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Precisión militar versus precisión moral
23/3/2003
Robert Higgs

Ahora que el largo período de búsqueda supuesta de la paz ha terminado y George W. Bush ha soltado a sus perros de la guerra en Irak, muchos de los interrogantes que nos han ocupado durante el pasado año han sido despachados por la circunstancia irreversible de la invasión de EE.UU.. Incluso en medio de la guerra, no obstante, ciertos cuestionamientos siguen siendo relevantes, y una de los más importantes corresponde a la precisión – para golpear, así como para hablar de aquello a lo que uno apunta golpear.

Los televidentes están siendo deleitados, si ésa es la palabra correcta, con numerosos comentarios expertos por parte de oficiales militares retirados y otros especialistas sobre la conducción de la guerra. Gran parte de esos comentarios se relacionan con la tecnología, y una vez más, como en 1991, la tecnología de la guerra moderna está recibiendo una elevada adulación. La gente de los noticiosos parece golpeada y compungida por los relatos de las bombas y de los mísiles que no solamente impactan, por caso, en un edificio señalado, sino que ingresan en la tercera ventana del segundo piso y golpean la canilla del agua caliente en el lavatorio del baño. ¡Caramba, General Turgidson, eso es fantástico!

Si la extrema exactitud que está siendo puntualizada respecto de las bombas y de los misiles de hoy día ha estado siendo considerada solamente en lo atinente a la utilidad puramente militar de las municiones en la demolición de las personas y de la propiedad seleccionadas para la destrucción, podríamos dejar pasar la cuestión sin más consideración, tratándola como un asunto de interés especial solamente para aquellos fascinados con la tecnología de la muerte. Pero los individuos responsables de emplear estos instrumentos de guerra se han tomado ellos mismos la molestia de conectar su utilización con – entre todas las cosas – la moralidad.

De este modo, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld destacó recientemente sobre "el cuidado ..., la humanidad que implica" el uso de las llamadas bombas inteligentes y similares municiones. Sin duda alguna, deberíamos tomar nota cuando el ministro de guerra expresa preocupación por quienes de otra forma podrían ser consignados como "daño colateral." No obstante, en medio de las deslumbrantes -y a menudo ilustradas en video- descripciones y relatos de la maravillosa precisión de estas municiones, los reporteros, las celebridades de la TV, y, uno teme, también los televidentes están perdiendo de vista aquello que exactamente está aconteciendo.

Para empezar, uno debe distinguir entre la precisión con la cual una bomba o un misil golpean su punto de impacto previsto – a menudo pretendiendo que sean solamente unos pocos metros – y el área dentro del cual el daño letal será provocado cuando la cabeza del misil explote. En Irak, por ejemplo, la muy utilizada Munición Ensamblada de Ataque Directo (JDAM su sigla en Inglés), una bomba boba Mark-84 de 2.000 libras, con un sistema de posicionamiento global (GPS conforme su sigla en Inglés) añadido para realzar su exactitud, se supone que puede caer dentro de los 13 metros de su punto previsto de impacto, en comparación con un margen de error de unos 60 a 70 metros para sus contraparte boba. Evidentemente, esta diferencia es lo que provocó la observación de Rumsfeld sobre la humanidad del uso de tales armas: mientras que las bombas bobas ponen en riesgo a almas inocentes a 70 metros de distancia, la inteligente desaparece a todos aquellos más allá, por ejemplo, de los 15 metros. Si sólo fuera eso...

Recordando los extraordinariamente exagerados reclamos efectuados respecto del bombardeo de precisión en las pasadas guerras, estamos avalando el escepticismo aun con respecto a la exactitud de los propios reclamos. Según algunas autoridades, quizás del 7 al 10 por ciento de las bombas inteligentes caen más allá del radio de exactitud pretendido – algunas de ellas a millas de distancia – debido a desperfectos mecánicos y eléctricos. El daño potencial causado por una bomba de 2.000-libras que golpea substancialmente fuera del blanco en una ciudad resulta lo suficientemente obvio para cualquiera.

