El gallito
Por Luis Alvarez
La Opinión, Los Angeles
Daniel Ortega jura que él es un Hugo Chávez en ciernes. Quiere convertirse en un matón como su colega venezolano, pero carece de los petrodólares que lo apadrinen.
Quiere golpear, como Chávez, la mesa de los foros internacionales contra todo lo que huela a derecha, colonialismo o neocolonialismo; sin embargo, apenas alcanza a ser una suerte de perrillo faldero, de esos que el mismísimo Chávez censura por plegarse a la Casa Blanca.
Si el presidente nicaragüense supiera contar, sabría que, a diferencia de Chávez, no puede contar con una buena tajada del electorado, ni mucho menos con la mayoría en el Congreso para hacer lo que le venga en gana.
Ortega puja por seguir al pie de la letra el libreto chavista de buscar cambios radicales en la Constitución para afianzarse en el poder, pero el tiro le sale por la culata. Nicaragua no es Venezuela donde la clase política está fragmentada en dos partes y el pueblo se ha dividido entre promotores y detractores de Chávez.
No señor, Nicaragua es una verdadera atomización de partidos y tendencias políticas que hacen virtualmente imposible al gobernante hacer de las suyas.
Ortega recibió una bofetada del Parlamento que rechazó tajantemente su “genial idea” de instaurar los llamados Consejos de Poder Ciudadano (CPC). ¿Se acuerdan de los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba? Bueno, algo por el estilo. No son ni más ni menos que una reedición de los Comités de Defensa Sandinista instaurados en los 80 en Nicaragua y que se constituyeron en los ojos y oídos de la revolución sandinista.
Pero Ortega, que se cree muy gallito, hizo otro de sus berrinches y amenazó con gobernar por decreto para imponer su dichosa propuesta.
¡Vaya, vaya! Ese Daniel Ortega es el mismito que quiere cambiar la Constitución para instaurar un régimen parlamentario al mejor estilo de algunas naciones europeas. Y entonces, ¿quién lo entiende? No quiere respetar las decisiones del Congreso, pero a la vez quiere transformarlo en el eje central de gobierno.
Ortega, como Chávez, quiere una “democracia a su medida”. En esa Nicaragua ya el poder judicial, en manos sandinistas, juega a su favor. También la presidencia del Congreso. Por eso, su titular se niega a enviar a publicación la ley que declara ilegales los cuestionados Consejos de Poder Ciudadano.
Está claro que Ortega no cree en la voz de la mayoría. ¿Qué importa, al fin de cuentas, que una mayoría parlamentaria haya rechazado su plan? Al fin y al cabo también logró que las leyes nicaragüenses ampararan un triunfo en las urnas con el respaldo de apenas una tercera parte de los votantes.
Así, contra viento y marea, el discípulo de Hugo Chávez, juró instaurar sus CPC antes que termine este mes. Ya no se trata siquiera de que Ortega quiera trasladar el poder a su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Lo que Ortega quiere, al igual que Chávez, es concentrar todo el poder en sus manos, y en el de su esposa Rosario, quien tiene un poder de facto ilimitado dentro del gobierno.
Ortega parece caminar derechito al despeñadero. ¡Pobre Nicaragua! Ojalá no resulte, una vez más, arrastrada al abismo.
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