“El hombre enfermo de …” América
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Por los años de la Belle Epoque, inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, solían los europeos pensantes referirse al imperio otomano como “el hombre enfermo de Europa”.
Su inmovilismo dogmático, lo corrupto de su administración pública, su escasa actividad literaria y científica, su represión sistemática de los disidentes, condenados a vegetar en cárceles inmundas —o simplemente a ser eliminados en masa (como los cristianos armenios)—, añadido a una generalizada decadencia en las costumbres, y unas no menores apatía y desesperanza entre quienes no lograban escapar a otros climas, le mereció de todos ese diagnóstico.
Derrotados en la guerra, sólo el heroísmo y la visión modernizante de un hombre de voluntad férrea, Kemal Ataturk, logró “sanar” de tamaña enfermedad al pueblo de los turcos.
Esto me viene a la mente ante el circo de la “sucesión” dinástica en Cuba, de un déspota absoluto a su hermano menor, en votación, por supuesto, pública y “unánime”.
“Ese hombre enfermo”, esta vez, de América, se halla postrado en la otrora tan atractiva Perla de las Antillas, por un proceso histórico inverso al de Turquía.
La extraordinaria personalidad de Fidel Castro, como en sus tiempos las de Lenin, en Rusia, o de Mao, en China, ha significado para el país de su nacimiento un gigantesco salto, pero hacia atrás.
Para el resto de nuestra América, ininteligible. A Castro se le juzga con suprema ligereza como una instancia más de nuestro endémico caudillismo, o una de esas dictaduras personales en las que abunda nuestro pasado, en su caso, solamente, más longeva.
Malentendido inexcusable.
Los Castro han significado el único episodio de totalitarismo sufrido en nuestro hemisferio. Quienes no lo han vivido, muy difícilmente lo entienden.
Análogo a lo que pasó con el despotismo nazi que, todavía en 1937, era un “Estado de derecho” a juicio del guía intelectual del Laborismo británico, Harold Laski, igual que para el “gurú” del positivismo jurídico continental, Hans Kelsen.
Aún en 1941, en vísperas del inicio de la “solución final” a la presencia de judíos en toda Europa, parlamentarios de ambos lados del Atlántico calificaban el nazismo meramente como a lo sumo otra explosión de nacionalismo exacerbado.
Así habían malinterpretado el golpe de Estado bolchevique de 1917, como mera corrección necesaria al feudalismo ruso. Tal cual lo verbalizó en 1920 el ingenuo John Reed: “Vi el futuro y funciona”.
No menos golpean en mi memoria los encomios del Ministro gaullista de Cultura, André Malraux, enderezados al gran “salto hacia adelante” decretado por Mao en 1958, que entrañó la ruina de la agricultura de su país, el hambre de millones, y fue prólogo para aquella “revolución cultural” de mediados de los sesenta, que hizo añicos buena parte del patrimonio histórico de esa gran civilización del Oriente, con pérdida, además, en su cauda, de vidas innumerables.
En cinco siglos de historia americana, jamás se había visto un cambio tan drástico como el infligido por los Castro a Cuba. De país favorito para inmigrantes europeos ha pasado a ser el aguijón repugnante que empuja a sus descendientes a escapar en balsas frágiles —más de 60 mil ahogados— o hasta ocultarse de polizones entre las ruedas de los aviones.
Y ni una sola protesta se ha oído de los gobiernos “hermanos” y “solidarios” de Iberoamérica, que pretenden “saber” que se trata, en todo caso, de cuatro millones de esbirros de Batista y de plutócratas fascistoides.
La tragedia de los cubanos no tiene precedentes en “este Nuevo Mundo” de nuestras esperanzas. Al igual que las del Viejo, se reduce al vano empeño de la soberbia, del egoísmo y de la ceguera de unos pocos.
Como nos lo aclaró Hanna Arendt: “A lo que aspiran las ideologías totalitarias no es a transformar el mundo exterior, o a transformar revolucionariamente la sociedad, sino a transformar la propia naturaleza humana”.
Insensatos.
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