¿El regreso de las guerras justas?
La idea de una "guerra justa", legitimizada por una justa causa, si bien ha sido menospreciada por muchos años, está de moda nuevamente. La noción se miraba en menos porque cualquier bando en guerra tiende a ver su propia causa como justa. Más aún, sin un juez imparcial, un ganador siempre pude imponer su "verdad" a los vencidos, como ocurrió con el Tratado de Versalles después de la Primera Guerra Mundial.
Si bien parece que las "guerras justas" están de regreso, las leyes internacionales también han llegado a condenar el emprender guerras agresivas ("injustas") como un crimen penalizable, con la consecuencia de que cada bando en conflicto declara ahora que sus guerras son una defensa contra un ataque exterior, Sin embargo, en este tema también el ganador es quien determina quién fue el agresor.
Por supuesto, sigue siendo posible la intervención militar para fines que van más allá de la defensa del país al que uno pertenece, pero para ello se necesita una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Por sí sola, siempre que ninguno de sus miembros permanentes se manifieste en desacuerdo, puede decidir si una guerra se legitimiza por una "causa justa" (en la actualidad, por lo general una grave violación a los derechos humanos).
En consecuencia, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad son soberanos en el sentido que tenía la palabra en el siglo XVII: "capaces de hacer el mal con impunidad". El derecho a intervenir por razones humanitarias limita la soberanía de todos los demás países. Tras esto está la noción de que el respeto por los derechos humanos se puede obligar desde fuera, junto con la esperanza de que los gobernantes se comporten mejor porque reconocen que se los puede responsabilizar de las violaciones a los derechos humanos.
Está por verse si esta esperanza se justifica. Mientras tanto, la idea de una "causa justa" conlleva grandes riesgos, especialmente evidentes cuando, como ocurrió en Georgia, una gran potencia reclama el título de protectora de los derechos de sus ciudadanos en un país vecino. Si esta idea sigue en pie, las minorías rusas, desde el Báltico a Crimea, pueden terminar convirtiéndose en bombas de tiempo.
La idea de la "indiferencia moral" de la ley de la guerra se basa en el reconocimiento de que las guerras no desaparecerán del todo y que, en lugar de esto, ellas y sus horrores se deben limitar mediante reglas de conducta aplicables para todos. Precisamente porque es menos ambiciosa que el principio de la "guerra justa", la indiferencia moral ha sido tremendamente exitosa en la mitigación de los horrores de la guerra, al prohibir ciertos tipos de armas particularmente inhumanas, obligar a los ejércitos a proteger a los civiles y acordar un trato humano a los prisioneros de guerra, prohibir las anexiones, etc.
Los pacifistas desean entender la guerra como una condición sin ley que se debe abolir, pero quienes reconocen que la humanidad no podrá poner fin a las guerras buscan, en lugar de ello, ponerle límites y "humanizarla".
Sin embargo, cualquier tipo de conflicto bélico "a muerte y de último recurso" se negará a reconocer la posibilidad de una guerra futura para la que pueda ser un precedente. Una guerra así siempre carecerá de reglas, siempre será una guerra total. Después de todo, cuando se trata de matar o morir, no hay leyes que apliquen.
De manera que el objeto de la ley internacional no es prohibir las guerras "injustas" y permitir las "justas", sino asegurarse de que las guerras se emprendan con propósitos limitados, de manera que no se vuelvan descontroladas. Se tiene que poder perder sin perderlo todo. El lenguaje de la justicia y la injusticia sólo promueve -de hecho, provoca- una guerra total.
El otro lado de la criminalización de la guerra "agresiva" es el hecho de que la paz ya no es un estado legal fiable al que se pueda poner fin sólo mediante una declaración formal de guerra. Cuando los gobernantes decidieron bombardear una ciudad como Belgrado sin ningún término formal de la paz, no emprenden una guerra, sino que incurren en un tipo de terrorismo de estado.
El terrorismo prevalecerá si su mentalidad infecta el mundo civilizado, y si los líderes de los Estados del mundo recurren al terror para combatir el terror. Luchar contra el terrorismo no es una guerra, porque el terrorismo no es un bando en guerra, sino un medio para un fin. Cuando se los atrapa, los terroristas quedan sujetos a sanciones penales y castigos bajo el imperio de la ley.
Los países que no están dispuestos o son incapaces de impedir la violencia terrorista que emana de sus territorios renuncian a su derecho a la integridad territorial, y otros países pueden declararles la guerra para enfrentar la raíz del problema. Sin embargo, los que adhieren a la noción de que el terror sólo se puede combatir con el terror deberían recordar quién acuñó esa frase: Adolf Hitler.
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.
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