¿Triunfó Putin en Siria?

La retirada de las tropas rusas de Siria medio año después de su envío provoca la pregunta: ¿ganó o perdió Putin allí?
A diferencia de otras preguntas sobre conflictos de Medio Oriente, esta parece relativamente fácil de responder. Antes hay que recordar lo que Vladimir Putin se proponía. No lo que decía que pretendía con ese envío, sino lo que los antecedentes, los actos de las tropas rusas durante la intervención y la conducta de Putin revelan sobre sus intenciones. Muy sencillamente, se proponía sostener a Basher Assad convirtiendo el conflicto sirio en un choque entre el régimen y el Estado Islámico (más grupos afines). Así, lograría volcar a Occidente en favor de Assad aunque no lo aceptase públicamente y convertir al dictador sirio, dependiente de Rusia, en baluarte de la lucha contra el terrorismo del Estado Islámico.
Para conseguir esto, las tropas de Putin hicieron barbaridades. Hubo bombardeos contra posiciones de la resistencia moderada, ataques a mercados llenos de civiles indefensos (en Idlib y Alepo), una política de fortalecimiento de las zonas controladas por Assad y mucho más. En pocos meses, la situación ha cambiado. Estados Unidos y Europa se han resignado a que Assad siga allí porque mucho peor es el Estado Islámico. Esa antinomia política y moral se debe a que la oposición moderada ha sido militarmente reducida a algo poco significativo y a que Putin ha logrado que los términos de conflicto sean los que convienen a Assad y a él, que es su titiritero. El atentado de Bruselas del martes pasado nos recuerda hasta qué punto el Estado Islámico es hoy una prioridad si se quiere derrotar al terrorismo.
En The Wall Street Journal, Bret Stephens decía, con razón, que Washington calculó que la intervención directa de Putin se volvería una repetición de la invasión soviética de Afganistán de fines de los años 70 y acabaría por convertirse en otra derrota para Moscú. Las cosas fueron distintas porque Putin se propuso un objetivo realista de corto plazo y dejó que la lucha principal la hicieran los sirios subordinados a él, a los que se limitó a proveer el respaldo necesario para invertir los términos del conflicto de acuerdo con lo antes expuesto.
Al frente, Putin tenía a un Obama sin objetivos claros y sin aliados locales con capacidad de lucha sostenida (los moderados estaban muy debilitados), y una Europa que en estas cosas siempre se sienta a esperar que Estados Unidos le saque las castañas del fuego. Con lo cual, ha terminado no sólo ganando, al menos en el corto y mediano plazo, sino también obligando a Washington a pactar con él.
El pacto tácito implica aceptar que Assad, un genocida, siga reinando sobre gran parte del país y se negocie, a instancias de John Kerry, el secretario de Estado norteamericano, muy en cámara lenta, unos acuerdos que no alteren el orden de cosas imperante en lo esencial.
El Estado Islámico, mientras tanto, se encarga de reforzar a Putin y Assad con su campaña del terror. También le interesa lo que a Putin: dividir medio mundo entre el Estado Islámico y regímenes dictatoriales, aterrorizar a Europa y obligar a Estados Unidos a aceptar aliados impopulares y deslegitimados.
Muy complicado panorama ya no tanto para Obama (que en vista de todo esto se dedica a labrarse un legado de política exterior en otras zonas, como Cuba) sino para su sucesor(a). Quien asuma el poder en enero próximo encontrará un abanico de malas opciones. Lo cual es posible que haga aumentar el aislacionismo que ya asoma en la campaña electoral estadounidense.
- 28 de septiembre, 2026
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