¿Se callará?
Por Federico Ysart
Infolatam
No podía ser de otra forma, el comandante venezolano no asumió la derrota. El “por ahora” delata la catadura del personaje. Exprimirá hasta el límite los cinco años largos que formalmente le quedan de presidencia; seguirá utilizando el petrodólar para sostener la dictadura cubana y las que amenazan a bolivianos, ecuatorianos y nicaragüenses; continuará subvencionando movimientos radicales en democracias como la chilena, o violando fronteras como la colombiana; amenazando a cuantos maniqueos exteriores necesite apalear, inventando imperios del mal, ayer los Estados Unidos, hoy España, mañana Francia, y por qué no acabar con la mismísima China.
Cantará boleros y rancheras peor que nadie, y hasta nanas, y que seguirá siendo el rey, pero cada vez serán menos quienes le rían la gracia. Cada vez menos se achantarán ante su cuartelera chulería. Sus hasta ahora leales comenzarán a preguntarse qué demonios pasó el domingo 3 de diciembre; cómo el invicto caudillo, Goliat tronitonante, pudo caer derribado por la honda de un David aún no egresado de la Universidad. Y seguirán preguntando por qué no hay leche en el país, algo tan elemental como la leche, ¿es que a nadie le interesa nuestro petróleo a cambio de leche? Y querrán conocer algunas cosas más.
Por ejemplo, cuál es el motivo por el que en los últimos quince años Venezuela sea uno de los países latinoamericanos en que menos se ha reducido la pobreza; es decir, menos que Chile, Brasil, México, Colombia. ¿No son esos los aliados del imperio?, se preguntarán los más ingenuos. O por qué razón la desigualdad, índice de Gini, creció un cuatro por ciento en los últimos cinco años, precisamente bajo su mandato y el del chantaje petrolero. No tendrían más que abrir los estudios de la CEPAL, organismo de Naciones Unidas poco liberal por cierto.
Claro que si hubieran leído el último Latinobarómetro, noviembre 2007, se sorprenderían menos de lo ocurrido el domingo 3 de diciembre. Y es que en los tres últimos años los venezolanos se han ido escorando hacia la derecha, concretamente desde un 4,5 en 2005 hasta un 5,3 en 2007, en una escala del 1, izquierda, al 10, derecha. Para situar los datos en su contexto, el conjunto del continente ha permanecido invariado en el 5,3. ¿Por qué será que en Bolivia ha ocurrido lo mismo que en Venezuela desde que comenzó la presidencia de Morales? ¿Será capaz de callarse después de haber hablado su pueblo?
En 1992 acaudilló un golpe militar contra el gobierno legítimo de su país. Ni más ni menos que Pinochet en Chile. Éste, en plena guerra fría, 1973, ganó la asonada con la cara feroz de la reacción más negra. Aquél, Chávez, la perdió contra un presidente socialdemócrata que llegaba de la cumbre de Davos. El general chileno bombardeó La Moneda, sede de la presidencia de la república de Chile, para acabar con el frente popular. El teniente coronel venezolano bombardeó Miraflores, sede presidencial venezolana, para terminar con el bipartidismo. Mientras salvaba a la patria, el chileno aprovechó del poder comisiones y fondos reservados para labrarse una fortunita para el día de mañana. Del bolivariano nada consta en ese sentido; al fin y al cabo, para qué si en parejo empeño por salvar Venezuela y al continente entero está dispuesto a ocupar hasta el último día de su vida.
Fue extraño, pero el dictador de las gafas negras y de los tres mil muertos a sus espaldas, hizo mutis tras perder un referéndum. Éste, sólo un centenar de víctimas en aquel golpe de hace quince años, no tiene trazas de seguir el mismo camino. Como si, al igual que Pinochet, no hubiera acabado convirtiendo el referéndum en todo un plebiscito sobre su persona.
Los dictadores no escarmientan en cabeza ajena. Salvando las distancias, infinitas, en abril de 1969 otro militar había ya caído en el mismo error, De Gaulle. Francia era la democracia que hoy es, acababa de salir de su mayo del 68, y su presidente se retiró de la política a tiempo, cuando oyó el No de los franceses. También había hecho su Constitución, la de la V República actual, pero perdió unas reformas posteriores, del gobierno local y del Senado. Las similitudes con los otros dos militares no llegan más allá. Pero la pregunta al caudillo venezolano sigue siendo pertinente: oído ahora el No de su pueblo, ¿por qué no se calla?”
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