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Irak: Buenas cercas hacen buenos vecinos
17/8/2009
Ivan Eland

Para alardear acerca de sus logros anteriores a los comicios de enero de 2009, el gobierno iraquí está derribando las barreras de seguridad hechas de concreto y regresando a los refugiados a las áreas devastadas por la guerra. Dichas medidas podrían ayudar al gobierno iraquí a ganar votos al hacer que el país parezca estar retornando a la normalidad, pero también incrementa el peligro de una vuelta a la guerra civil.

La observación de episodios de violencia etno-sectaria del pasado acaecidos alrededor del mundo, nos ha hecho aprender algunas lecciones importantes. Y las acciones del gobierno iraquí están violando esos principios. Cuando grupos etno-sectarios se encuentran luchando, el sentido común debería indicar que la separación de las facciones beligerantes tendría que reducir la violencia. En Irak, mucha alharaca se hizo sobre el éxito del incremento de las fuerzas estadounidenses a finales de 2007 y en 2008 en la reducción de la matanza sectaria; pero el hecho de pagarle a los sunitas para que no ataquen a los EE.UU. y la separación sectaria previa a la “limpieza étnica” tuvieron probablemente efectos mayores. Después de todo, en 2005 los EE.UU. tenían un nivel de efectivos similar, pero la violencia sectaria subió con fuerza a niveles altísimos.

Por razones políticas, el gobierno iraquí está en la actualidad abandonando el principio de la separación al proceder a derribar las barreras de seguridad y hacer retornar a los refugiados en un momento en el que los ataques con bombas están en aumento y existe un creciente desasosiego acerca de la competencia y neutralidad de la seguridad iraquí a raíz de la partida de los efectivos estadounidenses de las ciudades. Por ejemplo, durante la guerra civil sectaria de 2005 a 2007, los sunitas “limpiaron étnicamente” de las áreas de Bagdad a los chiitas desplazados de sus hogares en la urbe de Abu Ghraib que es predominantemente sunita y se encuentra al oeste de Bagdad. El gobierno iraquí controlado por los chiitas está alentando a las chiitas desplazados a que regresen a Abu Ghraib—en grandes números por supuestas razones de seguridad—. El gobierno está también interviniendo para incentivar el retorno de los refugiados a la provincia de Diyala, destruida por la violencia.

Incluso el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados—que por lo general es demasiado temerario en su defensa políticamente correcta de un rápido retorno de los refugiados tras los conflictos etno-sectarios—sostiene que el gobierno iraquí carece de un plan viable para hacer regresar a 3 millones y medio de personas que fueron desplazadas ya sea internamente o a países extranjeros por el antagonismo sectario. Sin embargo, con las profundas divisiones etno-sectarias de Irak yaciendo aún bajo la superficie, casi cualquier programa tendiente a reunir nuevamente a los grupos sectarios es probable que resulte peligroso—principalmente si grandes minorías de un grupo sectario son devueltas a áreas en las que existe una mayoría perteneciente a la otra secta.

Episodios anteriores de conflictos etno-sectarios demuestran que las pequeñas poblaciones minoritarias usualmente no amenazan la seguridad de la mayoría sino que quienes lo hacen son las grandes poblaciones minoritarias. En otras palabras, respecto del regreso de los refugiados, el cliché de que “el número brinda seguridad” es totalmente inexacto.

El gobierno iraquí puede en la actualidad adoptar estas peligrosas políticas en virtud de que, con la retirada de los EE.UU. de las ciudades de Irak, las fuerzas de seguridad iraquíes se encuentran finalmente al mando allí. Si bien es prudente—y muy necesario—que los Estados Unidos permitan a los iraquíes asumir el control de su propio país, los sunitas no confían en que las crecientemente sectarias fuerzas de seguridad chiitas sean neutrales en la reubicación de los refugiados.

En cambio, el gobierno iraquí debería darse cuenta del tremendo potencial que existe para una reanudación de la guerra civil etno-sectaria una vez que las fuerzas estadounidenses comiencen la retirada del país. El gobierno debería dejar a las poblaciones etno-sectarias donde se encuentren y simplemente compensar por sus pérdidas a las familias desplazadas. Esta acción será costosa pero menos onerosa que una guerra civil a gran escala. Además, como un paso incluso más grande para evitar una conflagración así, el gobierno iraquí debería rediseñar su mapa provincial para reconocer esos enclaves etno-sectarios (y tribales) e incluso devolverles más facultades gubernativas, especialmente en cuestiones de seguridad y judiciales. Las milicias locales del mismo grupo etno-sectario como la población general de un área en particular podrían proporcionar la seguridad en cada provincia. De modo similar, la justicia impartida por individuos con los mismos antecedentes etno-sectarios sería percibida como más justa.

Tratar de recrear el multicultural mosaico etno-sectario de Irak después de una intensa contienda civil es una idea seductora, pero el historial de los conflictos etno-sectarios evidencia que es peligrosa. En cambio, un gobierno descentralizado y el reconocimiento y adaptación de la realidad existente de una partición etno-sectaria proporcionará el único camino para que el irascible Irak pueda sobrevivir en el largo plazo sin que las fuerzas de los Estados Unidos lo mantengan unido.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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