Guerra al gerundio
Por Alvaro Casal
El País, Montevidei
Todos, en mayor o menor grado, hemos vivido la experiencia de pretender lograr algo, tanto por vía telefónica como personalmente y recibir como respuesta algo así: “vamos a estar verificando su tema y a la brevedad lo estaremos llamando”.
Una frase munida de un par de gerundios que es frustrante, porque en realidad sabemos que nadie está verificando nada y que nadie llamará a la brevedad como consecuencia de esa verificación inexistente.
Peor aun es si sabemos que al otro extremo de la línea hay una persona entrenada para hablar de esa manera gelatinosa y hasta preparada para enfrentar ocasionales accesos de furia. Recientemente fue difundida una entrevista a un telefonista indio de un “call center” asiático que recibía comunicaciones del mundo entero, quien explicó que para lidiar mejor con los clientes, se le había indicado que debía advertir cuáles eran las señales del enojo inminente. Por ejemplo, que los ingleses se van poniendo sarcásticos, mientras que los norteamericanos gritan.
Es un problema de nuestro tiempo, agudizado por la posibilidad de que quien dice interesarse por nuestro tema a veces ni siquiera está cerca de él, pues atiende desde un “call center” extraterritorial.
Aparentemente, esta realidad también golpeó la sensibilidad del gobernador de Brasilia, José Roberto Arruda, quien acaba de decretar que ningún empleado público de su área podrá usar el gerundio “como disculpa para la falta de eficiencia”. O sea que no podrán decir que están verificando, estudiando, analizando lo que sea, y que a la brevedad estarán llamando. No. Eso no. Sin embargo, acontece que el señor Arruda no ataca el mal sino los síntomas.
La falta de eficiencia puede subsistir tranquilamente. El bostezo burocrático no tiene por qué cesar. Lo que se anula es la posibilidad de disimular todo eso con lo que quizás podrían denominarse mentiras piadosas. Los funcionarios del distrito federal tendrán que responder que no saben de qué les están hablando, que nunca se ocuparon del asunto, que recién en el momento de escuchar al interesado se enteran de que su tema existe.
Lo que queda anulado es lo que se ha dado en llamar “gerundismo”. Y según Domicio Proenca de la Academia Brasileña de Letras, “lo negativo es el gerundismo y no el gerundio”.
De cualquier manera, con el decreto mencionado se va esbozando la noción de que son muchas las personas que están hartas de escuchar mentirillas que navegan por el éter, embarcadas en convenientes gerundios.
Es una advertencia a quienes las emiten, a veces sintiendo que estar detrás de un mostrador o al extremo de una comunicación telefónica, les ha acorazado al extremo de sentirse invulnerables.
El mundo moderno nos trae muchas ventajas. No cabe duda de ello.
Pero también nacen en su seno estas situaciones que, entre otras cosas, nos llevan a preguntarnos si quienes ejercen el “gerundismo” lo hacen desaprensivamente (es decir sin pensar mayormente en los demás), si son meros instrumentos de quienes les dan instrucciones o si merecerían ser calificados más duramente.
Algo que puede servir para distraer al frustrado reclamante, quien en lugar de dar rienda suelta a su enojo, podrá quedarse meditando acerca de las diferentes facetas negativas de la personalidad humana. Pero eso, al decir de Rudyard Kipling, “es otra historia”.
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