Zapatero y los pensionistas
Por Carlos Rodríguez Braun
ABC
Al contrario de lo que parece, la palabra “social” no quiere decir sociedad sino política. Lo comprobamos nuevamente esta semana, cuando se habló de política social porque un exultante Rodríguez Zapatero anunció: “vamos a alcanzar una subida del 26 % para las pensiones mínimas con más dificultades y con cónyuges a cargo, la mayor subida conocida en la democracia… El Estado va a aportar 1.500 millones a las pensiones mínimas, lo mismo que el PP en ocho años”.
Pero las pensiones no son en realidad pensiones, y la Seguridad Social no es un seguro. No se trata de fondos que ahorra y acumula libremente la sociedad, sino de repartos forzados que realizan los políticos. Reveladoramente, a esta servidumbre de los pensionistas en manos de las autoridades se la denomina conquista (vamos, ¿no lo adivina?) “social”.
Por lo tanto, si Zapatero aumenta las pensiones, ello no debe ser saludado como gesto de generosidad, sino analizado cuidadosamente, porque lo que el presidente está ocultando con tanta “política social” es que pretende emplear la coacción sobre la sociedad para conseguir el dinero con el cual pagar más a los pensionistas, o sea, “política política”. Si nos preguntamos por qué hace eso, la respuesta nunca podrá ser: porque cuida el bien común. No hay forma de probar que castigar a cotizantes o contribuyentes para transferir a la fuerza más dinero a los pensionistas maximiza el bienestar general. Pero entonces hay que explicar lo qué está pasando aquí.
Zapatero, igual que Aznar, se ufana de que el sistema de pensiones “tiene futuro”. Otra vez, oculta datos cruciales. Si es un sistema de reparto, en el que en cada momento el Estado recauda y redistribuye, ¿qué sentido tiene hablar de “futuro”?
Los cálculos que realizan los políticos no son financieros ni actuariales. Cuando aumentan las pensiones están pensando que el rédito político que ello les ocasiona superará al coste político de elevar cotizaciones o impuestos. Cuando cambia la demografía y hay más pensionistas y menos cotizantes, el “futuro” que les inquieta no es el del sistema ni el de los pensionistas, sino el suyo, porque el resultado de esos cálculos puede variar.
Todo lo “social”, por tanto, es político. Queda la resignación, como Yolanda Gómez escribía ayer: que nos cobren, pero al menos que lo gasten bien. Y queda la evocación de la esencia del socialismo que prefiguró Kant y que cabe resumir en tres obligaciones: creer, obedecer y pagar.
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