El cuento de la buena pipa
Por Alberto Muller
Diario Las Americas
“Yo no digo ni que sí ni digo que no”, como bien narra el viejo cuento infantil de la Buena Pipa, pero Cuba sufre de un hondo dolor peculiar que se expresa simplemente por las carencias agudas en su vida cotidiana y porque el famoso “hombre nuevo” de la revolución se ha perdido decepcionado del entorno oficialista.
El pueblo cubano está indignado en lo más íntimo porque todo ese escenario de insuficiencias productivas, de corruptelas oficiales y de una irrespetuosa libreta de racionamiento, se pretende justificar cada año con ese cuento del embargo parcial por parte de los Estados Unidos, parecido a esa narrativa interminable de la Buena Pipa.
Ese viejo diferendo histórico en las relaciones comerciales entre el gobierno castrista y el gobierno de los Estados Unidos, que algunos llaman erróneamente BLOQUEO, es simplemente un diferendo entre dos gobiernos, que realmente no tiene nada que ver con que en la isla la siembra más prolífera y extensa, que sí afecta a los doce millones de cubanos directamente, sea la del marabú, que no produce alimentos para los humanos ni cemento para las viviendas.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero el marabú sí que es consecuencia de ese sistema estalinista centralizado e improductivo que el castrismo ha impuesto en el territorio cubano sin consultar con la ciudadanía.
La situación en este sentido es tan desesperante dentro de la población, que hasta el mismo Raúl Castro en su discurso del 26 de julio, tuvo que reconocer que la crisis de los salarios bajos, de los altos precios de los productos de primera necesidad, del caos en el transporte público, del desastre productivo de la agricultura centralizada, del deterioro de las viviendas y de la necesidad de implementar reformas estructurales en Cuba no se puede seguir justificando con ese estribillo maratónico de la Buena Pipa.
Pero claro, a la dirigencia castrista le resulta complicado reconocer lo desesperante para el pueblo cubano de todas estas carencias, mientras ellos se movilizan en modernos y lujosos autos traídos de Europa, tienen sus bien surtidas tiendas exclusivas para dirigentes y viven en las lujosas viviendas y cómodos apartamentos que dejó la clase empresarial cubana al abandonar el país huyendo del comunismo.
Sólo con estos hechos se pone en evidencia aquella denuncia famosa de uno de los más agudos teóricos del marxismo, Milovan Djilas, cuando sentenció en su libro “La Nueva Clase” que el comunismo no era ni justo ni igualitario y que estimulaba el surgimiento de una clase privilegiada explotadora dentro del aparato del poder.
Así ha pasado en la Cuba castrista.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero resulta paradójico y hasta risible que el castrismo haya pretendido crear un supuesto hombre nuevo al triunfo de la revolución en 1959, que al final como el cuento de la Buena Pipa, se ha esfumado como arte de birlibirloque.
Ese supuesto hombre nuevo de la revolución ha terminado aterrorizado en su propio ostracismo, buscando como abandonar el país en busca de oportunidades reales o protestando con mucho coraje dentro del territorio nacional.
En ese disgusto generalizado en la población cubana que ha ido creciendo con el paso de los años, no debemos pasar por alto a aquella generación profética de jóvenes que fueron parte de la revolución de 1959, pero que se opusieron al giro traicionero de que el proceso asumiera los postulados totalitarios de la represión y el terror.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero hay que repetirlo en voz alta y sin reservas, pues en esos jóvenes que se rebelaron contra la instauración del comunismo en la isla, se perfiló una generación profética, plena de coraje en la historia cubana, que previó la pesadilla totalitaria que se cernía sobre Cuba.
Hombres y mujeres como los escritores René Ariza, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas; como los músicos y cantantes Genovevo Jiménez, Celia Cruz y Olga Guillot; como los revolucionarios Porfirio Ramírez, La Niña del Escambray, Virgilio Campanería, Oswaldo Ramírez, Pedro Luis Boitel, Raquel La Villa, Eusebio Peñalver y Rogelio González Corzo, alias “Francisco”, por mencionar a algunos, pues la lista sería interminable, representan una reserva moral incuestionable para la futura reconstrucción democrática de Cuba.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero Cuba se sitúa hoy, una vez comprobado que la visión del “hombre nuevo” castrista ha sido un fracaso mayúsculo, en una encrucijada social desastrosa porque la juventud lo que verdaderamente quiere es abandonar la isla y porque la inconformidad se extiende por todo el país de la misma forma que crece el marabú en el 70 por ciento de las tierras en manos del Estado.
El cubano que ama la libertad y es defensor de la participación democrática en los destinos del país, ya ha tirado en el basurero de la historia toda la entelequia estalinista del marxismo.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero el diferendo decisivo en la Cuba actual es entre el gobierno castrista, agotado y melancólico, y el pueblo cubano, profundamente inconforme con la ineficiencia del estalinismo que lo supedita todo a un Estado opresor y desconfía de la pujanza soberana que representa la participación popular.
Mientras tanto, confiemos en la libertad y pidamos a Dios que nos de fuerzas para llegar al final de este cuento interminable, que parece estar entrando en su fase agonizante.
“Yo no digo que sí ni digo que no”, pero el estalinismo imperante en Cuba es un fracaso total.
Y así lo insinúa, al menos, el viejo cuento de La Buena Pipa.
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