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La ilusión colectivista
1/12/1999
Tibor R. Machan

Algunos falacias son fáciles de detectar. Considérese la falacia de la composición: tómese a un grupo de seres humanos y atribúyasele al mismo capacidades que solamente los individuos pueden tener. La “sociedad dice,” “nosotros decidimos,” “los Estados Unidos son violentos.” Estrictamente hablando, ninguna de estas afirmaciones pueden ser ciertas. La sociedad no posee mente ni boca alguna con la cual decir o hacer algo. Ni somos capaces de decidir algo. Usted, yo, y otros podríamos decidir la misma cosa. Ése es el único sentido en el cual habremos decidido.

Comúnmente, cuando decimos tales cosas, es por lo general lo suficientemente bien apreciado que estamos tomando atajos lingísticos. “Los Estados Unidos son violentos” se supone que quiere significar tan sólo que un número representativo de personas en los Estados Unidos está dispuesta a desplegar medios violentos para solucionar los problemas. O se refiere al gobierno y no a los estadounidenses en su conjunto.

Por desgracia, el necesario cuidado de tener esto presente no es siempre ejercitado diligentemente. Karl Marx no ejercitaba ese cuidado cuando decía que la humanidad es “un todo orgánico.” En sentido estricto, la humanidad no posee ninguna convicción, pensamientos, memorias, imaginación, intenciones, propósitos, o algunas otras cualidades de los seres humanos individuales.

Entonces, dirá usted, ¿por qué inquietarse?

Estándares Cambiantes

El problema radica en que una vez que usted se olvida de que la humanidad se compone de seres humanos concretos, y no de alguna gran entidad, los estándares a través de los cuales evaluamos a las sociedades cambian. Después de todo, a veces resulta necesario sacrificar a una parte para salvar a un todo orgánico. Un órgano canceroso o un miembro gangrenoso es removido para salvar a la persona.

Así, el pensamiento social holístico puede tener consecuencias peligrosas. Las metas de algunos individuos, quizás incluso sus vidas, comenzarán a verse disponibles para el sacrificio por el bien de otros. ¿Por qué? Porque los individuos no son vistos como que poseen los mismos derechos a la vida, a la libertad, y a la propiedad, sino que en cambio son vistos como partes de un todo cuya prioridad es establecida por la política pública.

¿Por qué es esta clase de pensamiento incluso plausible? La razón es que en algunos contextos, los grupos se vuelven casi una sola entidad. Un equipo acrobático muy compacto, una orquesta, o un coro exhiben casi una sola inclinación. Un conjunto de jazz no solamente se desempeña como una sola unidad musical, sino que también se embarca en la clase de innovación espontánea que usualmente esperaríamos solamente de los seres humanos individuales desembarazados por la necesidad de satisfacer a los otros. Casi parece como si la individualidad de pensamiento ha desaparecido.

Sin embargo, es precisamente la individualidad la que posibilita tal cooperación. La falla en la cooperación es también atribuible a los individuos, como, por ejemplo, cuando alguien no puede comprender lo que es necesario para mantener la unidad. La cooperación compleja requiere de la concentración extrema de los participantes individuales.

De hecho, existe generalmente una masa crítica más allá de la cual los grupos en búsqueda de un solo objetivo no pueden actuar bien sin la dirección centralizada. Un grupo del jazz puede reunirse y producir gran música. Una banda de swing no—demasiada gente. Los mismo ocurre con los equipos, los coros, y otros conjuntos grandes. El mercado, el cual puede abarcar al número más grande de individuos, tiene éxito precisamente debido a que no existe ninguna dirección centralizada y cada miembro es libre de perseguir sus propios objetivos. Una sociedad libre no tiene ningún propósito. En cambio, la misma existe porque les permite a sus miembros alcanzar sus propios propósitos, lo que hacen utilizando a las instituciones espontáneas para coordinar sus actividades.

La Armonía Inspiradora

Atestiguar la belleza de las actividades armonizadas encausadas hacia un solo propósito puede se tan inspirador que uno podría desear ver una cooperación similar extendida a nivel global. Cuando un moderno Karl Marx piensa en la humanidad como actuando como un todo orgánico, está extrapolando del conjunto musical, convencido de que lo que es posible para el pequeño grupo podría ser, de hecho debe ser, realizado por la especie entera.

Marx sabía que esto no era posible y que nunca lo había sido. Pero su visión de la belleza de esa idea creó un estándar de la salud y del bienestar de la humanidad, convirtiéndolo en algo para ser alcanzado en el futuro y para ser utilizado a fin de juzgar el presente.

El gran problema con esta visión es que en la vida cualquier ser humano común puede tan sólo aceptar a algunos otros, después de lo cual el arreglo será forzado y, de hecho, debe ser compelido. Los seres humanos son esencialmente individuos ajustados para moderar los enredos sociales. Nuestro maquillaje emocional no nos prepara para ser miembros íntimos de una sociedad mundial, o incluso de un país, en el sentido en el que somos miembros de una familia. A pesar de lo que dijera el Presidente Reagan, los Estados Unidos no son una familia, ni lo es Irlanda o Irán. Las familias tienen un tamaño que permite, con alguna atención y vigilancia, que sus miembros estén próximos los unos de los otros—celebrando cumpleaños y bodas, atendiendo al enfermo, y guardando luto por los muertos.

Si fuésemos la clase de seres colectivos que Marx y otros campeones del colectivismo han imaginado que seamos, tendríamos que extender nuestras energías emocionales más allá de lo que ellas son capaces. Perderíamos nuestra capacidad de amar íntimamente, de cuidar, y de estar cerca. Los círculos de amigos y familiares tienen una tamaño razonable de modo tal que uno no se encuentra siempre tironeado entre la tristeza por la desgracia de alguien y la alegría por la buena fortuna de otro. Pero si procurásemos una relación íntima con cada miembro de la humanidad, nada podría sentirse hacia los otros debido a que la misma sería neutralizada por los sentimientos opuestos todo el tiempo.

El tipo de comunidad que se adecua a los humanos puede variar mucho; algunos individuos son mucho más gregarios que otros. Por lo tanto, debe dejarse a la libre elección el descubrir cuánto de intimidad es lo correcto y a cuántas comunidades podemos honestamente unirnos.

El derecho individual de elegir libremente si pertenecer a este, a aquel, o a otro grupo es el mejor moderador de nuestras capacidades sociales. Podemos sobrestimar o subestimar aquello de lo que somos capaces en éste como en muchos otros aspectos. Pero en el largo plazo, tales cosas es mejor que sean dejadas a cada uno de nosotros antes que tener visionarios que impongan un sueño social imposible y en última instancia destructivo.

Traducido por Gabriel Gasave


Tibor R. Machan, es Investigador Asociado en The Independent Institute y Profesor de Filosofía en la Chapman University. Para más información sobre el tema de esta columna, véase su libro, Private Rights and Public Illusions (The Independent Institute, 1995).




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