Trampas al solitario
Por Álvaro Casal
El País, Montevideo
Hasta hace unos días, el argentino Juan Carlos Blumberg figuraba como ingeniero. El título resultó ser inexistente. Un poco antes, el jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Jorge Telerman, quedó expuesto en forma similar, por haber hecho uso indebido de un título de licenciado que no tenía.
Ambos personajes, figuras conocidas y mediáticas de Argentina, sólo reconocieron su engaño cuando el asunto tomó estado público. “La Nación” editorializó así sobre esta cuestión: “Ninguno de ellos necesitaba valerse de un título universitario para llevar a cabo su cometido… Antes que fraude a la sociedad, Blumberg y Telerman cometieron un engaño a sí mismos”.
¿Por qué ser impostor entonces? Algunos meses atrás fue procesado en nuestro país un falso médico que ejercía con relativa solvencia. También cayó algún pseudoabogado. Lo primero que surge como posible razón de ser del uso de títulos falsos, en estos casos nacionales al menos, es el afán de lucro.
Pero da la impresión que no sólo de dinero se trata. Que está asimismo el deseo de ser reconocidos, de ser estimados más allá de lo que ellos saben que realmente son.
Quien por Internet accede a relojes falsos de famosas marcas, obviamente quiere dar una imagen de riqueza a bajo precio. Algo análogo ocurre con los títulos universitarios “sin los inconvenientes de cursar las carreras” que también llegan ofrecidos por correo electrónico.
O bien esos títulos nobiliarios que a un precio algo mayor pero no inaccesible, salen a la venta de vez en cuando. ¿Va primero el sueño de construir una imagen sin sustento verdadero y recién después aflora el deseo de lucrar con ello o es al revés?
Tal vez cada caso tenga matices diferentes. Por ejemplo, puede evocarse la historia de Milli Vanilli, aquel dúo de cantantes que entre 1988 y 1990 tuvo enorme éxito y hasta conquistó un “Grammy” antes de caer en desgracia. Ocurre que todo iba bien hasta que en un concierto se desbarató el sistema de audio. Entonces Rob Pilates y Fabrice Morvan quedaron en evidencia: ellos ponían la cara pero las voces de otros eran las que se emitían en “playback”.
Pilates, deprimido, murió de una sobredosis. Morvan sigue tratando de salir adelante con su propia voz. No parece que sólo quisieran el dinero de los millones de discos que vendieron. Había algo más: anhelaban la fama y, como el literato que comete un plagio, sintieron que era mejor usar la voz de otros que confiar en la suya propia.
Uno de los casos más fascinantes en este orden de cosas, data del siglo XV. Es la historia de Perkin Warbeck, quien luego de la muerte de Eduardo IV de Inglaterra, decidió declarar que era uno de sus hijos, (en realidad asesinados en la Torre de Londres para que no molestaran, ya que su tío Ricardo III, quería ser rey).
Warbeck, quien ni siquiera era inglés, se declaró príncipe y gozó de un lapso de bienestar en las cortes europeas enemigas de Ricardo III. Hasta obtuvo apoyo para invadir las Islas Británicas, lo cual hizo con tanta torpeza y mala suerte que terminó ejecutado por orden real. Dicen que “aceptó la muerte con humildad”. ¿Qué buscaba Warbeck? La fama, la riqueza, el amor, o bien todas esas cosas juntas.
Estas aventuras de ayer y de hoy nos revelan que la condición humana ha cambiado poco con el correr del tiempo. De lo contrario, ¿sería posible enlazar asuntos de épocas tan diferentes?
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