Incluso antes de la crisis del petróleo iraní, la economía de Estados Unidos ya estaba bajo presión
En ausencia de una amenaza militar directa contra Estados Unidos, nada debería preocupar tanto a un presidente como la economía, especialmente cuando hay señales que apuntan a una posible “estanflación” si las cosas continúan como están. Los presidentes anteriores lo entendían. No podemos estar seguros de cuál es la postura del actual provocador en jefe.
Pensemos en Gerald Ford. Aunque perdió la elección presidencial del año del Bicentenario en 1976, nadie podría acusar a Ford de indiferencia ante las dificultades económicas que los estadounidenses estaban atravesando a causa de la inflación.
Desde el momento en que asumió la presidencia en octubre de 1974, tras la dimisión de Richard Nixon, Ford hizo de la lucha contra la inflación una prioridad. La campaña “Whip Inflation Now” (Derrotar la inflación ahora) fue, en general, objeto de burlas y no tuvo mucho impacto, pero al menos demostró que el presidente se enfocaba en el problema y tenía en mente los intereses del público.
Dadas las condiciones económicas actuales, cabe preguntarse si se puede decir lo mismo respecto de la administración del presidente Donald Trump, y si el presidente y sus asesores económicos comprenden plenamente el daño que ha provocado el enfrentamiento con Irán. Su esfuerzo por alcanzar un acuerdo podría indicar que está empezando a comprender el costo de la intervención militar en Oriente Medio y el riesgo de prolongar el conflicto. Esperemos que así sea.
Sin embargo, incluso antes de la crisis del petróleo iraní, la economía ya mostraba signos de tensión. El déficit anual del Gobierno federal en los últimos 12 meses había alcanzado los 1,6 billones de dólares y probablemente superará los 2 billones este año, una cifra enorme incluso para un país con una economía de 31 billones de dólares.
Además, es probable que el déficit empeore, ya que el gobierno está solicitando 1,5 billones de dólares para el “Departamento de Guerra” en su próximo presupuesto, sin recortes de gasto significativos que compensen ese aumento. La deuda nacional, por su parte, que ya ronda los 39 billones de dólares, crece a un ritmo de aproximadamente 1 billón de dólares por trimestre.
La inflación, que contribuyó a debilitar la presidencia de Ford y la de su sucesor, Jimmy Carter, ha vuelto con fuerza. El Índice de Precios al Productor se sitúa en torno al 4 % y ha llegado a alcanzar hasta un 6 % mensual.
Los acontecimientos en Irán y sus alrededores han añadido una capa adicional de incertidumbre, ya que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz ha reducido el suministro mundial en más de 20 millones de barriles equivalentes de petróleo, lo que ha empujado el precio del crudo Brent por encima de los 93 dólares por barril durante más de un mes.
El mercado laboral, a pesar de la retórica procedente de sectores optimistas, tampoco ofrece buenas noticias. La creación neta de empleo en los primeros 15 meses de la actual administración, según la Oficina de Estadísticas Laborales, ascendió a solo 386 000 puestos —es decir, unos 25 000 al mes—, un desempeño débil si se considera que el número de potenciales nuevos ingresantes al mercado laboral es varias veces mayor (155 000 en 2023-2024).
Otras partes del mundo tampoco están experimentando un crecimiento económico dinámico, incluida Europa, donde se prevé que el producto bruto interno crezca solo un 0,9 % este año.
Esto supone un pequeño consuelo para un gobierno que necesita desesperadamente estar a la altura de su propia retórica y de las expectativas de un electorado que votó en contra de los demócratas principalmente por motivos relacionados con la economía.
La economía debería haber sido la principal preocupación del presidente y de quienes lo asesoran antes de que atacara Irán el 28 de febrero.
Dadas las desagradables sorpresas que han traído consigo las últimas semanas, Trump debería comprender los graves riesgos económicos que conlleva reanudar la guerra. La economía debería ser la obsesión diaria de la Administración.
Los aranceles y las guerras comerciales, los conflictos armados, el gasto deficitario, las presiones sobre la Reserva Federal, los constantes cambios de política y el aluvión diario de amenazas y burlas contra enemigos y amigos, tanto en el país como en el extranjero (incluido el papa), no parecen una forma inteligente de asegurarle al público que está de su lado, ni de evitar que los demócratas recuperen el control de ambas cámaras del Congreso en noviembre e intenten nuevamente destituir a Trump.
Cuesta creer lo poco que parecen estar haciendo el gobierno y sus aliados para revertir esta situación, no solo porque podría causar dificultades generalizadas a millones de estadounidenses, sino también porque podría suponer un desastre para los candidatos republicanos en otoño y —sí— desencadenar otro proceso de destitución.
Traducido por Gabriel Gasave
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