Que Hillary sea Hillary
Por Jeff Jacoby
Diario de América
Durante ocho años, ha sido un mito popular en muchos círculos que si no hubiera sido por la vigésimo segunda enmienda, que impide la segunda reelección, Bill Clinton no habría tenido que abandonar la Casa Blanca en enero de 2001.
“Si la Constitución no le prohibiera presentarse de nuevo”, destacaba el New York Times en primera página tres semanas antes de finalizar el segundo mandato Clinton, “las encuestas sugieren que bien podría estar camino de un tercer mandato”. Ese mito se convirtió en los cimientos de la campaña presidencial de Hillary Clinton, y de la convicción ampliamente sostenida de que su nombramiento era un hecho inevitable.
Y si Hillary se presentara por el tercer mandato de Bill — bien, entonces naturalmente tendría sentido sacar a Bill a hacer campaña, para recordar a los Demócratas lo mucho que habían adorado esos dos primeros mandatos Clinton. “Conozco algunas personas que dicen, ‘míralos — son mayores, son una especie de historia antigua'”, decía a los votantes el ex presidente el pasado verano. “Bien”, añadía felizmente, “la historia antigua fue bastante buena”.
Pero el mito, siendo un mito, nunca fue cierto. Las encuestas de 1999 y 2000 concluían repetidamente que la gran mayoría del público no quería que Clinton pudiera presentarse a un tercer mandato. Y el retorno de Bill a la tribuna el año pasado no colmó a los Demócratas de expectativas extáticas de una restauración Clinton. En ocasiones ha parecido como si contra más veía el votante a la en tiempos y posible futura Primera Pareja, menos quería ver. “Pasados alrededor de 30 minutos de las casi dos horas de estancia de Bill Clinton aquí en el Dartmouth College”, informaba el lunes desde Hannover, N.H., el Washington Post, “un flujo constante de estudiantes empezaba a abandonar las instalaciones”. Mientras tanto, una muchedumbre a rebosar se agolpaba en las concentraciones de Barack Obama.
Esa vieja magia Clinton parece hoy más vieja que mágica. Mientras el agraciado y elocuente Obama entusiasma y suscita pensamientos de esperanza en un futuro brillante, Hillary ha tendido a parecer tan fría como vacía de ideas nuevas. Sus lágrimas el otro día — tan inesperadas como obviamente genuinas — podrían haber hecho más por despertar simpatías hacia ella que nada que los votantes hayan visto de la campaña Clinton en mucho tiempo. En la práctica, podrían haberle granjeado New Hampshire.
Presentarse al tercer mandato de Bill Clinton ha dejado a Hillary Clinton en medio de ninguna parte. Ella no logrará la candidatura con un aire de derecho al puesto o como la encarnación de “la historia antigua”. En su lugar tendría que presentarse como ella misma. Hillary puede carecer del encanto ilimitado de Obama o del instinto político de su marido, pero sí tiene corazón y alma. Podrían demostrar ser su arma más fuerte.
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