Una alerta para el modelo peruano
La Paz – Hasta ahora el pensamiento oficial del Perú no se ha cuestionado (o se ha cuestionado muy poco) si el modelo económico que está aplicando con tanto éxito no tendrá un talón de Aquiles social. La pregunta que no se hace en concreto, y que lo resume todo, es si la inversión extranjera por la que este país se desvive resulta siempre sinónimo de desarrollo, en todos momentos y en todas las circunstancias…
Que no se nos malentienda: creemos por supuesto que es mejor recibir inversión que no recibirla, pero al mismo tiempo nos preocupa que se la vea como una especie de panacea, pues esta simplificación ha conducido a grandes frustraciones aquí.
La fórmula simplista del desarrollo puede describirse así: La estabilidad económica y política traen inversión, la inversión desarrollo, y éste último se traduce en una menor cantidad de pobreza. El problema es que ninguno de los pasos lógicos de esta fórmula está demostrado.
Aunque la estabilidad es una de las condiciones que exigen los inversionistas, ocurre así porque el control del riesgo es un medio para que se realice la razón de ser de cualquier inversión: el lucro. La estabilidad por sí misma no garantiza que la inversión se concrete, porque lo central será siempre la tasa de rentabilidad de las actividades a financiar.
Y la rentabilidad de las actividades económicas depende de un sinfín de factores, por ejemplo de la productividad tecnológica y humana, de los mercados existentes, de los caminos que conducen a esos mercados, de la geografía que tales caminos deben vencer, etcétera. Muchos de estos factores son históricos y estructurales.
Por eso en los países andinos a menudo la inversión llega a ciertos sectores económicos (la industria extractiva, la agroindustria de exportación) y no a otros; y por eso los excedentes de estos sectores privilegiados, a pesar de haber sido altos a lo largo de la historia, no se vuelcan al resto de la economía, sino que salen del país en busca de más rentabilidad (y también de más seguridad, sin duda). De modo que la inversión no necesariamente se convierte en desarrollo (nacional).
Este problema atiza el espíritu nacionalista y revanchista de los pueblos, que así se convierten en fácil presa de dirigentes radicales y destructivos. Lo que ha ocurrido en la Amazonía peruana es una muestra de ello. El éxito de un modelo económico no sólo depende de su eficiencia intrínseca, sino de su capacidad para incluir a la mayoría en el ascenso social.
Y aquí justamente es donde reside la dificultad: Una economía en la que la inversión sólo se concentra en ciertos sectores, es decir, una “economía de enclaves”, carece de mecanismos idóneos para asignar los excedentes que éstos generan de forma que se garantice el desarrollo general.
Como hemos dicho, para ello no sirve el mecanismo del mercado (es decir, la busca de la mejor tasa de rentabilidad), que sería el más eficiente. Esto hace necesario que intervenga el Estado, y con él los políticos. Y los políticos son el mecanismo menos eficiente de asignación de recursos que hay en el mundo…
En estos días el Perú ha protestado por la supuesta injerencia del Gobierno boliviano en los sucesos que han enlutado a este país. Más allá de sus razones, que son atendibles, lo grave sería que las élites peruanas caigan en la fácil tentación de echarle la culpa a terceros por los problemas sociales que padecen, y que todavía pueden adquirir una dimensión mucho mayor. (Esto justamente fue lo que hicieron las élites bolivianas y les fue muy mal, como es de conocimiento de todos). El Perú y quienes lo piensan tiene mucho que aprender de la experiencia boliviana. Y no precisamente para imitarla…
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