Guatemala: La importancia del Congreso y el número de representantes
Por Eduardo Mayora Álvarado
Siglo XXI
De cierto tiempo a esta parte se ha transmitido por las páginas de la prensa —o por lo menos esa impresión me da— la idea de que sería deseable que el Congreso de la República se integrase por menos diputados de los que actualmente lo componen. Se ha planteado, por ejemplo, que bien podría conformarse por un número fijo de diputados, independientemente de si la población aumenta o disminuye, y se ha llegado a afirmar, incluso, que con cuarenta representantes sería más que suficiente.
Creo que en parte esto se debe a la idea, más o menos generalizada, de que no existe una relación aceptable o razonable entre el costo que para los contribuyentes supone un Congreso, digamos, numeroso, y los beneficios que tanto para la sociedad como también para el Estado, se perciben.
También se ha expuesto en algunas ocasiones que existe una relación inversa entre el número de diputados al Congreso, por un lado, y la posibilidad de lograr acuerdos o consensos para aprobar leyes u otros actos parlamentarios, por el otro.
Por último, con más habitualidad de lo conveniente, el Parlamento transmite la imagen de ser como de una especie de “mercado de favores políticos”, en el que las cuestiones de fondo quedan supeditadas a los intereses partidarios de corto plazo o de coyuntura.
Algunos de esos problemas, sin embargo, deben considerarse a la par de ciertos principios fundamentales de cualquier sistema representativo de gobierno, al igual que resulta indispensable determinar si, verdaderamente, la solución radica en la mera disminución del número de representantes parlamentarios, o en otras medidas.
Para comenzar, todo sistema representativo persigue conseguir, dentro de límites bastante modestos, que las principales preferencias o inclinaciones políticas e ideológicas de la ciudadanía encuentren, por la vía de las instituciones democráticas del Estado, la posibilidad de incidir, en alguna medida, en el proceso de toma de decisiones públicas. Si, por ejemplo, una disminución radical del número de diputados dejara a varios departamentos la posibilidad de elegir a un solo representante, ¿de qué manera podrían reflejarse en el debate parlamentario las preferencias de los ciudadanos que no votaron por el único diputado electo?
Por otro lado, en vista de que nuestras reglas vigentes propician más bien un sistema de disciplina partidaria (la bancada suele votar en bloque), ¿cuánto importa, realmente, el número de diputados? ¿No deviene más significativo, en ese escenario, promover más transparencia en cuanto a los debates intrapartidarios?
En cuanto a la productividad del Congreso, es absurdo medirla por el número de leyes que se aprueban o por el número de dictámenes que se emiten. Mejor sería fijarse en la calidad de los debates y en la sustancia de los dictámenes y, realmente, ni una ni otra cosa depende directamente de la cantidad de diputados electos. Para eso hay líderes y portavoces.
La importancia del Congreso radica más bien en su capacidad de responsabilizar política y legalmente a los funcionarios de las diversas administraciones públicas, que en cualquier otra cosa. Para lograr este cometido la solución reside, más bien, en la calidad de sus integrantes y en la transparencia de sus procedimientos. No en su número.
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