La ilusión de Washington sobre Cuba
Aunque el presidente se presentó a las elecciones con un programa electoral de “no más guerras”, la Administración Trump ha mantenido al Departamento de Guerra muy ocupado, entre la destitución del presidente venezolano Nicolás Maduro en enero de este año y la continua acción militar contra Irán.
Aunque estas operaciones han suscitado duras críticas, muchos han elogiado estas intervenciones. La operación para derrocar a Maduro contó con el apoyo de muchos expatriados venezolanos, mientras que otros calificaron las operaciones de “quirúrgicas”, “limpias” y precisas. De hecho, tanto funcionarios de la Casa Blanca como otras personas han sugerido que estas intervenciones representan un saldo positivo y podrían conducir al establecimiento de instituciones liberales y a la libertad de los pueblos oprimidos por la autocracia. Dado que estos sentimientos son compartidos por funcionarios estadounidenses y otros actores, no sorprende que el debate se haya centrado en otro régimen antiliberal: Cuba.
De hecho, el presidente no se anduvo con rodeos al afirmar que creía que tendría “el honor de tomar Cuba” y que “Cuba es la siguiente”, mientras hablaba de otras operaciones militares. Una encuesta reciente realizada entre cubanos y cubanoamericanos reveló un apoyo abrumador a la acción militar y un respaldo notablemente bajo a nuevos esfuerzos diplomáticos.
Solo hay un problema: aunque el Gobierno de EE. UU. puede derrocar o destituir a poderes políticos extranjeros, los funcionarios son fundamentalmente incapaces de exportar sistemáticamente instituciones democráticas al extranjero.
Los datos sobre los intentos de Estados Unidos de exportar la democracia son tan inequívocos como deprimentes. Al analizar cien años de esfuerzos de construcción nacional, los investigadores encontraron solo cuatro casos en los que las instituciones democráticas se mantuvieron una década después de la intervención estadounidense. Dos de ellos fueron Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, donde los estudios sugieren que estos casos de “éxito” no son, en gran medida, resultado de los esfuerzos de Estados Unidos, sino que reflejan la resiliencia de las instituciones previas a la guerra.
Esto plantea una pregunta obvia: ¿por qué Estados Unidos no puede exportar la democracia de manera efectiva? Hay dos razones principales.
En primer lugar, existen auténticas limitaciones de conocimiento por parte de los funcionarios estadounidenses. En muchos casos, estas cuestiones epistemológicas se reducen a una ignorancia asombrosa de hechos básicos o de la historia. Consideremos, por ejemplo, la inclusión de perros domésticos en los libros de texto iraquíes. Los funcionarios no se dieron cuenta de que la mayoría de los niños iraquíes, al ser musulmanes, no tendrían perros en sus hogares y podrían considerar que tenerlos es espiritualmente impuro. Incluso el general Stanley McChrystal, el general quien supervisó las operaciones militares en Afganistán durante cinco años, afirmó que él mismo tenía una comprensión “aterradoramente simplista” de Afganistán.
Incluso si asumimos una competencia básica por parte de los responsables políticos, una amplia bibliografía sobre la construcción de naciones y la exportación de la democracia resalta que el conocimiento no puede ser acaparado por una sola persona o entidad. Incluso si pudiera serlo, la naturaleza cambiante e individualizada del conocimiento haría que cualquier información recopilada quedara obsoleta en el momento de su uso.
La segunda razón del fracaso constante tiene que ver con los incentivos y las patologías políticas inherentes a las democracias. La falta de coincidencia en los incentivos, los objetivos contradictorios de los actores gubernamentales nacionales y extranjeros, las presiones de los grupos de interés y la deficiencia de los mecanismos de rendición de cuentas suponen obstáculos adicionales para el éxito de la construcción nacional. Es fundamental señalar que estos problemas no pueden resolverse simplemente asegurándose de que las “personas adecuadas” estén en el poder.
Algunos sostienen que Cuba sería un caso diferente, argumentando que la proximidad del país, su historia con Estados Unidos y cierto apoyo a la intervención entre la ciudadanía cubana reducen o eliminan los problemas observados en otros intentos de construcción nacional. Otros señalan la presencia de una comunidad activa de exiliados cubanos en Estados Unidos y que el secretario de Estado Marco Rubio, como cubano-estadounidense e hijo de inmigrantes cubanos, puede superar las limitaciones de conocimiento y culturales.
Tales sugerencias no solo reflejan una profunda incomprensión de la profundidad y naturaleza de las limitaciones del conocimiento, sino que además pasan por alto otros problemas evidentes. Marco Rubio, por ejemplo, puede tener más conocimientos sobre la historia de Cuba que otros funcionarios, pero eso no lo convierte en un experto en Cuba, ni resuelve en absoluto los problemas de incentivos inherentes a la construcción de una nación. Del mismo modo, aunque los expatriados cubanos puedan mostrarse entusiastas ante la idea de un cambio de régimen y deseosos de apoyar los esfuerzos de liberalización, las intenciones no equivalen a los resultados. Muchos en Cuba consideran que los refugiados cubanos o los cubano-estadounidenses están “demasiado americanizados” y pueden interpretar los acontecimientos históricos de manera distinta, lo que significa que las ideas bienintencionadas de los exiliados cubanos pueden no solo ser mal recibidas, sino también generar hostilidad.
No tengo dudas de que el régimen comunista en Cuba colapsará. La economía nos enseña que esos sistemas económicos no son viables a largo plazo. Sin duda, el pueblo cubano ha sufrido terriblemente y merece su libertad y sus derechos. La cuestión es cómo ayudar mejor al pueblo cubano. La intervención militar es una mala opción. En su lugar, los responsables políticos podrían considerar otras alternativas: permitir que los cubanos que quieran marcharse vengan a Estados Unidos y levantar las sanciones comerciales.
Aunque esto pueda sonar contraintuitivo, sabemos que el comercio favorece la paz. Cuando las mercancías cruzan fronteras, las ideas también lo hacen. Serán las ideas de libertad y las demandas internas por la libertad las que conducirán a una Cuba más libre, no el Tío Sam exportando democracia a punta de pistola.
Traducido por Gabriel Gasave
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