La inmigración silenciosa
Por Alejandro Armengol
El Nuevo Herald
En los últimos dos años han llegado a Estados Unidos unos 77,000 cubanos. El número de arribos a partir del 2000 es de 191,000. Supera a dos éxodos famosos: el de los balseros de 1994 (40,000) y el del Mariel de 1980 (125,000). Pero a diferencia de ocasiones anteriores, se trata de una inmigración silenciosa, que no participa en la política y cuyas opiniones no cuentan en Washington.
A grandes rasgos, la comunidad cubana que vive en territorio norteamericano, principalmente en Miami, está compuesta de dos bloques. Las cifras de ambos se equiparan cada vez más. Unos 458,000 pertenecen al grupo conocido como ”el exilio histórico”, cuya llegada es anterior a 1980. Más de 426,000 se habrán asentado en esta nación cuando concluya el período comprendido entre 1990 y el 2009 como fechas de entrada.
Si sumamos los llegados por el Mariel a estos resultados, el total refleja una elemental inclinación estadística: el exilio se renueva. Pero el cambio es demográfico, no político. Hay una paradoja detrás de los números. Las actitudes, conductas y opiniones que imperan en esta ciudad son las del llamado ”exilio histórico”. Dos explicaciones opuestas luchan en Miami para demostrar este hecho. Unos argumentan que la paradoja no es tal, que quienes llegaron después de 1990 comparten los puntos de vista de los exiliados anteriores. Otros afirman que las diferencias son notables, pero que quienes vinieron posteriormente carecen del poder necesario, para que sus argumentos sean tomados en consideración.
La segunda afirmación parece estar más cerca de la realidad que la primera. Las cifras mencionadas al principio corresponden a un análisis de la Universidad de Miami, Llegando a América: la nueva crisis migratoria cubana. Los datos marcan una pauta que se corrobora en otros estudios realizados por la Universidad Internacional de la Florida. Junto a ellos, un buen número de encuestas, hechas por esta última institución, señalan un cambio en las opiniones y actitudes de los exiliados. Por ejemplo, cada vez son más los que apoyan un acercamiento con Cuba.
Esta transformación en el pensamiento político de Miami, que figura en las encuestas, no se ha reflejado hasta el momento en las boletas. La política hacia Cuba de la actual administración apunta precisamente en la dirección contraria. Es más, los aspirantes a la candidatura presidencial republicana no parecen preocupados al respecto, y hasta el momento apuestan por la continuación de tales medidas.
Quienes creen en un cambio en el exilio afirman que se trata de una apariencia de continuidad, que en las próximas elecciones se producirá el esperado viraje. Sin embargo, es mejor la cautela. ¿Hasta dónde la capacidad de asimilación, demostrada por esta ciudad, es también una trampa que lleva al mimetismo?
Si se compara con los logros políticos alcanzados por los primeros exiliados, las generaciones llegadas después de 1990 demuestran un gran retraso. A finales de la década de 1960 los cubanos participaban activamente en la política de la ciudad y el condado. Para 1976 entraron de lleno en la contienda de la legislatura estatal, con aspirantes por ambos partidos. Da la impresión que los nuevos inmigrantes tienen menos interés y capacidad en este terreno.
Lo que ocurre es que en la actualidad las generaciones de relevo se producen dentro del marco establecido por los primeros refugiados, no gracias a la incorporación de recién llegados.
Es decir, una primera, segunda y quizá hasta tercera generación de cubanoamericanos –todas compuestas por nacidos en este país– se ocupan de estas tareas.
Mientras que al principio las candidaturas tuvieron que transformarse, debido a los cambios producidos por la llegada de gran número de inmigrantes, ahora son los nuevos votantes quienes tienen que adaptarse a los candidatos.
El proceso es similar a otras adaptaciones, sufridas por los llegados en las tres últimas décadas.
A diferencia de quienes salieron primero de la isla, el refugiado que se establece en esta ciudad a partir de 1980 encuentra una red de negocios cubanos, y de empresas norteamericanas administradas por hispanos en general, que les facilita su inserción laboral –con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación– y hace posible que en cierto sentido sea menos ”traumática” su nueva vida. Tiene ciertas ventajas indudables, en cuanto a idioma, costumbre y cultura, pero al mismo tiempo obliga a adaptarse a una comunidad antes que a un país.
Esta asimilación establece dos procesos distintos. En ambos abundan las posibilidades de adoptar conductas miméticas, como una forma fácil de acelerar la transición. En ocasiones, el nuevo país se reduce a una ciudad. El convertir a ésta en una nueva patria tiene sus limitaciones. Es sumarse a una sociedad creada con anterioridad, en la que se participa, pero donde se comparte muy poco poder político. Después de todo, la integración tiene un precio.
Aestas circunstancias se unen la ”saturación política” que cargan desde la isla los llegados en las últimas décadas. Un cansancio de discursos, retórica y consignas, que lleva a un rechazo generalizado hacia cualquier declaración de un político. Según cifras del pasado año, menos de la cuarta parte de quienes llegaron a Estados Unidos después de 1985 tenían la ciudadanía norteamericana. Es muy posible que en la actualidad los números resulten más esperanzadores, pero no hay mucho margen para apostar en favor de que la inmigración silenciosa comience a ser oída el próximo año.
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