El Puente de Brooklyn
Por Marcos S. Alvarez
Diario de América
El racionalismo no es, como pudiera pensarse, el uso prístino y refinado de la razón humana, sino su paroxismo e inutilización. Aplicado a la política, tiene, además, consecuencias imprevistas de lo más desagradable, pero su usufructuario por antonomasia, el izquierdismo militante, no parece por ello dispuesto a abandonar tan acendrada querencia, tal vez porque son muchas las ventajas que ha obtenido siempre de esa inclinación suya a planificar las cosas humanas sin consultar con la realidad de las mismas. Otra cosa es que esas ventajas se conviertan en una calamidad para la inmensa mayoría de la gente y ellos no lo quieran ver así. O no les preocupe en absoluto.
Que no quieran verlo así no es extraño, pues forma parte constitutiva de la mentalidad política izquierdista tener sólo ojos para los fines que persiguen y una interesada ceguera para el daño o el sufrimiento ajeno que puedan dejar por el camino. Esa actitud es en alguna medida comprensible. Ya Descartes, extasiado por el hallazgo de una verdad incontrovertible, ego sum, en medio de la duda y la incertidumbre general de los sistemas filosóficos de su tiempo, perdió de vista que esa verdad, por firme que fuera, era una pobre verdad, un solipsismo sin consecuencias, pues la razón, encerrada en sí misma, sólo puede dar cuenta de sus propios movimientos. Por eso el salto al mundo exterior, sin aceptar la experiencia de los sentidos, le está vedado a la mera razón, y la existencia de éste tiene que justificarse… recurriendo a la fe en Dios.
Pero si Descartes, al final, prefirió hacer un uso metódico y no doctrinal de la razón, y sus seguidores la tienen sólo como un ideal regulativo que no aspira ya a entenderlo todo, sino como mucho a conservar el derecho de veto sobre las ideas, las especulaciones y los desvaríos humanos, otros siguen aferrados a sus infundadas prerrogativas. De manera que el racionalismo se convierte, paradójicamente, en un irracionalismo sin freno, sin más fundamento que la voluntad de poder cuando se trata de hechos políticos, y sin el recurso esta vez a la autoridad divina, ahora suplantada por el bien común, la igualdad, el socialismo o la sanidad universal de la señora Clinton, nueva escatología terrena a la que todo debe supeditarse sin discusión. ¿Acaso no están clarísimas las ideas, y su concatenación también?
Fiarlo todo al arbitrio de la razón es lo propio del espíritu fundamentalista. Dadas unas premisas, que nadie se toma la molestia en cimentar, la máquina de las demostraciones se pone inmediatamente en marcha y una conclusión se impone. Y si lo del calentamiento global es obra de la acción humana, entonces Bush es el culpable y se le da a Gore el premio Nóbel de la paz (beligerante) y su millonaria remuneración. Porque parece claro que las premisas no se fundamentan… sino que se publicitan, y así no es raro comprobar cómo los cómodos autores de incómodas verdades se embolsan una incontable fortuna a costa de los temores apocalítpicos que nos infunden en los lugares más insospechados. Por ejemplo en un avión de línea con dirección Nueva York, donde los pasajeros fuimos graciosamente entretenidos por el señor Gore, al que sólo faltó una coda a base de catástrofes aéreas para acabar de aterrorizarnos. ¿En qué estaría pensando la compañía? A lo mejor era suya.
Al irracionalismo racionalista y al fundamentalismo conviene añadir también, como se ve, el cinismo y la cara dura, dos formas de decir lo mismo a propósito del progresismo y sus humanitarios negocios. Porque si algo mantienen los de la secta redentora a salvo de los desvaríos ideológicos es la billetera propia, lo cual casi nos lleva a preferir el viejo pero no infecundo dicho cristiano para juzgarlos: “por sus hechos los conoceréis”, fórmula clarividente que permite a cualquiera pasar por alto todas sus justificaciones para retratarlos como son, y no como se presentan. Por ejemplo, cuando lo fían todo a la acción del estado y casi nada a la acción privada.