A los fines de la presente discusión sin embargo, supongamos que las bombas y los misiles impactan con toda la exactitud prevista para ellos. ¿Qué ocurre entonces? Según lo descrito recientemente por el reportero de Newhouse David Wood, la JDAM de 2.000 libras "libera una onda expansiva de un impacto abrumador y hace llover fragmentos dentados de metal blanco caliente, a velocidad supersónica, rompiendo el concreto, destrozando la carne, aplastando las células, reventando los pulmones, estallando las cavidades del seno y arrancando las extremidades en un torbellino de destrucción." Difícilmente alguna persona sobreviva a 120 metros de la onda expansiva, donde las presiones de varios miles de libras por pulgada cuadrada y 8,500 grados de calor simplemente arrasan con todo, humano y material. Los fragmentos de metal son arrojados a casi tres cuartos de milla, y pedazos más grandes pueden volar dos veces esa distancia; nadie dentro de los 365 metros puede esperar permanecer ileso, y personas distantes hasta 1000 metros o más del punto de impacto, pueden ser dañadas por fragmentos voladores. Por supuesto, las explosiones también inician fuegos sobre una amplia área, los cuales por sí mismos puede causar un extenso daño, aun a las estructuras y a las personas no afectadas por la onda expansiva inicial.

No soy ningún experto en municiones, pero sí bastante bueno con las matemáticas básicas. Bagdad es una ciudad de unos 6.400.000 de habitantes que viven en un área de aproximadamente 734 kilómetros cuadrados – comparable aproximadamente a las áreas urbanas de Boston o de Detroit. Si fuera un cuadrado perfecto, sería de aproximadamente 27 kilómetros (17 millas) por lado, pero el centro, la parte más densamente poblada, donde se concentran los principales blancos militares, es un área mucho más pequeña. ¿Cuáles son las probabilidades de que el daño provocado al estallar bombas JDAM de 2.000 libras y otras municiones de gran alcance, tales como las cabezas incendiarias de 1000 libras en los mísiles Tomahawk, no tocarán a la gente común de la ciudad? Bien, las probabilidades son cero. Tales cabezas nucleares de gran alcance, que las fuerzas de EE.UU. están despachando por millares, provocan explosiones cuyos efectos alcanzan indudablemente a amplios números de habitantes civiles de la ciudad. Para concluir de otra manera, uno estaría obligado a negar tanto al bien-promocionado poder de las armas en sí mismas o a los axiomas de la geometría.

Como Marc W. Herold ha escrito, "junto con la decisión de los planificadores militares de los EE.UU. de bombardear a los blancos militares percibidos en áreas urbanas, el uso de armas con una gran onda expansiva destructiva y poder de fragmentación da lugar necesariamente a pesadas víctimas civiles." Lo cual nos trae nuevamente a la cuestión de la moralidad.

Mucha gente, desafortunadamente, sostendrá que tal "daño colateral" es simplemente un desgraciado efecto secundario de la guerra moderna, y si estamos satisfechos de que la guerra en sí misma se halla justificada, entonces estamos obligados a tragar y aceptar, lamentablemente, las muertes y la destrucción provocada sobre inocentes en la vecindad de los objetivos militares seleccionados. Algunos, incluyendo al Presidente Bush, van incluso más lejos al responsabilizar por tales daños a Saddam Hussein, quien permanece acusado de cínicamente emplear a su "propia gente" como escudos y de explotar su destrucción para fines de relaciones públicas. Este argumento es una curiosa defensa de los bombardeos – después de todo, sin bombardeos, no hay tal daño colateral – y el mundo entero sabe que nada demandó al Presidente iniciar la guerra contra Irak: si alguna vez una guerra fue libremente elegida, esta es la guerra.

En verdad, el bombardeo aéreo de las áreas urbanas empleando municiones de gran alcance es inherentemente indiscriminado. Los reporteros, los generales retirados, y las estrellas televisivas pueden resoplar tanto como les plazca, pero la realidad es que dejando caer bombas de 2.000 libras en ciudades densamente pobladas, se matará y lesionará ciertamente a mucha gente inocente – hombres, mujeres, y niños.

¿Cómo pueden aquellos que eligen emplear tales armas en tales circunstancias continuar argumentando contra, digamos, los secuestradores del 11 de septiembre con el argumento de que esos hombres malvados eligieron matar a inocentes? Matar a inocentes es matar a inocentes. Conducir la guerra como los Estados Unidos se encuentran ahora conduciéndola en Irak implica necesariamente consentir una conducta inmoral. La imprecisión con la cual esta clase de guerra trata al culpable y al inocente, al simplemente no hacer caso a sus diferencias, no puede resistir el escrutinio moral. No lo hará decir que los Estados Unidos podrían evitar dañar al inocente solamente absteniéndose de realizar la guerra y que la opción de la no-guerra ha sido excluida. Alguien la ha descartado, y esa persona, George W. Bush, junto con sus subordinados a todo lo largo de la cadena de mando, que están llevando a cabo su guerra de bombardeos aéreos, han escogido actuar inmoralmente. No estamos lidiando aquí con una zona gris. Esta clase de matanza intrínsecamente indiscriminada es profundamente y escandalosamente inmoral.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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