México: Grande, lindo y querido
Por Eugenio D`Medina Lora
Revista Mirada Crítica
Llegar a México equivale a pensar en grande. El tráfico aéreo del Aeropuerto Benito Juarez crece a 13% anual, mientras que su economía es la decimocuarta del mundo. La Avenida Insurgentes es la más grande del mundo y atraviesa el Distrito Federal (DF) de norte a sur. Sus monumentos son desplegados por cientos en toda la ciudad, en tanto sus edificios son imponentes, tanto los de las grandes empresas, muchas de ellas transnacionales enormes, como los tradicionales, caso el Palacio Nacional o el Palacio de Bellas Artes. Además, la zona urbana de su capital, que equivale al DF más la zonas aledañas e incluyen a los “Cinturones de Miseria”, alberga a 25 millones de personas. Si, casi la totalidad de la población del Perú.
Desde luego, esto se refleja en el gran problema de tráfico. El DF posee dos sistemas de transporte masivo rápido: el Metro o tren y el Metrobus o sistema de buses de carril exclusivo. Todos los usan y entendí por qué, un día en que quise ir a un restaurante y me demoré 45 minutos a las 8 de la noche en un taxi que me cobró casi 6 dólares. El problema del tráfico me hace recordar a nuestros excelentes taxistas de tres soles y de regateo de ventana. El mexicano promedio cohabita con el tumulto de los sistemas masivos porque son muy caros los servicios de taxi. Lima, en ese sentido, ofrece mayor comodidad de desplazamiento, a pesar de los ingentes problemas de tráfico.
Estas impresionantes dimensiones se palpitan al transitar por la ciudad. Pero también se palpita cuanto los mexicanos rinden tributo a su propia historia. Aquí las avenidas y las plazas no llevan nombres de presidentes norteamericanos- Wilson, Washington, Kennedy – sino de personajes o hechos históricos mexicanos. Así, tomo por Reforma en dirección a Chapultepec y si quiero virar hacia Pachuca doblo por Insurgentes hacia derecha. Si deseo ir en dirección contraria por la misma Reforma, puedo tomar la Juarez hacia la derecha y llegar al coloso de Bellas Artes y más allá, siguiendo por Madero – en honor al liberal Francisco Madero que dio comienzo a la Revolución Mexicana – puedo llegar al Zócalo o Plaza de la Constitución, donde está el Palacio Nacional, construido sobre las edificaciones del Palacio de Moctezuma y del que Hernán Cortés hizo su propia casa.
Hablando de Cortés, aquí lo detestan. A nadie se le ocurriría hacerle un monumento. Me contaban su historia y me parecía escuchar la de Pizarro. Los propios pueblos indígenas de estas tierras ayudaron a los españoles para derrotar a los aztecas y después fueron sojuzgados. Quizá por eso el mexicano promedio siente que es víctima de despojos. Si no es Cortés, es Porfirio Díaz o los yanquis que les quitaron medio país. Dentro de su propia sociedad. El mexicano de los estados pobres siente el despojo por parte del DF. Este sentimiento los impide comprender cuanto están avanzando con respecto al resto de América Latina, especialmente después de la suscripción del NAFTA – el TLC mexicano.
El taxista que me “sumerge” en el tráfico me cuenta que viven muy descontentos porque no avanzan debido a sus líderes políticos. Más adelante reflexiono que en el país, las dos fuerzas duras son el PRI y el PAN. A López Obrador ya le van perdiendo el feeling, pero tiene sus seguidores. Pero no hay más. De hecho aquí los liberales ya no existen. Entonces me pregunto si este bello país podría crecer aun más con políticas más decididamente liberales y no sólo aperturistas, con lo que se incorporaría más rápido a los más pobres a la dinámica del desarrollo auto-sostenido.
Refuerza esta opinión el hecho de que PEMEX es el monopolio estatal del petróleo y casi un símbolo nacional. Las reservas de crudo se estima que alcanzarán entre 9 y 14 años más, pues no existe en el país la tecnología para la exploración y explotación en zonas no trabajadas. Sin embargo, no se convoca a la inversión extranjera para que cubra este vacío, con lo que PEMEX seguirá viviendo aunque a los ciudadanos mexicanos les vaya costando más y más y México corra riesgo de quedarse sin petróleo muy pronto.
Grande es el país, pero grande también el derribamiento de mitos en mi propio acervo mental. Los liberales fueron los impulsores de la Revolución, en el “porfiriato” se dedicaron enormes recursos a salvaguardar el acervo cultural que hoy exhibe México con orgullo ante el mundo y Salinas de Gortari fue el punto de quiebre que disparó el país hacia el crecimiento. No fue todo negro ni todo blanco. Pero nada de esto lo ve a simple vista el mexicano promedio, excepto cuando se le pregunta de a pocos. Como nos pasa en Perú, el progreso tiene mala prensa si no se le reviste del hipócrita manto de la presunta reivindicación popular. Pero lo cierto es que hoy México le está sacando mucha ventaja al resto de latinoamericanos, con excepción de Brasil y Chile. Aunque para los mexicanos sea difícil ver su propio progreso.
Y por cierto, ese mito de que Perú y México son parecidos por sus raíces culturales, debemos sacarlo de la cabeza. México es una potencia económica continental, mientras nosotros aun debemos estar alertas para que ningún improvisado nos destruya el proyecto que, aunque no a la velocidad deseada, estamos trabajando desde inicios de los noventa. Pensar que ya adquirimos la dinámica mexicana sería un trágico error histórico. Es más: México aun sigue en proceso y le haría bien cuidar el esplendor que está construyendo.
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