Sufre Chávez una inédita ola de cacerolazos y deserciones
¿Puede el consenso de Hugo Chávez haber perforado su punto de inflexión y estar ahora barranca abajo? Ciertamente. A las crisis que arrastraba -de energía, inseguridad, inflación, además de acusaciones internacionales de tolerancia colaboracionista con el narcotráfico y el terrorismo- se les agregaron cacerolazos y una extraña pueblada en contra.
La peor de las señales para Chávez: que se le haya acabado la paciencia a su enorme base electoral, el pueblo venezolano, que durante once años lo ayudó a congelarse en el poder. Todo un cambio: los que ahora salen a la calle de manera espontánea antes lo hacían convocados desde la dirigencia chavista o desde el clientelismo necesitado.
Si bien al líder bolivariano ya le habían dedicado varios cacerolazos (muestra gratis de la exportación cultural de la Argentina a Venezuela), nunca, hasta ahora, había sufrido una protesta con ollas y sartenes como la bochornosa del domingo pasado. Es que mientras Chávez, desde la Biblioteca Nacional de Caracas, hablaba en vivo y en cadena para su programa dominical “¡Aló Presidente!”, una marcha cacerolera le hacía de corifeo a su audición televisiva. Curiosa realidad bifronte que mostró ese día la pantalla.
Pocos días antes de ese cacerolazo, Chávez se había tenido que tragar un sapo todavía más rancio. El martes 16, mientras inauguraba un complejo habitacional en el estado Aragua junto a su par de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, una pueblada rodeó a ambos presidentes y le reclamó al venezolano por la escasez de alimentos, energía y agua. Además de demostrar la ineptitud de los servicios de seguridad e inteligencia de Chávez (algo que le reprochó el bielorruso una vez pasado el susto), el hecho también sirvió para corroborar el grado de efervescencia de la sociedad venezolana.
El episodio, además, cobra mayor gravedad si se lo diseca a la luz de dos datos de relevancia: la pueblada se originó a pocos kilómetros de Maracay, capital del estado Aragua y sede de los cuarteles y escuelas militares de Venezuela. Allí es donde se concentra la mayor población uniformada. Por su parte, Aragua es gobernada por el chavista Rafael Isea, quien, según apuntan algunas fuentes como Descifrado, podría haber hecho la vista gorda frente a la protesta estilo Fuenteovejuna para incidir, desde una posición de fuerza, en las listas del partido oficial (el PSUV, Partido Socialista Unido de Venezuela) de cara a las legislativas nacionales del 26 de setiembre.
De ser verdad la intencionalidad del gobernador Isea dentro de la interna del PSUV, sólo se corroboraría otra realidad que corre en paralelo a la efervescencia popular: a Chávez le empieza a corcovear su propia tropa partidaria. En ese sentido, el salto de garrocha más contundente es el de Henri Falcon, gobernador de Lara -obtuvo el mayor caudal de votos en 2008, un 73%-, quien se pasó del PSUV al PPT (Patria Para Todos). El PPT es de izquierda e históricamente aliado electoral del chavismo, pero no sujeto a los caprichos que provienen del Palacio de Miraflores. Más allá de la manera en que Falcón concretó su cambio de filas (por carta publicada en los medios), el pase marca la inauguración de un chavismo sin Chávez.
Para otros, como el “think-tank” Venezuela Analítica, ese salto de Falcón podría inscribirse dentro de una hábil estrategia chavista, por la que el régimen gobernante buscaría atomizar las opciones electorales en el arco opositor. Un “divide y reinarás” como respuesta a estos guarismos incontrastables: el 59,6% de los venezolanos se declara independiente en política (los llaman “ni-ni”), sólo un 20% se identifica hoy con el PSUV y un 9% que se manifiesta “opositor”, según la última medición de la consultora Datanálisis.
En ese camino de desdibujar (o borrar) la oposición se inscribe también la reciente detención de Oswaldo Álvarez Paz, ex gobernador de Zulia (democracia cristiana), por declaraciones vertidas en el programa televisivo más opositor, “Alo Ciudadano”, que transmite Globovisión.
Álvarez Paz dijo en la entrevista que Venezuela se convirtió en un centro de operaciones del narcotráfico, lo que le valió cargos de conspiración, instigación pública a delinquir y difusión de información falsa, los que conllevan una posible pena de entre 2 y 16 años de cárcel. La polémica ayer en el país era intensa, y la oposición denunciaba en bloque que el dirigente fue arrestado por un “delito de opinión”, algo más propio de dictaduras que de democracias.
El asunto tiene el mismo tufillo que el episodio de Manuel Rosales, el líder opositor con mayor arrastre electoral que, perseguido por el Gobierno venezolano, tuvo que refugiarse en Perú. Son, claro, reacciones frente al magro 39% de aprobación y al 55% de desaprobación que hoy, según Hinterlaces, tiene Chávez. Bien lejos del histórico 64% con el que el bolivariano ganó en 2006 y cuando todavía controlaba la calle.
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