los matasen enseguida. Pero la mayor parte de los judíos que entraban a Auschwitz – como los padres de mi padre y su hermano más joven y su hermana – eran asesinados nada más llegar.
Auschwitz era una gigantesca fábrica de muerte, el lugar del asesinato más masivo de la historia conocida. Incluso hoy, dos generaciones más tarde, es casi imposible captar la escala a la que los Nazis cometieron homicidio allí. Es sugerida por un detalle: de 1942 a 1944, la plataforma de ferrocarril de Birkenau fue la estación de ferrocarril más concurrida de Europa. Ostenta esa distinción a pesar del hecho de que, al contrario que todas las demás estaciones del mundo, solamente fue testigo de llegadas. Ningún pasajero se fue nunca.
Pero Auschwitz no fue solamente un lugar de asesinato. También fue un lugar de robos.
A los judíos les robaron todo lo que poseían — el equipaje con el que llegaban, la ropa que llevaban encima, el pelo de sus cabezas y hasta el oro de los dientes. Las mercancías robadas eran almacenadas en 35 naves, donde eran clasificadas y empaquetadas para su envío a Alemania. Antes de huir en enero de 1945, los Nazis incendiaron 29 de las naves, pero solamente en las seis que permanecieron en pie, los soviéticos encontraron 348.820 trajes del caballero, 836.255 vestidos de señora y 43.525 pares de zapatos. Había 7 trenes de ropa de cama a la espera de ser enviados. Y 7,7 toneladas de cabello humano. Y eso era simplemente lo que quedaba muy al final.
Lo peor con diferencia de Auschwitz era — ¿el qué? ¿La sobrecogedora cifra de muertos? ¿Las cámaras de gas disfrazadas de duchas, en las que miles de judíos desnudos eran enviados a diario a muertes agónicas? ¿La incesante crueldad y tortura? ¿Las enfermedades que causaban estragos entre aquellos a los que los Nazis no mataban primero?
¿Fueron los inhumanos experimentos médicos perpetrados por doctores como Joseph Mengele, como la destrucción deliberada de órganos sanos, o los abusos sádicos a los gemelos y los enanos? ¿Fue la explotación consciente de la mano de obra judía esclava por parte de empresas alemanas? ¿Las decenas de miles de niños y bebés asesinados?
No.
Lo peor con diferencia de Auschwitz es que, con toda su perversa inmensidad, solamente fue una fracción del total. Incluso si nunca se hubiera construido, el Holocausto habría sido aún un crimen sin paralelo en la historia de la humanidad. Habría sido aún tan monstruoso que se habría tenido que acuñar una nueva palabra — genocidio — para describirlo. Nunca antes y nunca desde entonces un gobierno convirtió el asesinato de todo un pueblo en su objetivo central, y nunca antes ni nunca desde entonces un gobierno ha convertido la masacre inhumana en una industria internacional, completada con instalaciones para el transporte, la clasificación, el asesinato y la incineración. Y nada de ello no como un medio para un fin, sino como un fin en sí mismo: la razón para borrar del mapa a los judíos era que los judíos tenían que ser borrados del mapa.
Al final, 6 millones de ellos perdieron la vida. Pero solamente la sexta parte la perdió en Auschwitz.
Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe.
(Nota: La columna de abajo apareció originalmente en 2005, en el 60 aniversario de la liberación de Auschwitz. Se envía con motivo del Yom Hashoah, el Día de Conmemoración del Holocausto.)
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