Irán y la amenaza “probable”
Editorial – ABC
Pocas veces el matiz de un informe confidencial de los servicios de información norteamericanos, la CIA, había tenido tanta repercusión diplomática. La expresión equivalente a “altamente probable” aludiendo a la ralentización del programa nuclear iraní ha tenido un efecto parecido al de un terremoto en medio de una laboriosa partida de ajedrez: las piezas han quedado esparcidas por el tablero a pesar de los delicados trabajos que han precedido a cada uno de los movimientos.
De poco sirve que el mismo informe que unos utilizan para debilitar a George Bush -porque reduce la capacidad nuclear de Irán- sostenga a la vez que ese país podrá fabricar una bomba nuclear dentro de tres años. Y de poco sirve también que el presidente Ahmed Ahmadineyad saque pecho y no oculte sus planes de seguir avanzando para dotarse de esta tecnología, incluyendo expresamente la puesta en marcha de un notable número de centrifugadoras que solamente puede tener como objetivo la proyección militar de esta tecnología. Sirve de poco porque el documento de la CIA ha llegado a sembrar la duda de tal manera que hasta la Rusia de Putin va a utilizarlo para debilitar los argumentos de Estados Unidos y de la OTAN para construir un escudo antimisiles protector de los países aliados en Europa.
Después de la desagradable experiencia de las armas de destrucción masiva que supuestamente almacenaba Sadam Husein en Irak, nada más natural que poner en duda sistemáticamente cualquier otra presunción. Sería insensato considerar que, tras aquella desastrosa gestión, Occidente puede mantener una posición de fuerza en la defensa de sus intereses cuando no se base en la certeza absoluta de que existe ese riesgo del que debemos defendernos.
Sin embargo, tampoco es razonable servirse ahora de este informe como una especie de alegato universal contra Estados Unidos y convertir a Occidente en el culpable y al régimen teocrático iraní en la víctima inocente. Existen muchos otros indicios que desmienten las apreciaciones de ese informe y el primero de ellos reside en las propias palabras de Ahmadineyad presumiendo de tener planes para “borrar a Israel del mapa”. Si es posible pensar que los planes de rearme militar por parte de Irán han sido de alguna manera desacelerados, tanto mejor. Pero no hay nada que indique que ello se haya producido por voluntad apaciguadora de los ayatolás.
Otros interlocutores en la negociación con Teherán -tan poco sospechoso de parcialidad como Javier Solana- han criticado la opacidad y la abierta mala voluntad de los iraníes y han terminado por reconocer que sería necesario que el Consejo de Seguridad de la ONU ampliase las sanciones contra Teherán. Tal vez la proximidad de la batalla electoral del año que viene en Estados Unidos pueda explicar esta filtración cuyas consecuencias diplomáticas van más allá de la polémica con el régimen iraní. No era juego limpio blandir la amenaza de unas armas inexistentes ni lo es contribuir con fines inconfesables a atenuar las defensas de Occidente frente a una grave amenaza que no se puede ignorar.
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