¿Debate?
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Quien no está de un todo conmigo es mi enemigo y al enemigo con el palo. Es el retoñar de un viejo mal de nuestra vida publica“. Arturo Uslar Pietri
Desde la cúpula del poder se decretó no hace mucho la apertura de un debate presuntamente nacional en torno a la reforma de la Constitución vigente, para cuyos fines se han volcado todos los recursos y ventajas que ofrece el Estado.
Este hecho permite asumir aquello que Chaim Perelman, investigador de la retórica y la argumentación, afirmara en sus escritos: “Quien toma la iniciativa en un debate es comparable a un agresor, quien, por su discurso, se parecerá al guardián protector de los diques que sufren sin cesar el ataque del océano”.
Así, cabe hacer mención al torneo loatorio escenificado en lo interno del palacio federal y quien haya tenido hasta este momento la paciencia y la ecuanimidad de ver, escuchar y analizar los discursos de los oradores, concluirá que tales piezas de elocuencia se constituyen simplemente en clones retóricos del discurso único, y por ello no puede menos que remitirse al Tratado de la Argumentación del mencionado autor y leer en sus páginas lo que sigue: “En la medida en que los dirigentes se esfuerzan por aumentar su influencia sobre el pensamiento de los miembros de la sociedad, multiplicarán las reuniones de carácter educativo, y, en última instancia, algunos llegarán incluso a emplear la amenaza o coacción para hacer que los contrarios se sometan a los discursos a los que impregnarán de valores comunes”.
Cuando se habla de esas reuniones educativas, cabe tomar en cuenta las noticias que se vienen generando a lo largo y ancho de todo el país sobre las jornadas del pomposamente llamado parlamentarismo de calle en el que se criminaliza el discurso disidente, se ataca física y verbalmente al adversario y se veja a quien se atreva asumir una posición divergente. Ya vimos, por ejemplo lo que sucedió en Maracaibo, donde un dirigente opositor fue hostigado cobardemente cuando exponía sus puntos de vista sobre la reforma, y cómo en Valencia estuvieron a punto de linchar a un estudiante universitario que expresó con claridad sus ideas o en Ciudad Bolívar esta misma semana cómo fueron atacados universitarios por el mismo pecado o en Caracas, la manera cómo en un foro convocado por la Alcaldía de Sucre y moderado por la Defensoría del Pueblo fueron insultados y expulsados a empujones dos dirigentes nacionales de un partido opositor. Estas son simples muestras de la escalada de violencia e intolerancia que flagela el presente venezolano y es una interesante demostración de cómo se educa a c… limpio, según el criterio de un poderoso superministro.
Hace cincuenta años, el intelectual Arturo Uslar Pietri, a la sazón exiliado político como producto del trienio 1945-1948, que se caracterizó por un marcado sectarismo, destacó en un ensayo: “Mal inveterado de nuestra política y de tremendas consecuencias ha sido ese de no ver en los que nos rodean sino amigos y enemigos; amigos a quienes favorecer y enemigos a quienes perseguir; amigos que son los buenos y enemigos que son los malos.
Pareciera que la primera preocupación ha sido la de buscarse un adversario, buscar cabezas en las que descargar nuestra pasión y cavar anchos fosos de incomunicación para separarnos de todo contacto con los que no están adheridos sin reservas a nuestro credo. Ese espíritu de secta, ese tono de facción, le ha dado a nuestra vida política un carácter negativo y ha sido uno de los más activos agentes de la inestabilidad de nuestras instituciones”.
Luego de leer esas palabras escritas en un pasado que se suponía lejano, las interrogantes se agolpan y hay que creer entonces que aun cuando cronológicamente estamos en pleno 2007, en el siglo XXI, en el tercer milenio, para Venezuela el tiempo se encuentra en una fase regresiva por cuanto creíamos que cuarenta años de madurez democrática habían servido para superar la política del garrote sobre el lomo del enemigo, pero ahora los hechos nos demuestran lo contrario. La realidad es que no estamos en un proceso revolucionario sino históricamente involucionario.
Volviendo nuevamente a los planteamientos de Perelman, vienen al caso las siguientes precisiones que encajan perfectamente en el rompecabezas en que ha sido convertido nuestro país: “Al considerar los líderes o dirigentes que cualquier ataque a los valores o ideología oficialmente reconocidos es un acto revolucionario (conspirativo), esos mismos dirigentes, por medio del establecimiento de una censura, de un índice (listas), por el control de los medios de comunicar las ideas, se esforzarán por hacerle difícil, si no imposible, a los adversarios, la realización de las condiciones previas para la argumentación”.
Esto se puede bien traducir en preguntas concretas: ¿cuántas horas al día están consagradas a cadenas interminables en las que se insiste en la “conveniencia” de apoyar la “reforma”? ¿hay equidad en otorgarle a quienes no están de acuerdo con la “reforma”, el mismo tiempo para que expongan y sustenten sus puntos de vista divergentes? ¿tienen los opositores a la propuesta las mismas garantías a su seguridad e integridad personales que la que se le brinda a los adherentes de la misma? ¿por qué se estimula la violencia por parte de grupos o brigadas de choque y no hay respuestas a las agresiones de tales contra otros ciudadanos?¿qué clase de debate es aquel en el que habla, propone y decide una sola voz?
Es bueno pensar en que el concepto debate implica el libre intercambio de ideas, puntos de vista y opiniones entre quienes participan en tal proceso, lo cual conlleva a una auténtica confrontación de argumentos y contraargumentos que se configura en apoyar o rebatir los mismos básicamente con razones y no meramente con pasiones visceralizadas; obviamente, todo debate en el orden político implica a su vez y necesariamente, si es un debate de naturaleza claramente democrática, el respeto del otro y a su vez crear y desarrollar marcos y espacios de tolerancia, buscando en la perspectiva del bien común, niveles de consenso, lo cual ayudará a evitar la tentación y caer en ella, por supuesto, de imponer por la fuerza y la violencia física, ideológica e institucional, las ideas de quien asume la propuesta.
Por ello, y debe repetirse, un debate sobre un tema tan delicado como es el de una reforma o cambio a la Carta Magna, no puede tomarse como una competencia de quién y qué agrada más al líder, sino tener conciencia que esos cambios deben surgir del seno de la sociedad, no de una microfacción de aquiescentes y debe optimar las condiciones de justicia y libertad para toda la sociedad y no beneficiar solamente a una parcialidad de ella ignorando a la otra parte. Una constitución de esencia y naturaleza auténticamente democrática debe apuntar hacia el pluralismo, a la inclusión y no a la nefasta exclusión de los contrarios. Una constitución que ha de regir una sociedad democrática nunca debe convertirse en plataforma para justificar el apartheid ni el ghetto, y menos, señores, en esta etapa de la humanidad. Una constitución, surgida y soportada en un amplio y auténtico debate nacional debería llevarnos a construir y fortalecer lo que Uslar Pietri llamó una república vivible que se caracterice por “comenzar a sumar las coincidencias y no por acentuar las divergencias. En lugar de dividir la casa, unirla y engrandecerla”.
Si el debate que tanto se publicita es asumido por su promotor y fieles seguidores como una “batalla perpetua de una facción fanática”, mejor es hablar de monólogo y ello, la historia lo confirma, ha conducido a grandes y dolorosos fracasos porque como bien lo dijo a su tiempo el escritor: “La gente está harta de odio artificial y pugna estéril”. Ayer lo estuvo y hoy lo sigue estando…
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