Charlotte Twight falleció ayer. Era una buena amiga desde hacía mucho tiempo, mi alumna de doctorado en la University of Washington y, más tarde, mi coautora en varios artículos de revistas especializadas y en el manuscrito de un libro (que nunca se publicó). Me entristece profundamente su deceso.
Conocí a Charlotte a finales de la década de 1970, cuando era estudiante del programa de doctorado en Economía de la UW. (Anteriormente, había escrito un libro titulado America’s Emerging Fascist Economy, publicado en 1975). Nunca asistió a ninguna de mis clases, pero había descubierto que yo era un tipo especialmente libertario y partidario del libre mercado, y ella también era muy libertaria, ya que se había sentido atraída por ese pensamiento a raíz de las obras de Ayn Rand que había leído cuando estudiaba la licenciatura en Filología Inglesa, a principios de la década de 1960, en la Fresno State University. Solíamos ir a comer juntos de vez en cuando a un restaurante sito en “the Ave”, una calle comercial situada una manzana al oeste del campus. Ella y su marido se relacionaban con mi mujer y conmigo. Les gustaba tomar café fuerte que compraban en una pequeña tienda que vendía café en grano en el centro de Seattle; el local se llamaba Starbucks.
Más tarde, me convertí en el director de su tesis doctoral cuando su director inicial, Steve Cheung, dejó la UW y regresó a China. Dirigir su trabajo fue fácil porque ella sabía lo que quería hacer y cómo llevarlo a cabo sin ayuda de nadie. Era muy inteligente y estaba muy motivada, por lo que mi contribución a su tesis fue bastante mínima. Terminó su doctorado en 1983.
Cuando ingresó al mercado laboral, yo esperaba que recibiera algunas ofertas de las mejores universidades. Era inteligente, había realizado un trabajo excelente anteriormente como programadora informática para la Marina de los Estados Unidos y como estudiante de Derecho —obtuvo su título de Juris Doctor (J.D.) en la Facultad de Derecho de la UW en 1973—, y era una joven muy agradable en una época en la que los departamentos de Economía de todo el país se apresuraban a contratar a mujeres calificadas para cumplir con los requisitos antidiscriminatorios que les imponían las nuevas leyes y normativas. Pero las ofertas de las mejores universidades nunca llegaron. Solo podía especular sobre el motivo por el que no llegaron, y mi mejor suposición era que la discriminación contra las mujeres seguía muy viva. Así que acabó aceptando un puesto en la Universidad Estatal de Boise.
Aunque en aquel momento esta situación nos resultó desalentadora tanto a ella como a mí, puede que, a la larga y teniendo en cuenta todos los factores, no fuera un resultado tan malo, ya que Charlotte y su marido, Richard, eran ambos apasionados esquiadores, mochileros y alpinistas (escalaron muchas de las cumbres más altas del noroeste, algunas de ellas en varias ocasiones), y Boise era un excelente punto de partida para practicar las actividades que tanto amaban.
En cualquier caso, Charlotte tuvo una carrera destacada en la BSU. Era una excelente profesora, muy apreciada por generaciones de estudiantes y, a pesar de la pesada carga docente que tenía en la BSU, produjo un flujo constante de investigaciones publicadas en prestigiosas revistas de economía, así como otro excelente libro, Dependent on D.C., publicado en 2002. Gran parte de su investigación involucraba variaciones del tema que planteó por primera vez en su tesis doctoral, relacionado con la “manipulación de los costos de transacción políticos”. Este término abarca una serie de acciones gubernamentales mediante las cuales los funcionarios públicos obtienen y mantienen su poder y sus ganancias alterando, ocultando o tergiversando los costos que la población se ve obligada a soportar debido a las leyes y normativas.
La obra de Charlotte se caracterizaba por una minuciosa atención al detalle y por la documentación de las pruebas. En este sentido, su formación jurídica siguió resultándole de gran utilidad, aunque ya no ejerciera como abogada. Su prosa era clara y meticulosa. Exponía sus conclusiones con seguridad, como era de esperar a la luz de los sólidos argumentos y las pruebas que aportaba.
Charlotte era baja y delgada; no tenía ni un gramo de grasa. Sin embargo, era físicamente fuerte y tenía una gran resistencia. Cuando salí a correr con ella unas cuantas veces en la década de los 80, cuando yo mismo aún me encontraba en excelente forma física, no le costaba nada seguirme el ritmo. Hacía flexiones como una campeona, y estoy seguro de que, si alguna vez hubiera intentado acompañarla en alguna de sus ascensiones a las grandes montañas del Oeste, me habría dejado jadeando al pie de las mismas.
Charlotte y su esposo, Richard, se conocieron y se enamoraron cuando ambos eran muy jóvenes; se casaron en 1964 y permanecieron casados hasta el final. En sus últimos años, Charlotte desarrolló diversas discapacidades, entre ellas una demencia que puso fin a toda una vida dedicada a la investigación y la escritura metódicas. Nunca tuvo hijos, aunque su querida perra Shasta era un miembro muy querido de su familia y su compañera en numerosas excursiones a la montaña. Falleció en su casa, tranquilamente, rodeada de su marido y de amigos que la querían. Que descanse en paz.
Traducido por Gabriel Gasave






