De nuevo invierno en Rusia
Por Vicente Echerri
El Nuevo Herald
Luego de algunos años de apertura que siguieron al colapso y desintegración de la Unión Soviética, las puertas de Rusia han comenzado a cerrarse de nuevo al mundo y particularmente a Occidente. La esperanza y el júbilo que produjo hace dieciséis años por estos días el fin del ”imperio del mal” hoy se ven suplantadas por la preocupación y el pesimismo ante lo que parece un proceso de desconfianza y contracción que podría ser el preámbulo de otro largo invierno ruso.
El anuncio de que Vladimir Putin puede seguir mandando en el país a partir del próximo marzo cuando tenga que abandonar la presidencia –investido esta vez como primer ministro– y las recientes fricciones con Gran Bretaña (el cierre de todas las oficinas del Consejo Británico fuera de Moscú y la cancelación a última hora de una exposición de cuadros del Hermitage en Londres por temor a una reclamación de herederos legítimos) son tan sólo algunos de los signos de que los hábitos del autoritarismo vuelven a adueñarse de Rusia, y el resto del mundo no puede verlo con indiferencia.
Es verdad que la inseguridad y la miseria que generó para muchos el fin del paternalista estado soviético y la ineficacia y corrupción que minaron el gobierno de Boris Yeltsin, se han visto corregidos en los años de Putin: Rusia se ha aprovechado del auge petrolero y ha saneado bastante la economía del país, lo cual ha tenido una repercusión positiva en las prestaciones sociales y la ineficacia administrativa se ha visto bastante superada; pero las libertades fundamentales, de expresión, de reunión, de asociación, han sido al mismo tiempo severamente coactadas por la gestión de un gobierno que cree y predica que la grandeza de Rusia es inseparable de alguna suerte de despotismo. Lo triste es que la mayoría del pueblo parece aceptar esta ideología con diversos grados de resignación o de entusiasmo, justificando acaso la opinión de que para los rusos la libertad y la prosperidad no vienen en la misma pareja.
La gestión de Putin ha sido próspera y, en consecuencia, ha servido para desprestigiar la libertad y la pluralidad democrática tal como la conocemos en Occidente. Rusia sólo es grande y respetada cuando tiene un gobierno fuerte y le cierra las puertas a las modas y manierismos políticos occidentales. Ese es el mensaje que el Kremlin ha estado vendiendo en los últimos años y que muchos han comprado con auténtica fe, especialmente una enfervorizada juventud que no conoció ni padeció el régimen soviético y a quien la ”nueva” Rusia de Putin le ofrece una causa. La receta es vieja, sus ingredientes nos son conocidos: nacionalismo exacerbado, xenofobia, orden; cualquier parecido con el fascismo es pura coincidencia.
Lo peor de todo es que Occidente puede hacer poco o nada frente a esta peligrosa tendencia, más allá de atenuar, con una actuación transparente, la desconfianza paranoica de los rusos que el gobierno de Putin alienta con alevosía para concentrar mayores cantidades de poder, dando lugar a un círculo vicioso que genera su propia dinámica y en el que la sociedad verá cada vez más mermadas sus libertades como respuesta a los temores que el propio Estado infunde para robustecerse. El resultado es previsible: un Superestado hegemónico y una sociedad postrada y envilecida.
Algunos atribuirán este destino a la fatalidad que imponen los orígenes. Así como la democracia norteamericana se asienta más en la práctica democrática de las municipios y condados de las colonias que en las declaraciones de los próceres fundadores de Filadelfia, el ”carácter” ruso parece determinado por un despotismo ancestral que asocia la preservación de su cultura con un gobierno autoritario. Tócale a ellos, en ésta o en alguna otra generación, demostrar y desmontar la peligrosa falacia de este binomio.
©Echerri 2007
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