El poder adquisitivo de los españoles
Por Fernando González-Urbaneja
ABC
Uno de los problemas (y de los méritos científicos) de la economía es que opera con representaciones, con conjuntos significativos. El PIB, el IPC, el empleo, calculado al milímetro mediante una encuesta y los salarios medios por empleo o por hora trabajada (que no es lo mismo aunque se parezca)… Pero todo ello suena a música celestial, como que no tuviera que ver con la realidad de cada individuo.
Las encuestas agregadas sobre sentimiento de los consumidores en España suelen reflejar que las economías individuales van mejor que la conjunta y que las expectativas personales son mejores que las colectivas. Quizá es por un cierto pesimismo crónico, un “no puede ser”.
Aterrizar los datos agregados a personas concretas, a familias y a productos y servicios individualizados, resulta más complicado. A nadie le sube su nivel general de precios como el IPC, y a casi todos les parece que sus precios pagados son superiores al dichoso índice tan laboriosamente calculado y los precios percibidos inferiores.
Estos días dicen que el café o la caña en los bares subió el 20% desde el primero de enero, como si se tratara de un precio controlado por decreto o conjura. El encarecimiento de los cereales que son materia prima esencial de la cerveza son un dato cierto desde hace meses que se ha reflejado en los precios finales. Pero la formación de precios del café, la caña (y pincho, si procede) es compleja y variable, según lugar, hora y circunstancias. Ese cálculo medio de un 20% adicional suena arbitrario, improbable. Si así fuera las consecuencias a corto plazo se dejarán notar en forma de menor demanda y menos clientes.
Los precios no son inocentes ni inocuos, suben o bajan y pasan cosas. Existen bienes esenciales, no sustituibles (para algunos lo es el tabaco y para otros el brandy) y su encarecimiento va en demérito del consumo de otros bienes. Lo probable es que una alteración de precios del 20%, en un mercado con muchos ofertantes (no faltan bares en cada esquina) inducirá cambios en los clientes y en los precios.
Agregados económicos interesantes para medir rentas y su reparto son los que corresponden al número de cotizantes a la seguridad social (y sus cotizaciones) o el de retenciones del IRPF. Ambos son registros colosales de datos objetivos en los que es real todo lo que aparece, aunque no aparezca todo lo que es real. Y del análisis de esos agregados en fechas más recientes no sale impresión pesimista sobre la evolución de la economía española, ni sobre la capacidad adquisitiva individual o familiar.
A favor de ese argumento cuentan los incrementos efectivos de pensiones (ocho millones de titulares) y de los salarios sometidos a convenio con actualización conforme al índice de precios (cinco millones). Y otro tanto de los rendimientos de capital (dividendos e intereses que perciben millones de ahorradores).
Las estadísticas debidamente torturadas cantan lo que sea menester, pero sostener que los españoles pierden capacidad adquisitiva en el pasado reciente parece mucho sostener.
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