El siglo XXI y un comienzo con ínfulas de historia
Por José Claudio Escribano
La Nación
MADRID.- Fernando Savater, filósofo, dramaturgo y periodista, inauguró el IV Foro Atlántico de la Fundación Internacional para la Libertad, que preside Mario Vargas Llosa.
El último libro del intelectual relevante más amenazado por el terrorismo de ETA se llama La vida eterna , que se ocupa de las creencias religiosas en el siglo XXI.
Este foro ha estado abierto a un diálogo entre europeos y americanos sobre cuestiones no menos permanentes para Occidente, y sobre todo para el eje del Atlántico, como lo son la democracia y la libertad.
Savater es algo más que un hombre comprometido desde el campo de la cultura con tales cuestiones. Su vínculo intelectual y visceral con la democracia y la cultura pasa por las causas más peligrosas, como enfrentar, a pecho descubierto, al terrorismo.
Ahora mismo está detrás de la idea de fundar un nuevo partido político, lo que disgusta a los prosélitos de este socialismo en el gobierno de España, que ha resbalado con poca elegancia y excesivo peligro a raíz del fracaso de las negociaciones con ETA.
Ni derechas ni izquierdas. Todo eso son boberías para descalificar al adversario, dijo Savater. Tampoco acepta que la Divina Providencia sea el sustituto de ningún progresismo, porque para progresar no hay piloto automático que garantice un buen funcionamiento de gobierno.
Todo progreso auténtico cuesta esfuerzo y esto deben saberlo los epígonos de populismos de turno. Tampoco todo lo moderno es progreso; hay retrocesos, dijo. Por eso importa tanto saber lo que conseguimos como lo que perdemos. Progreso, definió Savater, es avanzar hacia la libertad y puede lograrse con ideas tomadas de la izquierda como de la derecha.
Hay ideas de izquierda reaccionarias. “¿Quién no quiere buenos servicios públicos?”, se preguntó. Y, si no los hay, debe averiguarse por qué y resolverse en consecuencia. ¿Alguien duda, en efecto, de que en nombre de banderas de la izquierda se dificulta la excelencia de los servicios públicos, como cuando las tarifas son absurdas? ¿O que también desde la llamada derecha se entorpece esa excelencia y hasta se la hace imposible, como cuando se aprovecha de la amistad con los gobernantes, y muchas veces por vías de corrupción, para imponer condiciones de monopolio o de ausencia inadmisible del papel arbitral del Estado entre usuarios y prestatarios de servicios públicos?
Francisco Gil Díaz, que fue secretario de Hacienda durante el período presidencial de Vicente Fox, en México, reclamó que no echen culpas al liberalismo económico y al liberalismo político por reformas que nunca se han llevado a cabo por oposición a que prospere la doctrina de la libertad.
Los casos de Irlanda, Taiwan, Chile, entre otros, dijo, demuestran que la prosperidad depende de que se creen las condiciones para que los particulares puedan dar de sí lo mejor.
En un foro liberal como éste de Madrid, fue natural la condena hecha en varias exposiciones al terrorismo fundamentalista, pero más bien propio de la evidente coyuntura histórica resultó que no hubiera palabra alguna de respaldo a Washington y menos todavía al neoconservadurismo en retirada, por lo que parece, de los primeros planos de la política norteamericana. Estamos hablando de un encuentro entre liberales.
“Hay que ser loco para ser conservador en América latina. No estamos en Suiza. ¿Cómo serlo, con esta pobreza?” No fue la expresión de un demagogo, sino parte de la intervención de uno de los políticos con oratoria menos concesiva y también de más brillo en América latina: la del ex presidente de Bolivia Jorge Quiroga, cuya candidatura, opuesta a la de Evo Morales, en algún momento inicial de la campaña pasada se creyó llamada a una mejor suerte de la que tuvo al fin.
Crecimiento y equidad
En el filo último de lo que autoriza el humor, Quiroga imputó a Papá Noel de haber sido el primer populista y a Tarzán, de haber difundido, por su comportamiento con Jane -y de Jane con él, claro-, una cultura paternalista-dirigista que está en la base de tantos modelos de gobierno.
Estimó que a largo plazo sólo son viables los crecimientos económicos con equidad y convocó a no llamarse a engaño: Chávez, contrariamente a lo que afirman sus rivales, no es un político extravagante próximo al paroxismo, sino que está perfectamente cuerdo, usa muy bien los instrumentos de comunicación y debe observárselo como un pragmático especializado en consignas.
Quiroga, sin duda antagónico con las ideas y metodología política de Chávez, hizo notar que la izquierda latinoamericana ha pasado del foquismo rural de hace veinte, treinta o cuarenta años a la convulsión urbana para alcanzar sus objetivos finales. Otra variante con relación al pasado, dijo, es que la financiación de la izquierda era facilitada antes por la KGB y hoy por organizaciones no gubernamentales que canalizan desde Europa recursos a los enemigos de la democracia liberal.
Manuel Rosales, el candidato de la oposición derrotado por Chávez en las últimas elecciones, denunció que, en los últimos años, la pobreza extrema había pasado del 18% al 28% en Venezuela. Puso énfasis en reconocer que “el modelo narcisista de Chávez” se ha construido a partir de una situación de derrumbe del sistema de partidos políticos venezolano.
Nicolas Baverez, un abogado francés con experiencia administrativa en la presidencia de Francia y especializado en procesos de arbitrajes, consideró que la historia estaba de vuelta en movimiento, con procesos simultáneos de integración y desintegración.
Con crecimientos económicos en Asia de más del 8%, en China de más de 10%, en América latina de 4,5% y otro tanto o más en Africa, dijo, estamos llegando al final del monopolio occidental sobre la democracia.
Baverez sostuvo que no es posible decir que hay una superpotencia cuando los Estados Unidos dependen en alta medida, como se sabe, de China. Estaba implícito en sus palabras que se refería, por lo menos en un sentido, al déficit fiscal de los Estados Unidos y a las tenencias de Pekín de bonos norteamericanos, lo cual establece, en todo caso, debilidades de doble mano.
Exhortó a un acuerdo general sobre valores y a verificar las bases de un balance de poderes mundiales “porque nunca ha habido tantos argumentos para luchar en común frente a nuevos riesgos, como los que hay en el medio ambiente”.
En suma, que el siglo XXI se ha abierto con ínfulas de tiempo histórico.
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