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Pensemos lo impensable: La partición de Irak
18/5/2004
Ivan Eland

Las cosas van de mal en peor para la administración Bush. En la guerra estadounidense contra el terror, han salido a la superficie declaraciones de que las políticas de “torturas livianas” y de humillación sexual de los prisioneros fueron difundidas alrededor del mundo y originadas por las altas instancias de la administración. La sospechosa negociación de la disculpa — normalmente utilizada para brindar indulgencia a los delincuentes de los niveles más bajos a fin de obtener su colaboración para implicar a individuos de un nivel superior — ha sido empleada con un interrogador enlistado en la prisión de Abu Ghraib a cambio de su testimonio de que sus superiores no sabían nada acerca del abuso en la prisión. La insurgencia continúa sin ser abatida y finalmente ha comenzado a despreciar los números del presidente en las encuestas. El presidente del Consejo de Gobierno iraquí ha sido asesinado. ¿Hay una salida del atolladero para la administración? Si, pero no es la que misma con la que está contando.

La administración espera que la selección de un gobierno interino por un enviado de la ONU, el cual no tendrá casi soberanía alguna sobre Irak tras asumir el timón a fines de junio, engañará a los iraquíes y eliminará el fuego de la insurgencia. Pero dada la temprana destrucción por parte de los insurgentes del edificio de la ONU y el asesinato del anterior enviado del organismo, la credibilidad de la ONU en Irak luce poco mejor que la de la autoridad estadounidense de ocupación — especialmente cuando las Naciones Unidas y su seleccionado gobierno iraquí serán vistos por muchos iraquíes como proporcionando una fachada para el control continuo por parte de esa misma autoridad. Por lo tanto, ¿qué pueden hacer los Estados Unidos para desalentar a la insurgencia y evitar una potencial guerra civil? Algo a lo que la administración Bush y el establishment de la política exterior de Washington han eludido como a la plaga: un rápido retiro de los efectivos estadounidenses y la completa auto-determinación para los iraquíes.

La auto-determinación iraquí resultará probablemente en la partición de Irak o al menos en la creación de una frágil confederación en la cual los kurdos, sunnitas y los shiítas gobiernen de manera autónoma sus propios asuntos. Si la administración Clinton hubiese permitido la partición de la multi-étnica Bosnia, los Estados Unidos y otras naciones probablemente no estarían ensillados con la tarea de mantener la paz en esta yesca continua, nueve años después de que fuesen suscritos los Acuerdos de Dayton. Si los encargados de la paz se retirasen hoy, el combate entre los grupos étnicos de Bosnia probablemente se reiniciaría.

Al adoptar la auto-determinación para los iraquíes, la administración debería abandonar su fantasía de que el artificial estado de Irak será único y democrático en el sentido occidental. La auto-determinación lidiaría con la raíz de las causas de la insurgencia y les otorgaría a los grupos guerrilleros algún incentivo para dejar de combatir y contenerse de provocar una guerra civil.

Los guerrilleros sunnitas están combatiendo menos para retornar a Saddam Hussein que para repeler a un invasor extranjero y evitar represalias de su elegido gobierno shiíta. Los chiítas representan el 60 por ciento de la población iraquí, y han sufrido años de opresión bajo la minoría sunnita, y probablemente ganarían cualquier elección a lo ancho de Irak.

Incluso los kurdos, actualmente el grupo minoritario más amistoso con los Estados Unidos, pueden volverse ariscos si no se les permite al menos conservar la autonomía de la que han gozado durante los pasados 13 años. La Revolución Estadounidense comenzó cuando el Rey Jorge intentó quitarles tradicionales derechos ingleses a los colonos estadounidenses. Quitar la libertad es siempre más peligroso que nunca concederla en primer término. La milicia chiíta de Moktada al-Sadr se encuentra peleando contra el invasor extranjero y para evitar la marginación en cualquier gobierno shiíta respaldado por los EE.UU..

Si los Estados Unidos retirasen sus fuerzas y a cada grupo le fuese permitido gobernarse a sí mismo en su propio país o región autónoma, los incentivos para la violencia contra el invasor foráneo y contra otros grupos iraquíes declinaría rápidamente. Los sunnitas ya no combatirían al invasor ni estarían aprehensivos acerca de posibles represalias de parte de los chiítas. Los kurdos mantendrían la autonomía que han tenido por más de una década. Al-Sadr ya no podría justificar más su violencia en nombre de repeler a los cruzados invasores invasores y podrían ser obligados a negociar con el reverenciado Ayatollah al-Sistani por un cargo en algún gobierno que atienda a las áreas shiítas.

Hay aspectos negativos de dicho corolario. Primero, los Estados Unidos tendrían que convivir con gobiernos que no encajan mucho en el modelo democrático occidental. Segundo, Turquía podría no estar feliz respecto de la influencia que la autonomía o soberanía kurda tendría sobre su propia minoría kurda intranquila. Sin embargo, Turquía ha tolerado de facto la auto-determinación kurda en el norte de Irak durante más de una década. Los chiítas iraquíes podrían ser absorbidos por los chiitas de Irán o caer víctimas de una guerra sanguinaria que incluyera al-Sadr. Los recelos de lo primero, sin embargo, han disminuido a medida que la mayoría de los chiítas iraquíes han evidenciado independencia de Irán y opiniones disímiles sobre la separación de la iglesia y el estado. Con el surgimiento de la milicia de al-Sadr, los temores de lo último se han incrementado. Pero incluso si irrumpe el conflicto intra-chiíta después de que los Estados Unidos se marchen, al menos los chiítas estarán practicando alguna forma de auto-determinación y no les dispararán a los efectivos estadounidenses.

Permitirles a los iraquíes una rápida y completa auto-determinación no es una panacea. Pero esta solución le permite a la administración Bush el único camino viable para declarar la victoria y desprenderse de la papa caliente de Irak, mientras al mismo tiempo ofrece a los iraquíes la mejor oportunidad de tener un futuro pacífico y próspero.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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