Presidente o presidenta: ésa es la cuestión
Por Pablo Sirvén
La Nación
Podría haber quedado mucho mejor ante la historia si elegía ser prescindente; en cambio, pretende que la elijan “presidente” e, ipso facto, transmutar a “presidenTA” (sí, así, con mayúscula, como ella enfatizó en el acto del Luna Park, el martes de la semana pasada, cuando la concurrencia le canturreaba con amabilidad aquello de “¡¡¡Se siente/se siente/Cristina presidente!!!).
“Presidenta –regañó, entonces, con el puño crispado, clonado de Evita–. Acostúmbrense todos: “pre-si-den-ta””, repitió, silabeando cual maestra de primer grado, ansiosa por que sus niños se aprendan de una vez la lección.
Si no creyéramos todos religiosamente en la espontaneidad de las muchedumbres espontáneas, diríamos que la rápida respuesta en versito de la indulgente concurrencia había sido cuidadosamente preparada. “¡¡¡Alerta/alerta/ Cristina presidenta!!!”, voceó la gente, con gran sentido del reflejo, y Cristina pudo, por un momento, aflojar el puño.
Todo muy lindo, pero hay un problemón en ciernes. Así como cada vez que la senadora-primera dama-primera senadora-candidata presidencial se acerca a un atril de campaña pasa algo bravo y bien feo en sus inmediaciones, esta última ocurrencia suya de querer ser presidenta, en vez de conformarse con ser presidente, también podría llegar a tener sus bemoles. Algún asesor presto debería informarle al oído que el transexualismo lingüístico que ella pretende operar sobre el puesto institucional más elevado al que pueda aspirar un argentino la hace aspirar, automáticamente, a un cargo ejecutivo que la Constitución Nacional no contempla. En una palabra: no existe.
En efecto, por más que se la examine minuciosamente, de cabo a rabo, no hay ni por asomo inclusión, aunque más no sea de palabra, del bello sexo que representa para desempeñar tan alta magistratura. Al menos en lo que se refiere a las frías letras de molde de la Carta Magna original de 1853, reformada por última vez en 1994, el artículo 87 de la sección segunda –dedicada enteramente al funcionamiento del Poder Ejecutivo– no deja lugar a la más mínima duda. “El Poder Ejecutivo de la Nación –dice con claridad prístina ese párrafo– será desempeñado por un ciudadano con el título de Presidente de la Nación Argentina”.
No hay indicios aquí de “presidenta” alguna (o, como prefiere machacar Cristina, “presidenta”) con el que constitucionalmente pueda revestirse, en caso de que el 28 de octubre las urnas le otorguen la mayoría de los votos en la primera vuelta.
Por si no quedara clara la vocación machista de nuestra “ley de leyes” –es curioso que la propia Cristina K no hubiese reparado en tan injusta discriminación cuando fue convencional de la última reforma–, los siete artículos siguientes no sólo insisten en la palabra “presidente”, sino que también agregan, para que no quede ninguna duda, el muy varonil vocablo “vicepresidente”, figura que de ser más bien decorativa en tanto sólo toca la campanilla en el Senado, de cuando en cuando se vuelve visible cuando reemplaza al presidente en caso de viajes, enfermedad y, ni que decir, de muerte, en cuyo caso toma definitivamente su lugar.
El tema podría parecer nuevo, pero esta misma microscópica controversia de virtual guerra de sexos presidenciales se agitó también entre nosotros hace treinta y tres años, cuando tras el fallecimiento del presidente Juan Domingo Perón, se dudó de cómo llamar institucionalmente a su viuda, María Estela Martínez, elevada por aquella desgracia a la máxima jefatura del Estado.
No tardaron en hacerse escuchar, en aquel sombrío momento, los puristas del idioma, fastidiados, y con razón, por la forzada expresión “la presidente” que, según alegaban, claramente manifestaba una mayúscula incompatibilidad de caracteres entre el género del artículo (“la”) con el del ilustre sustantivo que lo acompañaba (“presidente”). Pero para los constitucionalistas éstas eran meras pamplinas y no tardaron en salir a la palestra para demostrar, de paso, cuánto más poderosos e influyentes que los orfebres del idioma eran, y desde entonces nadie más se atrevió a discutir que, por más faldas que llevara y aun cuando su voz registrara estridentes agudos y falsetes, la señora de Perón era presidente con “e” final y punto.
El debate se diluyó enseguida, porque ésa no era la principal rareza de la heredera presidencial: es que llamándose María Estela, sin embargo, pronto nos acostumbramos a decirle “Isabel” (o “Isabelita”, según el grado de afecto que despertara). La historia muy pronto nos demostraría que ésa tampoco era su principal rareza.
Si Martínez de Perón fue “presidente”, todo hace suponer que, de ganar las próximas elecciones, Fernández de Kirchner también será “presidente”, y no “presidenta”, mal que le pese. Eso sí: todavía está a tiempo de hacer un gran aporte a la prometida y, todavía en veremos, reforma política: ser prescindente.
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