¿Qué está causando realmente la inflación?
Cada vez que se publican las cifras de inflación, los políticos y los comentaristas de los medios se apresuran a culpar del aumento de los precios a la “codicia capitalista” y al libre mercado, que supuestamente lo propician.
Sin embargo, están señalando a los culpables equivocados. Los verdaderos responsables, en la mayoría de los casos, son los bancos centrales.
Cuando la Reserva Federal, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y otros bancos centrales dejan que sus imprentas funcionen a toda máquina —es decir, aumentan la cantidad de moneda en circulación muy por encima de la tasa de crecimiento de sus economías—, el valor de cada unidad monetaria disminuye y los precios parecen subir.
Es un principio económico básico.
Si observamos lo que ha ocurrido con el Banco Central Europeo, no es difícil entender por qué la inflación es persistente en el Viejo Continente. Durante los últimos 20 años, el balance consolidado del Eurosistema —el Banco Central Europeo y los bancos centrales nacionales— se ha multiplicado por cinco: ha pasado de 1,2 billones de euros en 2006 a aproximadamente 6,3 billones de euros en la actualidad.
Dicho de forma más sencilla, esto significa que la cantidad de dinero añadida al sistema ha aumentado, en promedio, más del 8 % anual, superando ampliamente la tasa de crecimiento económico de la zona del euro, ajustada por inflación, de aproximadamente el 1,2 % anual.
El balance del Banco de Inglaterra se ha multiplicado por diez: ha pasado de 80.000 millones de libras a aproximadamente 809.000 millones de libras. Esto implica —de nuevo, simplificando— que ha estado incrementando la cantidad de dinero artificial a una tasa promedio del 12,2 % anual.
¿Cuál ha sido, en promedio, el crecimiento real anual de la economía británica en esos años? Apenas un 1,3 %.
El balance de la Reserva Federal de EE. UU. se ha disparado en los últimos 20 años, pasando de 860.000 millones de dólares a 6,74 billones de dólares: un aumento del 693 %, o alrededor del 11 % anual. Comparemos esta cifra con la tasa de crecimiento anual de la economía estadounidense, ajustada por inflación, que estuvo en torno al 2 % durante el mismo periodo.
Olvídate de si piensas que las crisis que desencadenaron los peores períodos de expansión monetaria —la crisis financiera de 2008, la pandemia de la COVID-19, las guerras en Ucrania y Oriente Medio— dejaron a los responsables políticos sin otra opción en aquel momento. Lo que debemos comprender es la relación entre la política monetaria y la inflación.
Aunque las guerras —incluidas, y quizás especialmente, las guerras comerciales—, las sequías, las pandemias y otros acontecimientos mundiales pueden, sin duda, precipitar subidas de precios, y a menudo lo hacen, con el tiempo la política monetaria desempeña un papel más importante.
Del mismo modo que la impresión descontrolada de dinero puede alimentar la inflación, una política monetaria disciplinada puede detenerla.
En Estados Unidos, cuando Paul Volcker, quien había sido designado para controlar la elevada inflación de la década de 1970, dejó su cargo como presidente de la Reserva Federal, podía presumir de que el balance de la Fed había estado creciendo anualmente a un ritmo mucho menor que la economía: un 2,3 % frente a aproximadamente un 3 %.
Fue Alan Greenspan —irónicamente, un antiguo libertario defensor del libre mercado y seguidor de Ayn Rand— quien lo cambió todo cuando sucedió a Volcker en agosto de 1987. Durante su mandato, de 1987 a 2006, el balance de la Reserva Federal pasó de 240.000 millones de dólares a 842.000 millones, lo que supuso un aumento de más de 600.000 millones de dólares.
Los sucesores de Greenspan continuaron con esta tendencia. Bajo el mandato de Ben S. Bernanke, presidente de la Fed de 2006 a 2014, el balance se disparó en 3,25 billones de dólares. Bajo Janet Yellen, presidenta de 2014 a 2018, y Jerome Powell, presidente de 2018 a 2026, aumentó aún más, alcanzando un máximo de casi 9 billones de dólares en 2022 antes de descender hasta los 6,7 billones de dólares actuales.
El resultado es claro. El Índice de Precios al Consumidor para Todos los Consumidores Urbanos (IPC-U) de agosto, publicado recientemente y considerado la medida de inflación más citada de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, indicaba que la tasa de inflación interanual de EE. UU. se situó en el 3,4 %, más de un 50 % por encima del objetivo de la Reserva Federal.
Eurostat, la oficina de estadística de la Unión Europea, estima una tasa de inflación anualizada del 3,2 %, y el Reino Unido registra una tasa de inflación anual del 3,1 %.
Sean cuales sean los acontecimientos actuales que estén impidiendo que la inflación disminuya en el mundo, es fundamental tener en cuenta que la causa fundamental del aumento de los precios no es el capitalismo, los mercados libres, la libre empresa, el comercio mundial, las empresas codiciosas ni siquiera lo que el economista John Maynard Keynes denominó “espíritus animales”.
La causa del aumento de los precios es la creencia supersticiosa de que crear dinero de la nada equivale a generar riqueza. Crear dinero sin que haya crecimiento económico empobrece a la mayoría de nosotros.
Traducido por Gabriel Gasave






