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Pakistán está siguiendo el camino del Irán del Sha
29/5/2007
Ivan Eland

La administración Bush ha fallado en capturar o asesinar a Osama bin Laden o ganar las guerras en Afganistán e Irak. En la actualidad, la administración ha perdido también la oportunidad de mantener estable a un Pakistán armado nuclearmente. Al igual que la política estadounidense respecto del Irán del Sha en las décadas de 1960 y 1970, la administración Bush, pese a un compromiso retórico de difundir la democracia alrededor del mundo, ha colocado todos su huevos en la canasta de un autócrata que resulta improbable que sobreviva—en este caso, el presidente pakistaní Pervez Musharraf. A pesar de que Musharraf ha utilizado a la guerra estadounidense contra el terror para manipular a los Estados Unidos, la administración Bush considera que no existe ninguna alternativa mejor. Desgraciadamente, respaldar a Musharraf podría generar que un Pakistán armado nuclearmente sea controlado por islamistas radicales.

Por desgracia, Pakistán probablemente ya haya sido “perdido”, y la política estadounidense ha desempeñado un papel importante en su desaparición. Los responsables estadounidenses de la toma de decisiones han subestimado en reiteradas ocasiones las consecuencias de la profunda impopularidad engendrada por el libertino entrometimiento de los EE.UU. en los asuntos de otros países. En Irán, pese a que el gobierno del Sha era brutal, el régimen se tornó también tan identificado con su impopular benefactor estadounidense que los Estados Unidos se convirtieron en un importante factor contribuyente en su colapso y substitución por un militante y persistente reemplazante islamista.

La administración Bush, con sus bravuconeadas, ha tenido un mal discernimiento para las ramificaciones del odio anti-estadounidense. Después del 11 de septiembre, en vez de utilizar los ataques como una justificación para ir tras el Irak de Saddam Hussein, la administración Bush tuvo la oportunidad de eliminar al Talibán en Afganistán, sacar plena ventaja de la oferta por tiempo limitado de Musharraf de otorgarle a las fuerzas armadas estadounidenses un dominio libre en Pakistán para perseguir y encontrar a bin Laden y al Qaeda, y luego retirarse de la región.

En cambio, la administración Bush permitió la ampliación progresiva y sigilosa de su misión a fin de quitar sus ojos del premio de derribar a al Qaeda. La misión estadounidense en Afganistán viró hacia la edificación de naciones, la contrainsurgencia y la interrupción del comercio de drogas. La permanente ocupación de Afganistán por fuerzas no musulmanas y el cercano apoyo de los EE.UU. en favor del dictador Musharraf en el vecino Pakistán, de manera predecible reavivaron a los militantes islámicos paquistaníes y gradualmente los pusieron en contra de su régimen. En un intento por cortejar discretamente a estos militantes para apoyar a su gobierno y mantener el flujo de la asistencia militar estadounidense para combatirlos de manera ostensible, Musharraf permitió a estos grupos operar en las salvajes regiones tribales del oeste de Pakistán sobre la frontera afgana e incluso alcanzó un armisticio con ellos para retirar a las fuerzas militares del gobierno pakistaní de estas áreas. Esta política de asentimiento disfrazado ha permitido tanto a al Qaeda como al Talibán militante recuperarse e intensificar sus ataques desde estos refugios seguros.

Dada la poco entusiasta persecución de al Qaeda en Pakistán de Musharraf, ¿por qué siguen apoyándolo los Estados Unidos? La respuesta es principalmente un temor a la “inestabilidad”—léase, cualquier cambio de liderazgo en un estado que posee armamentos nucleares. Los Estados Unidos temen que la única alternativa para Musharraf en un Pakistán con armas nucleares sean los militantes islámicos; pero este resultado es en verdad más probable sí los impopulares Estados Unidos siguen respaldando celosamente a Musharraf. Al mismo tiempo la popularidad de Musharraf se ha desvanecido. Ha enfrentado protestas masivas en todo Pakistán por su incrementado despotismo y su suspensión del presidente de la Corte Suprema del país. Musharraf temía que el Juez, Iftikhar Mohammed Chaudhry, pudiese emitir pronunciamientos que interfiriesen con su intento de lograr que el parlamento lo elija por otro periodo de cinco años. Además, varios ex generales pakistaníes se han expresado abiertamente acerca de derrocarlo mediante un golpe de estado. Pero puede ser demasiado tarde para controlar un golpe y reestablecer el gobierno militar. Los islamistas han sido fortalecidos por la supresión de Musharraf de la alternativa de los partidos de la oposición no-islámica; Musharraf ha dicho que a sus dirigentes—los ex primeros ministros exiliados Benazir Bhutto y Nawa Sharif—no se les permitirá retornar para las venideras elecciones parlamentarias.

La administración Bush debería modificar su política y terminar con la ocupación de Afganistán, lo cual enfriaría el resurgimiento del Talibán en Afganistán y la militancia islámica en Pakistán. Además, los Estados Unidos deberían amenazar con interrumpir la ayuda a Pakistán a menos que Musharraf y sus servicios de inteligencia efectúen un intento genuino por capturar o matar a bin Laden. Con un enfriamiento del Islam militante en la región, Musharraf debería tener más libertad de acción para perseguir a bin Laden sin una violenta reacción islamista. Finalmente, los Estados Unidos deberían presionar a Musharraf para que genuinamente abra los comicios pakistaníes a los partidos no-islamistas y permita a sus dirigentes regresar del exilio. Estas acciones erosionarían adicionalmente el apoyo de los islamistas radicales.

Desafortunadamente, mantener a los islamistas en derredor, pero contenidos, ha resultado bueno para el autocrático régimen de Musharraf. El problema es que la inestabilidad provocada por esta política ya no puede ser contenida. Al igual que el Sha de Irán, Musharraf debe emplear la violencia incrementada para aplacar las protestas populares, alimentando así adicionalmente las revueltas esparcidas. Sin embrago, el Irán del Sha y Pakistán tienen una diferencia importante: Pakistán posee armas nucleares. Trágicamente, la administración Bush puede darle eventualmente al mundo una bomba islamista.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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