Sin tetas sí hay paraíso
Por Mauricio Reina
Portafolio
En su columna el editor de la revista Foreign Policy, Moisés Naím, aborda un tema polémico. A partir del éxito de la serie Sin tetas no hay paraíso, Naím recuerda que la apariencia física incide sobre el salario y que la cirugía plástica se ha convertido en un acicate del progreso económico de muchas personas.
Para apoyar sus apreciaciones, Naím cita los resultados de un estudio de David Hamermesh, de la Universidad de Texas, que muestra que en varios países las personas agraciadas ganan más que el promedio de la población. A partir de estos resultados podría pensarse que es razonable que la gente esté dispuesta a cualquier cosa para pagar una cirugía que le permita mejorar su apariencia física.
Las reflexiones de Naím constituyen un delicioso bocado para un lector ávido: nada más llamativo que encontrar estudios académicos que avalen los rasgos más polémicos de nuestra cultura. Sin embargo, el lector ávido también espera que los analistas agudos planteen algún argumento que sugiera que la naturaleza humana da para algo más que para vivir cultivando la apariencia. Pero uno lee la columna de Naím hasta el final y la discusión no pasa de ahí.
Supongo que la posición de Naím refleja la perplejidad de un analista serio ante la poca seriedad que suele caracterizar el comportamiento humano, pero al no plantear alguna reflexión crítica al respecto comete el pecado del defensa que deja el balón en el área chica para que llegue el más vivo y meta el gol. Y vaya gol: tras leer a Naím queda en el aire la conclusión de que es razonable intervenir artificialmente la apariencia física porque la belleza es rentable. De haber sabido que veníamos al mundo a eso…
Proponer que la belleza es un valor supremo y que es razonable perseguirla a toda costa da pie a aberraciones como la de la inauguración de los Juegos Olímpicos, donde la niña que aparentemente cantó la Oda a la patria estaba doblando a otra que permaneció tras bambalinas porque no era suficientemente linda. Y después se quejan de la profusión de la bulimia y la anorexia.
Pero además de ser inconvenientes, esas ideas son cuestionables por dos razones. La primera es que si bien los seres humanos nos sentimos atraídos por la belleza natural, las cosas tambalean cuando se trata de pastiches artificiales. La debilidad de los humanos por ciertos rasgos físicos tiene un sentido evolutivo y contribuye a la supervivencia de la especie. Para un hombre que quiera procrear una prole sana, una mujer con caderas anchas y senos grandes resulta muy atractiva. Como sucede en otras especies, el rasgo que tienden a buscar las mujeres en los hombres es el poder, que maximiza la probabilidad de supervivencia de la prole. Pero ya quisiera ver yo a una mujer criando una prole sana a punta de silicona o a un hombre haciendo lo propio con ácido hialurónico…
La segunda razón es que la supervivencia de la especie es distinta a la productividad laboral. La alta remuneración de la gente atractiva revela que los empleadores piensan con la bragueta y las empleadoras con las bragas, pero no demuestra que una bonita sonrisa o unos senos turgentes sirvan para trabajar mejor. La mano invisible es ajena a la belleza, y si no me creen véanle la cara a Adam Smith. Por eso tarde o temprano el mercado terminará cobrándoles los sobrecostos a los empleadores que pagan una prima salarial por la belleza, y confirmará que sin tetas sí hay paraíso.
- 23 de junio, 2013
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