Pobreza global, ¿una trampa?
Por Robert Samuelson
Siglo XXI
Uno de los grandes debates de nuestra época se centra en las causas del crecimiento económico. ¿Por qué es Norteamérica más rica que Sudamérica? ¿Por qué es África pobre y Europa rica? ¿Es posible eliminar la pobreza global?
Por un lado están los economistas que sostienen que las sociedades pueden nutrir el crecimiento económico adoptando políticas sanas. No es así, dicen otros académicos como Lawrence Harrison, de Tufts University: la cultura predispone a algunas sociedades a un crecimiento rápido y a otras, a la pobreza o a un crecimiento escaso.
Entra en escena Gregory Clark, un economista del bando de la cultura. Sugiere que gran parte de la pobreza en el mundo es semipermanente. La tecnología y la administración modernas son ampliamente accesibles, pero muchas sociedades no pueden aprovecharlas porque sus valores y su organización social son antagonistas.
Para Clark, el hecho más importante de la Historia fue la Revolución Industrial. Más importante que la emergencia del monoteísmo que produjo el judaísmo, el cristianismo y el islam; o la invención de la imprenta en 1452, que propagó el conocimiento.
Antes de 1800, dice Clark, la mayoría de las sociedades estaban estancadas. Con algunas excepciones, la gente no vivía mejor que sus antepasados de la Edad de Piedra. Inglaterra quebró el modelo, a medida que la producción textil, la metalúrgica y la alimenticia aumentaron diametralmente. Desde 1800, el ingreso per cápita en Inglaterra se ha multiplicado por 10. Gran parte de Europa y Estados Unidos la siguieron.
¿Pero por qué la Revolución Industrial se inició en Inglaterra?
La respuesta de Clark está en la supremacía de la cultura para explicar el crecimiento económico. Las teorías tradicionales destacaron la importancia de la Revolución Científica y el clima favorable de Inglaterra: estabilidad política, impuestos bajos y mercados abiertos. Clark responde que tanto China como Japón, alrededor de 1800 eran técnicamente tan avanzados como Europa, contaban con sociedades estables, mercados abiertos e impuestos bajos, pero sus revoluciones industriales se produjeron más tarde.
Lo que distinguió a Inglaterra, dice, fue la emergencia generalizada de los valores de la clase media de “paciencia, trabajo arduo, ingenio, innovación, educación”, que favorecieron el crecimiento económico.
La teoría de Clark es controvertida y, como mínimo, debe ser matizada. Los académicos no aceptan universalmente su explicación de la Revolución Industrial. Toda pobreza no es predestinación. Aun así, el punto más amplio de Clark es irrefutable: la cultura cuenta.
El capitalismo en sus muchas variantes ha demostrado ser, señala, un prodigioso generador de riqueza. Pero no surgirá mágicamente de unos pocos grandes proyectos industriales, o de políticas impuestas por expertos de afuera. Es la cultura la que nutre políticas y conductas productivas.
En general, las naciones se han elevado o se han quedado. Las sociedades dominadas por valores tribales, religiosos, ideológicos o políticos no obtendrán ese crecimiento. Hay muchas combinaciones plausibles de gobierno y poder de mercado, pero sin los catalizadores culturales apropiados, todas llevan las de perder.
(c) 2007, Washington Post Writers Group
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