Leyes para un mundo que no existe
Suelen las personas soñar con que los problemas de la realidad pueden terminarse con “hacer una ley”, una que corrija aquello que “allá afuera” no les gusta. El problema con ello es que la realidad no actúa a conveniencia de “las leyes”, ni aquello a lo que comúnmente llamamos “ley” es, en sentido estricto, una ley. A eso se le llama legislación, cosa muy diferente. Basta con caer en cuenta, que para convertirse en lo que la gente erróneamente llama ley, solo se necesita una cantidad arbitraria de manos alzadas dentro de un congreso.
Ahora bien, “nuestras leyes” (legislación) suelen no corregir los problemas de la realidad, sino muy por el contrario, empeorarlos, por la sencilla razón de proponer soluciones al margen de ésta. La legislación (pues así deberíamos llamarla) emanada de los congresos tampoco toma en cuenta que más allá de los enunciados y las declaraciones pomposas, rara vez alcanza los objetivos trazados por la misma. Supone que basta con enunciar algo para, por arte de magia, alterar la realidad.
Al escribir con tinta mágica, la larga lista de deseos tan demagógicos como irreales, jamás se toma en cuenta que: los recursos son por definición, siempre limitados, desconocen aquello que los economistas llaman costos de oportunidad, presuponen que basta con disponer de algo para, que esto ocurra, imaginan que los seres humanos son fichas de un tablero de ajedrez que jamás reaccionan ante la legislación, no toman en cuenta la forma en que esta altera los incentivos de los participantes, en fin, presuponen que al introducir las leyes (legislación), la realidad se va a adecuar a sus fantasías, y no la revés, que sus fantasías terminarán colisionando con la realidad.
La legislación emanada de los congresos, sin análisis alguno, supone un mundo que no existe, que opera en el vacío, en el que los recursos son siempre ilimitados y que una acción jamás encuentra reacción.
Creer que basta con legisladores decididos es una pretensión infantil, hay que entender las reglas del mundo que habitamos, para poder deducir aquello que de forma mucho más modesta de lo que suponemos, podemos llegar realmente a hacer.
Si la legislación (aquello a lo que equívocamente llamamos ley), no se ajusta a la realidad, seguiremos perdiendo el tiempo en producir “leyes” que no conducen a nada. En Ecuador tenemos que introducir aquello que se conoce como análisis económico del derecho, para que más allá de las intenciones, empecemos a conocer el efecto real que tiene sobre nuestra economía, esa larga lista de deseos a los que llamamos “ley”.
Seguimos conversando.
El autor es economista, PhD (c) en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, España y máster en Economía de la Escuela Austriaca. Es liberal, vive en Guayaquil y es director ejecutivo del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP).
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