Hayek habló del socialismo de todos los partidos, especie de sustrato político generalizado que todo el mundo acepta, sin cuestionarlo, como natural. Pensemos simplemente en el hecho fuerte de que casi todas la democracias alcanzan y aun sobrepasan una apropiación de la riqueza nacional por parte del estado del 50% de la misma, los Estados Unidos incluidos. Y sin embargo, que el moderno Leviatán maneje tan enorme poder económico, ante el cual las mayores corporaciones palidecen hasta la insignificancia, no parece ser motivo de preocupación para nadie.
Y si no fuera porque en occidente todavía pervive, mal que bien, la democracia, el estado de derecho y las libertades, ¿qué diferencia habría entre nuestros países y las dictaduras socialistas? ¿No dejaría la Unión soviética, en sus buenos tiempos, al menos un 30% de la riqueza nacional (que no era mucha) en los bolsillos de la gente, al menos para subvenir a los gastos domésticos y las compras en las (desabastecidas) tiendas? Aparte de que el 50% occidental, en términos absolutos y no porcentuales, era infinitamente más que el 70% oriental, lo cual quiere decir que las democracias liberales de entonces eran… más “socialistas” que sus homólogas democracias populares. Al menos en ese sentido, porque el modelo policial, pese a ciertos escarceos de Willi Brandt o Alfonso Guerra, no se atrevió la socialdemocracia europea a importarlo del este.
De la aceptación de este último hecho, es decir, de la naturalidad con que se vive la normalidad socialdemócrata en occidente es responsable la extendida concepción racionalista de la economía y de la política, que en vez de atenerse al dictado de la realidad prefiere hacerlo al de las ideas, por ejemplo cuando la señora Clinton promete esto y lo otro demagógicamente… y no explica cómo vamos a pagarlo. Y es que el progresismo considera a la sociedad como un laboratorio e ignora la famosa tozudez de los hechos, pero, en cualquier caso, siempre encuentra justificación cuando fracasan los experimentos: echarle la culpa a los conservadores. Como nos recordaba hace poco Richard W. Rahn, del Cato Institute, eso es lo que hizo Allan Greenspan al despedirse, cuando vertió ciertas críticas sobre la deuda del estado durante la Administración Bush, aunque no mencionó la causa de su olvido crítico cuando estaba en el cargo… y le interesaba mantenerlo en paz.
Es posible que el apego estatalista de la socialdemocracia europea o de la facción más radical del Partido demócrata americano no proceda tanto de la convicción de que el estado administra mejor y más justamente la riqueza de la nación, sino de la conciencia de que el poder político se sobrealimenta portentosamente con el poder económico, de dimensiones colosales, que hoy lleva aparejado. Por otra parte, no hay que desdeñar el hecho de que el clientelismo político se nutre casi enteramente de fondos públicos, repartidos discrecionalmente desde el poder. En el caso del socialismo español, históricamente el más siniestro de los partidos europeos de esa estirpe, y que necesitaría para él solito un nuevo Núremberg, se calcula que el 80% del funcionariado le debe el puesto al partido. Con una quinta columna así, resulta imposible la gobernación del estado, aun para un partido opositor que consiguiera el 100% de los sufragios…
El dramaturgo norteamericano Arthur Miller, en Panorama desde el puente (1955), contempló a los personajes de ese drama de inmigrantes sicilianos en Nueva York desde un imaginario puente de Brooklyn y pudo escudriñar sus vidas y avatares según la libérrima inspiración del arte literario. A los personajes de la ciudad real, personas de carne y hueso a las que afectan las decisiones políticas, y no precisamente de forma imaginaria, nadie puede contemplarlos, ni aun para su beneficio, desde la barandilla de un “privilegiado punto de vista sobre el mundo”, según la acertada expresión de Lorenzo Infantino (Ignorancia y libertad, 2004) y que tan bien retrata el racionalismo político progresista cuando traza el contorno de la polis copiándolo, no del terreno, sino directamente de su cabeza.
Mejor sería, como dice el mismo autor italiano, que nos percatáramos de nuestra ignorancia constitutiva de los hechos históricos y sociales y de su imprevisible deriva. Pero esto exige un respeto por la libertad y un apego a la realidad que difícilmente, por lo que sabemos, se encontrará en una mente progresista. Menos mal que, cuando fracasan en sus experimentos, aunque no aprendan nada, el recambio conservador siempre está presto para reparar el daño. Esperemos que esto nunca deje de ser posible.
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