Mubarak: Nuestro hijo de…
Gracias a los medios globales CNN, Al Yazira, Twitter y Facebook, tenemos rebelión árabe en directo. Un movimiento de masas, más social y económico que político. Un tsunami social, nacido de la pobreza y el ansia de dignidad. Por primera vez en una generación, no es la religión ni el mesianismo de un líder ni las guerras contra Israel, lo que ha prendido el fuego del mundo árabe, sino el deseo visceral de una vida decente.
La chispa que prendió el fuego tiene un elemento en común: el hartazgo de sociedades que claman por justicia y por un futuro digno para sus hijos. En Egipto la situación es grave, a los excesos de unas élites educadas y de una clase media empobrecida hay que sumar la pobreza en la que vive el grueso de la población. Más del 20 por ciento subsiste con tres dolares al día.
Lo que sucede en las calles de El Cairo es el tapón podrido que empezó a vaciar la bañera. Hay más calles vacías esperando en el mundo islámico. Son los invisibles que han despertado y desconocen fronteras. La ola avanza hacia Siria y Jordania. Las autoridades de Irán no deberían estar tan seguras de que la ola es solo árabe y no musulmana. Algo esta claro, no se trata de una revolución. Se trata de una reacción espontánea y sin orientación precisa, cuyo objetivo es expulsar al dictador, sin preocuparse por lo que vendrá después. Recordemos que una revolución es un acto maduramente articulado en torno a una estrategia, y esa característica no se percibe.
Por su lado, el presidente Obama ya ha transmitido al palacio de Heliópolis la urgencia de la salida del poder del último faraón. El aliado estratégico que durante 30 años ha protegido los intereses de EE. UU., cuidado a Israel y bloqueado al islamismo, Mubarak ha cumplido con creces. Pero ahora, para mantener, el precario orden mundial en Medio Oriente, preservar las fuentes del petróleo saudí y poder enfrentar a Irán, el faraón debe saltar del barco que ha conducido.
“Quizás sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Esta frase, atribuida al presidente demócrata Franklin D. Roosevelt cuando se refería al dictador Anastasio Somoza padre, en la Nicaragua de los años 30 del siglo pasado, explica los últimos recelos de Washington para sacar al faraón y dar paso a una nueva época en Medio Oriente.
Mubarak ha dejado de ser el son of a bitch de Washington. Ya no es “nuestro” se dice en los corrillos del Departamento de Estado. La hoja de ruta de la “transición ordenada” estaba en los cables de WikiLeaks, que ya preveían que Omar Suleimán, “por ser militar, estaba en cualquier escenario de la sucesión de Mubarak como figura de transición”, al momento de escribir esto pareciera ser así, veremos si acertaron.
En Irán, el ayatolá Alí Jamenei rechazó al “lacayo sionista” —Hosni Mubarak— y afirmó que las revueltas significarán la expulsión de EE. UU. de la zona, recordándonos su rol de amenaza latente al orden mundial.
Washington ha sentido pánico estratégico ante un posible desmoronamiento del orden en el arco de la crisis. Obama medita acerca de un Israel cercado; piensa en Irán, recuerda la caída del Sha y la llegada de una tiranía islámica fundamentalista. Ve a Hezbolá en Líbano y a Hamás en Gaza. No quiere ser otro Carter, que “perdió” Irán dejando caer a Reza Pahlevi. Pero Obama está haciendo en el Egipto del 2011 lo mismo que hizo Carter en el Teherán de 1979.
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