Fatalismo económico
Por Guillermo Arosemena Arosemena
El Expreso de Guayaquil
El mundo ha tenido economistas fatalistas, aquellos que creen que las cosas no pueden cambiar, que no es posible modificar las circunstancias, que el pobre siempre lo será. Esta escuela de pensamiento podía entenderse hasta fines del siglo XIII, en tiempos de Malthus, cuando las economías no crecían y tomaba siglos duplicar la renta. Pero no cabía mantenerla en siglos posteriores, como la sostuvo Marx en el siglo XIX y quienes propusieron la teoría de la dependencia en el XX.
Malthus consideraba que el ser humano era incapaz de modificar el status quo, no podía mejorar su condición de vida y estaba destinado a fracasar. Se obsesionó con el incremento poblacional y en su opinión, el mayor número de personas incrementaba la pobreza.
No se dio cuenta de que la expansión de la gente significaba un incremento de poder cerebral, fuente de innovación, incremento de la productividad y creación de riqueza. Para él, las personas no tenían la capacidad intelectual de aprender de los fracasos, ni estaban influenciadas por los incentivos económicos.
En resumen, Malthus afirmaba que no existía el lado luminoso del mundo, habíamos nacido para vivir en la pobreza y la fatalidad nos acompañaba a través de nuestra vida miserable.
Los escritos de Marx siguieron la misma línea de pensamiento. Para él, el capitalismo creaba una inmensa cantidad de trabajadores, llamados proletarios, cuyo número iba en aumento a medida que las fábricas aumentaban en número o expandían la producción. Sostenía que ese sistema económico se limitaba a explotar la mano de obra, debido a que los propietarios hacían trabajar más horas de las necesarias para recuperar los costos y gastos. Para Marx, el número de horas trabajadas era la tasa de explotación.
En el proceso de transformación de los insumos, al convertirse en producto final, se creaba la utilidad que era mal vista por Marx. Seguramente él se inspiró en los escritos de los teólogos-juristas que durante siglos consideraron que la utilidad era pecado mortal, había que trabajar solamente para recuperar los gastos y costos, el dinero no podía tener costo (interés).
De acuerdo con Marx, la acumulación de capital, proveniente de la rentabilidad del negocio, era la base de la expansión capitalista. Este influyente economista, ignoró que los trabajadores podían convertirse en capitalistas y seguramente mantuvo su tesis por la inexistencia de la clase media durante los años en que vivió, era un mundo donde había 85% de pobres. En 150 años, la clase media y gran parte de la rica surgió de la clase trabajadora. Los hombres más ricos de Estados Unidos al finalizar el siglo XIX fueron de orígenes muy humildes: Rockefeller, Ford, Carnegie, Harriman, Gould, etc. En el siglo XX, la situación no varió en ese país ni en ningún otro. De las 100 empresas más grandes del Ecuador, la mayoría no existía hace 50 años y sus dueños eran personas sin mayores recursos.
La teoría de la dependencia, cuyo ideólogo fue Raúl Prebish, también fue fatalista, asumió que los latinoamericanos tenían un complejo de inferioridad y eran incapaces de controlar el destino de sus naciones. En opinión del historiador David Landes, “al promover la mórbida propensión de echar la culpa a otros de los errores de uno mismo, ellos promueven la impotencia económica”.
Los asiáticos probaron que era un mito lo sostenido por Prebish, y la escuela desarrollista, que sí es posible salir de la pobreza y lograr la prosperidad.
A pesar de la espectacular prosperidad que el mundo ha vivido y sigue disfrutando, expresada en la dramática disminución porcentual de la pobreza, notable incremento de la esperanza de vida, aumento de los años de escolaridad, disminución de la hambruna, mayor número de personas que viven en casas de cemento y poseen medios de transportes motorizados, etc., todavía hay voces que sostienen sistemas económicos equivocados y el lenguaje usado es de fatalismo económico. Ellos siguen mirando para atrás, en lugar de adelante.
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