América Latina y las elecciones de Estados Unidos
Por Leopoldo Puchi
Correo del Caroní
Mientras se desarrolla una interesante campaña en el partido demócrata de Estados Unidos, que pudiera anunciar una nueva agenda suramericana por parte de Washington, el presidente George W. Bush se coloca frente a la realidad de la región en los términos de la época de la guerra fría, con un discurso que polariza entre extremos que no son una referencia real para el desarrollo político latinoamericano.
El primer error de Bush consiste en plantear un falso dilema entre el modelo de Álvaro Uribe y el de las FARC.
Se anota una segunda equivocación al asimilar a las FARC a todas aquellas expresiones de izquierda, que por muy radicales que sean, son el resultado de procesos democráticos y expresan reivindicaciones legítimas de los pueblos. Al ensalzar el ingreso de Colombia al Tratado de Libre Comercio como el único modelo a seguir, Bush estigmatiza a los países que se han resistido a la absorción por el proyecto geopolítico del Alca, como es el caso no sólo de Venezuela, sino de Argentina, Brasil o Ecuador.
El sistema político, social y económico de Colombia no es un modelo a seguir para Latinoamérica. Precisamente, por haber abierto vías distintas al comportamiento de la élite colombiana es que los países de la región han podido avanzar sin violencia. En Venezuela la paz se conquistó en la medida en que hubo reformas sociales impulsadas por AD, en que hubo la pacificación de Caldera en lugar de las masacres de la Unión Patriótica, y en que hubo el rubor nacionalista de la generación del 28. Hasta en los años cincuenta, mientras Bogotá enviaba a sus hombres a combatir en la guerra de Corea, el mismo Pérez Jiménez aprovechaba para eliminar la obligatoriedad de patentes para la industria farmacéutica.
Pero frente a esa visión ultra conservadora de Bush sobre América Latina se abren en Estados Unidos expectativas favorables a una nueva comprensión de la realidad de estas latitudes, distintas a la pretensión de tener incondicionales o pro cónsules al frente de estas naciones.
Tal vez no pueda hablarse con certidumbre sobre las perspectivas que se crean con la posible elección de Hilary Clinton o Barak Obama en las próximas elecciones. Es cierto que el compromiso común de la dirigencia con la política exterior norteamericana es fuerte. Sin embargo tendrá que haber cambios en la política exterior, porque se está produciendo una mutación de mentalidades abajo, en el fondo de la sociedad, inimaginable hasta hace poco tiempo, que se expresan con el particular fenómeno de Obama. Independientemente de que éste gane, la élite dirigente tendrá que revisar sus políticas. En particular el fracasado esquema del actual presidente en relación a América Latina.
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