¿Dónde llevará Dilma a Brasil?
No así como los americanos, los brasileños creen que su país va por el buen camino y votaron para que siga por ese mismo curso. Ése es el mensaje central del triunfo de Dilma Rousseff en las elecciones de Brasil. Dilma, como es conocida universalmente, fue la jefa de Gabinete y la sucesora elegida a dedo por el actual presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, quien deja el cargo tras dos mandatos con un 80% de aprobación. Será dificíl seguirle, incluso para Dilma, quien jugó un papel crucial en sus logros.
Asegurar la continuidad que quieren los brasileños no es una tarea sencilla. Apegarse simplemente a las políticas de la era Lula no será suficiente. Para mantener la trayectoria de éxito de Brasil se requieren nuevos enfoques para hacer frente a una lista de asuntos pendientes de hace tiempo, problemas difíciles que ningún gobierno brasileño ha logrado resolver. Y no importa lo brillante que el futuro se vea ahora, serán necesarias nuevas ideas al cambiar las condiciones y surgir retos inesperados.
Hoy Brasil está disfrutando de su mejor racha económica desde la década de 1970. La economía ha crecido constantemente durante los ocho años de Lula en el poder, y la pobreza ha disminuido en un 25%. La crisis financiera global, que causó estragos en la economía de EE.UU., casi ni se sintió en Brasil. El desempleo está en un mínimo histórico. Por primera vez, la clase media de Brasil supera a sus pobres. Los recientes descubrimientos de petróleo prometen volver a la ya energetícamente autosuficiente Brasil en uno de los exportadores de petróleo más grandes del mundo.
Brasil es también una nación de creciente estatura e influencia en los asuntos mundiales. En América del Sur, ha desplazado a los Estados Unidos como presencia dominante en muchas cuestiones. Junto con China y la India, es uno de los países más poderosos del mundo en desarrollo. Brasil ha asumido un papel central en los debates y toma de decisiones sobre importantes cuestiones internacionales, incluido el cambio climático, la política comercial, la no proliferación nuclear y la gestión de las instituciones multilaterales. Es uno de los cuatro principales candidatos a un nuevo asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y será la sede tanto de la Copa del Mundo de 2014 como de los Juegos Olímpicos de 2016.
Los Brasileños están justificadamente orgullosos del progreso de su país. Grandes problemas sin embargo, se interponen para continuar avanzando.
Las elecciones de este año fueron un escaparate de la vitalidad de la democracia de Brasil. Sin embargo, el desempeño del gobierno es errático, y muchas instituciones públicas, incluyendo el Congreso y los Tribunales, pueden resultar irresponsables y poco fiables. La política está plagada de una rampante corrupción, lo que llevó a la dimisión tanto del antecesor como de la sucesora de Dilma al frente del Gabinete. Al igual que el resto de América Latina, Brasil tiene que encontrar una solución a la delincuencia y la violencia que impregnan y debilitan sus ciudades, sin menoscabo de una ya inestable actuación frente a los derechos humanos.
El nuevo gobierno también se enfrenta al reto de hacer un uso productivo de la influencia global del país. La política exterior de Brasil está bajo un intenso escrutinio. Los latinoamericanos se quejan de que Brasil se ha convertido en demasiado dominante en los asuntos regionales, esbozando críticas reservadas para los Estados Unidos. La diplomacia de Brasil parece carecer a veces de un centro moral. Una y otra vez el gobierno parece no tener problemas ante los abusos contra la democracia y los derechos humanos y sí indiferencia hacia los peligros de la proliferación de armas nucleares. Ha establecido relaciones estrechas y poco críticas con “parias” internacionales, como Irán y Venezuela. El aumento de las tensiones con Washington – en torno a Irán y muchos otros asuntos globales y regionales – podría cerrar importantes oportunidades diplomáticas y económicas.
Para la mayoría de los brasileños, la prueba más importante para la nueva presidenta será que funcione la economía: mantener el crecimiento, el alza en el empleo, el descenso de la inflación y el flujo de dinero para los programas sociales. A pesar de los impresionantes avances en el país en los últimos años los desafíos son graves: el estancamiento de la productividad hace necesario un estímulo en la mayoría de los sectores; el bajo nivel de ahorro público y privado restringe las nuevas inversiones para una infraestructura sobrecargada y deteriorada; políticas fiscales y de gasto caóticas le cuestan caro a la economía y los estándares de educación se mantienen abismalmente pobres. Por todo esto, son necesarias nuevas políticas y reformas más agresivas, no la continuidad. Dilma tendrá que asumir intereses arraigados en su propio partido, prevalecer sobre la lenta y autoprotegida burocracia y hacer frente a múltiples obstáculos políticos.
El nuevo presidente también tiene que ser realista en sus aspiraciones. Dilma va a tener la tentación de acelerar el crecimiento económico de Brasil y gastar al por mayor para aliviar la pobreza. Pero continuar con la prosperidad depende de lograr equilibrar estos deseables objetivos con la necesidad igualmente importante de disciplina fiscal y estabilidad de los precios. Ella ha dicho que su gobierno asumirá una mano más fuerte y más omnipresente en la dirección de la economía. Encontrar el adecuado rol económico para el Estado brasileño sin constricción o subvaloración de los mercados privados puede llegar a ser la más crucial prueba de la política de Dilma. Esta es una opción que tiene sus riesgos – como muestra el historial mixto de la intervención del Estado. Dilma no debería olvidar que lo que más determina el éxito de los presidentes de Brasil es la forma en que la economía se comporta bajo su mandato.
Peter Hakim, presidente de honor de Inter-American Dialogue (EE.UU.)
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